Robert Redford, uno de los grandes iconos de Hollywood, ha fallecido a los 89 años dejando un legado cinematográfico que trasciende la pantalla. Más allá de su trabajo como actor, director y activista, el intérprete siempre guardó un rincón especial para España en su biografía. Sus visitas, primero como joven aspirante a pintor y más tarde como estrella de cine en plena reflexión sobre su carrera, marcaron etapas cruciales de su vida.
Su primera visita al país data de 1957, cuando con apenas 19 años soñaba con dedicarse al arte. “Cuando tenía 19 años vine por primera vez. Quería ser artista, estaba estudiando una carrera, y vine a España”, recordaba en 2012 en Madrid. Aquella estancia lo llevó a recorrer Barcelona y a pasar dos meses en Mallorca, donde pintó varios cuadros. Era la España de la posguerra, con la Guardia Civil en las calles, y para Redford fue “una experiencia maravillosa” que le permitió descubrir un país muy distinto al que conocía en Estados Unidos.
Una década más tarde, ya convertido en actor y casado con la historiadora y activista Lola van Wagenen, Redford regresó a España. La pareja, acompañada por sus dos hijos, Shawna y James, se instaló en Puerto Alcudia, entonces un pequeño pueblo de pescadores. Redford buscaba que sus hijos crecieran en contacto con otras culturas, algo que consideraba esencial para su educación. Este regreso consolidó su vínculo con el país y con la vida mediterránea.
El actor regresaría de nuevo en los años sesenta para vivir una etapa de introspección personal y profesional. “No estaba seguro de si quería seguir siendo actor. Había hecho tres películas en Hollywood y me tomé un año sabático”, explicó. España fue el escenario elegido para ese parón. Esta vez se instaló en Málaga, pasó por Fuengirola y terminó alquilando una granja en Mijas, donde permaneció siete meses. Fue un retiro creativo en el que redescubrió su vocación antes de regresar a Hollywood para consolidar su leyenda.
En 2012, durante la presentación del Sundance Channel en Madrid, Redford rememoró esas estancias con nostalgia. Reconocía que no bailó flamenco, pero insistía en que fueron experiencias transformadoras. España no solo le sirvió de refugio en momentos de incertidumbre, sino también de inspiración para volver a reinventarse.
Hoy, con su partida, aquellas vivencias adquieren un nuevo significado. Los recuerdos de Mallorca, Málaga y Mijas forman parte del relato íntimo de un actor que no solo fue el rostro de películas como El golpe o Todos los hombres del presidente, sino también un viajero curioso que encontró en España un lugar donde detener el tiempo.
