La imagen del Jardín del Edén ha acompañado a la humanidad durante milenios: un paraíso de aguas abundantes, árboles frutales y vida en equilibrio, del que Adán y Eva fueron expulsados según el Génesis. Aunque la narrativa bíblica encierra un fuerte simbolismo teológico, arqueólogos y teólogos siguen preguntándose si tras este relato existe un escenario histórico reconocible. El pasaje de Génesis 2:10-14, que describe un gran río dividiéndose en cuatro —el Tigris, el Éufrates, el Pisón y el Gihón—, ha llevado a generaciones de investigadores a rastrear su pista, con propuestas que van desde los valles mesopotámicos hasta las costas sumergidas del Golfo Pérsico.
Los dos primeros ríos, Tigris y Éufrates, son fácilmente localizables en la actual Irak y Turquía, lo que ha convertido a Mesopotamia en la candidata más aceptada. Esta región, llamada por el arqueólogo James Henry Breasted la cuna de la civilización, ofrecía un ecosistema fértil gracias a las inundaciones estacionales que transformaban sus valles en tierras agrícolas. Algunos expertos creen que los autores del Génesis se inspiraron en esos paisajes para construir la metáfora del Edén: un vergel en medio de un entorno árido, reflejo tanto de riqueza natural como de un orden cósmico ideal. Sin embargo, los otros dos ríos, Pisón y Gihón, siguen siendo un enigma, tal y como recoge National Geographic.
Ríos perdidos y bajo el mar
Algunos biblistas han asociado el Pisón a los cursos secos de Arabia, como el Wadi al-Batin, que fluía hacia Kuwait, basándose en estudios de imágenes satelitales de la NASA en los años ochenta. Otros identifican el Gihón con el Nilo Azul en Etiopía, dado que Génesis lo relaciona con la tierra de Cush, un término bíblico que en ocasiones se vincula con Nubia. Estas hipótesis chocan con el mapa fluvial del Génesis, ya que ni el Nilo ni el Ganges conectan con el Éufrates y el Tigris. El arqueólogo James Sauer sugirió que algunos de estos ríos podrían ser paleocauces hoy desaparecidos, vestigios de épocas climáticas más húmedas.
Otra teoría influyente es la del arqueólogo Juris Zarins, que propuso que el Edén estaba sumergido bajo el Golfo Pérsico. Según Zarins, tras la última glaciación, el aumento del nivel del mar habría inundado una fértil llanura atravesada por ríos que entonces sí coincidían con las descripciones bíblicas. Sus investigaciones mediante imágenes satelitales mostraron cauces hoy ocultos bajo el agua. Críticos como Joel Klenck cuestionan esta hipótesis, ya que contradice el texto bíblico, que describe los ríos como naciendo del Edén, no fluyendo hacia él.
El Edén como símbolo cultural
Más allá de las propuestas geográficas, varios especialistas sostienen que el Edén nunca fue un lugar físico. Francesca Stavrakopoulou, profesora de la Universidad de Exeter, interpreta el relato como una reelaboración de los jardines reales del antiguo Oriente Próximo, espacios de poder y fertilidad que encarnaban el ideal de abundancia. Mark Leutcher, de la Universidad de Temple, añade que el Edén es un símbolo cultural que abarca el horizonte del Asia occidental, desde el Mediterráneo hasta Babilonia, y que su función fue transmitir enseñanzas sobre el orden moral y la relación del ser humano con lo divino.
Lo que parece claro es que, aun si no existió un jardín literal, el relato hunde sus raíces en paisajes concretos y en la memoria de sociedades agrícolas que experimentaron la abundancia de las tierras mesopotámicas o de los oasis arábigos. Para los arqueólogos, el detalle geográfico del Génesis buscaba anclar lo mítico en lo reconocible. Para los teólogos, el poder del mito reside en esa ambigüedad, en el cruce entre historia y símbolo.















