Durante décadas, la arqueología ha observado un detalle incómodo para los relatos más simples de la evolución humana: muchos de los asentamientos más antiguos no se encuentran en fértiles llanuras, sino en terrenos escarpados, valles montañosos y zonas que hoy calificaríamos como poco prácticas para sobrevivir. Si la lógica dicta que lo fácil suele imponerse, ¿por qué nuestros antepasados eligieron, una y otra vez, el camino cuesta arriba?
Un estudio internacional liderado desde Corea del Sur y publicado en Science Advances ofrece ahora una respuesta sólida. Tras analizar más de 2700 yacimientos arqueológicos de los últimos tres millones de años y cruzarlos con modelos climáticos y de vegetación a escala global, los investigadores han identificado un patrón claro: las especies humanas tendieron a asentarse en entornos montañosos no por azar, sino por pura estrategia evolutiva.
La ciencia lo confirma: hace 2 millones de años, los antepasados humanos se asentaron en un lugar sorprendente
La clave está en la biodiversidad. Las montañas concentran, en espacios relativamente pequeños, una variedad de biomas difícil de encontrar en terrenos planos. Bosques, pastizales, zonas húmedas y matorrales podían coexistir a poca distancia, convirtiendo estos paisajes en auténticas despensas naturales para grupos nómadas de cazadores-recolectores. Más recursos, más opciones y, sobre todo, más margen para adaptarse a cambios climáticos o escasez puntual.
Eso no significa que vivir en pendientes fuese fácil. El coste energético era mayor, el clima más extremo y el terreno menos predecible. Pero el equilibrio entre esfuerzo y recompensa parecía inclinarse del lado correcto. Con el tiempo, especies como Homo habilis o Homo ergaster comenzaron a frecuentar estos entornos, tendencia que se vio interrumpida por grandes cambios climáticos hace alrededor de un millón de años, para regresar con fuerza más tarde de la mano de Homo heidelbergensis, los neandertales y, finalmente, Homo sapiens.
El estudio sugiere además que las montañas no solo ofrecieron comida, sino también un laboratorio social. Sobrevivir en terrenos difíciles exige cooperación, planificación y tecnología. No es descabellado pensar que parte de nuestra complejidad cultural y cognitiva se forjó en estos paisajes exigentes.















