Análisis Tomodachi Life Una vida de ensueño: El simulador de vida de Nintendo garantiza una sonrisa en cada partida (Switch)
Nuestra madre habla de hacer salmorejo con un amigo y nuestro padre comparte la afición de escuchar la radio con un compañero de trabajo. Jugar a Magic the Gathering es uno de los temas candentes en los corrillos que se forman en la Isla Vandalismo. Varios de nuestros amigos están liados entre ellos y conversan de forma ridícula sobre el poliamor. Como en los 90, Mario y Sonic no se llevan muy bien. Bienvenidos a Tomodachi Life: Una vida de ensueño, un simulador de vida humorístico, estrafalario y original para Switch que solo podía venir de Japón y de Nintendo.
Es un videojuego raro, con una propuesta única que es difícil de asemejar a otros títulos del género como Los Sims y Animal Crossing, y del que no es fácil explicar sus virtudes para quien no haya jugado a las anteriores entregas (una en DS, exclusiva del país nipón, y otra, un éxito millonario global, para 3DS), aunque lo intentaremos lo mejor posible —además, podéis apoyaros en la demo—. Lo principal es que todo gira en torno al humor: el absurdo japonés, el buenrollero marca Nintendo, y el que quiera darle el propio jugador, ya sea mediante memes de sus grupos de colegas, temas satíricos, juegos de palabras, bromas con mala baba o cualquier otra cosa. La creatividad y la gracia de cada uno puede ensalzar la partida, y en su ausencia, también degradarla.
Un mundo con versiones excéntricas de tus conocidos
Este chiste interactivo empieza con los personajes Mii que metas en la isla. El tuyo, los de tus amigos, tus familiares, tus compañeros de trabajo, famosos, personajes de ficción y quien sea que quieras. De la interacción entre ellos, en la que tenemos algo que decir pero tampoco mucho, es de donde surge la magia. El cómo se comportan y cómo se llevan entre sí depende de sus andanzas en la isla, las relaciones que forjen, los objetos que tengan y otros factores, pero antes de todo eso, depende de su personalidad. Tras recrearlos físicamente con el editor de Mii más completo, versátil y accesible hasta la fecha, se pide que definamos, además de su género y sus intereses románticos (varios entre hombre, mujer y no binario), su personalidad eligiendo la intensidad de seis cualidades, un proceso sencillo que constantemente nos ha sorprendido por cómo clava los rasgos generales de actitud que asociamos a nuestros conocidos.
Poco a poco, con el paso de las partidas y de los días, los Mii van ganando profundidad: que anden de una u otra manera, que se tiren pedos, que coman devorando, que saluden con timidez, cómo afrontan los enfados. Con esos atributos que les asignamos cuando suben de nivel, aumenta la complejidad de las relaciones entre los personajes, las situaciones que se pueden dar y la manera en la que reaccionan ante ellas. A la vez, paulatinamente decoramos la isla a nuestro gusto y el de sus residentes, y añadimos tiendas, decoraciones y otros elementos que generan más interacciones. Así, la simulación va teniendo más engranajes que introducir en sus mecanismos invisibles, aunque no siempre los aprovecha tanto como nos gustaría.
Un día en la Isla Vandalismo
La mejor manera de explicar Tomodachi Life y cómo interactuamos con él es narrar cómo se desarrolla una partida normal, es decir, una partida tras llevar varias semanas con el programa en nuestra consola y haber convertido las visitas a la Isla Vandalismo en una rutina diaria. Como si fuéramos una deidad (de cuya presencia son conscientes los Mii), vemos la isla desde arriba, desde una perspectiva cenital que nos permite acercarnos, entrar en los hogares de los habitantes, poner la oreja en las estrafalarias conversaciones que tienen en grupo, seguirlos en sus paseos, interactuar con ellos y ver qué nos tienen que decir.
