En Eilsleben, en el actual estado alemán de Sajonia-Anhalt, ha aparecido una pieza que obliga a mirar con más cuidado la frontera entre los primeros agricultores europeos y los últimos cazadores-recolectores de la región. Se trata de un tocado o máscara hecho con la parte frontal del cráneo de un corzo joven y su datación lo sitúa entre 5291 y 5034 a. C., es decir, hace unos 7.500 años. El hallazgo se ha dado a conocer en Praehistorische Zeitschrift y también se integra en un trabajo reciente de Antiquity sobre el asentamiento neolítico de Eilsleben.
Lo que vuelve extraña a la pieza no es solo el material, sino el trabajo que presenta. El hueso conserva un recorte rectangular en la bóveda craneal, marcas compatibles con el desollado y muescas laterales junto a la base de la cornamenta, rasgos que los investigadores interpretan como señales de manipulación deliberada para llevarlo en la cabeza, probablemente sujeto mediante algún sistema de amarre. No parece, por tanto, un simple resto de caza ni un desecho casual, sino un objeto transformado para un uso muy concreto.
Un hallazgo extraño en la frontera neolítica
La pieza apareció en el yacimiento de Eilsleben-Vosswelle, un enclave asociado a la cultura de la cerámica lineal (LBK), una de las primeras grandes tradiciones agrícolas de Europa central. El lugar ya era importante por otra razón: está situado en el borde septentrional de la zona de loess y muestra zanjas, terraplenes y cercas, una combinación poco habitual que sugiere un asentamiento expuesto, de contacto y probablemente de tensión entre modos de vida distintos. Los investigadores creen que ese contexto periférico ayuda a explicar por qué allí aparecen objetos que no encajan del todo en el repertorio agrícola “clásico”.
El gran giro llega con la comparación más cercana que han encontrado los especialistas. Este tocado de corzo recuerda mucho a una pieza del famoso enterramiento de Bad Dürrenberg, en Alemania central, fechado hacia 7000 a. C. y tradicionalmente vinculado a una figura ritual —la llamada “chamana”, hoy reinterpretada como una mujer adulta enterrada con un complejo ajuar simbólico—. Allí también apareció un tocado elaborado con cornamenta de corzo, lo que sugiere que el objeto de Eilsleben no sería una rareza aislada, sino la huella tardía de una tradición ritual más antigua y típicamente mesolítica.
Un símbolo que cruza mundos
Y ahí está lo realmente importante del hallazgo: tocados de este tipo no se conocen en contextos agrícolas tempranos, pero sí en entornos de cazadores-recolectores. Por eso los autores proponen que la pieza podría ser una evidencia material de contacto directo, intercambio de objetos o incluso de ideas rituales entre las comunidades neolíticas recién llegadas y los grupos mesolíticos locales. No hablaríamos solo de comercio de materias primas o de coexistencia territorial, sino de una zona donde también circularon símbolos, especialistas y prácticas espirituales.