Cada cual tendrá su manera de jugar, pero en nuestro caso solemos comenzar acudiendo a la centralita de noticias, uno de los primeros edificios que desbloqueamos. Allí, uno de los Mii presenta un breve noticiero, con fotografías reales y la presencia de otros de los habitantes, sobre hechos ridículos: la llegada de un vendaval o que hayan confundido a un amigo con un monstruo marino. Después solemos pasar por las tiendas para hacernos con los objetos exclusivos de ese día: entre otras cosas, vestimentas que reflejen la personalidad de los Mii (o totalmente ridículas) y platos de comida de todas las partes del mundo que se representan directamente con fotografías.
Después solemos atender a las peticiones de los Mii. Uno puede tener hambre o ganas de comer algo específico, lo que, además de saciarlos, aumenta su felicidad si les ha gustado el alimento; cuando esta sube de nivel, le podemos regalar objetos con los que juguetean por la isla o les asignamos atributos que definen más todavía su personalidad. Puede que otro habitante nos pida que rediseñemos su habitación, o que quiera irse a vivir con otro Mii, o nos pida un nuevo modelito bajo alguna condición.
También habrá quien quiera confesarle su amor a otro, una situación que puede desarrollarse de manera hilarante. O matrimonio, para los que nos solicita ayuda en la declaración, lo que de repente se transforma en un minijuego de naves porque así es Tomodachi Life. Tampoco faltarán los enfados entre Mii, y habrá que motivar a resolver la situación o a consolarlos, para lo que es buena idea regalarles objetos o mascotas (desde medusas a canguros) con los que jugarán por la isla, o incluso mandarlos de viaje a un montón de lugares turísticos (fotografías estáticas reales sobre las que se superponen los personajes) que desbloqueamos paulatinamente.
Más allá de atender a las peticiones, también hemos asistido a momentos geniales simplemente siguiendo a los personajes por la isla para ver con quién y de qué hablan, o con qué interactúan de su entorno. Interacciones que también podemos motivar: se crean situaciones bastante graciosas al coger un Mii, o varios, y llevarlos a la noria, al restaurante o soltándolos en medio de una charla en curso. Lo espontáneo y lo aleatorio tiene mucho peso en un videojuego que no se parece tanto a un simulador de vida como Los Sims, donde tenemos mucho control sobre lo que ocurre, sino que se asimila más a una especie de Tamagotchi gigantesco y delirante.
De todas las interacciones posibles con los Mii, las que tienen más consecuencias para la simulación y la generación de situaciones cómicas son aquellas en las que te preguntan a ti, quien juega, sobre algo que puedes escribir directamente con el teclado. Un objeto, una persona, una actividad, un tema de conversación… Esos términos pasan a formar parte del vocabulario de la isla y los Mii charlan sobre ellos constantemente. Las posibilidades de esto para generar situaciones momentos hilarantes son enormes, a lo que ayuda mucho que los personajes hablen a viva voz, en español, con un tono robótico y personalizable para cada individuo que será amado y odiado a partes iguales.
Una isla y un humor únicos para cada jugador
Las dos principales novedades de Una vida de ensueño llevan esta parte tan importante de la experiencia, la del vocabulario generado por el jugador, hasta límites insospechados. Lo nuevo de este Tomodachi Life se asemeja a lo innovador que tuvo Animal Crossing: New Horizons respecto a anteriores entregas, la personalización y la creación, pero con consecuencias bien distintas. Por un lado está la personalización de la isla. Con el Urbanizador podemos decorarla a nuestro gusto con un sistema sencillo que tiene las opciones justas para que cada cuál pueda darle su personalidad sin que le agobien con mecánicas complejas de terraformación. Además, es muy fácil recolocar los elementos, lo que será necesario conforme la isla crezca al ritmo que lo hace su población de hasta 70 habitantes —menos que en 3DS, pero cada uno tiene su propia casa—.
Por otro lado está el Taller de diseño, que va aumentando sus posibilidades poco a poco. Desde ahí, con una herramienta de dibujo accesible y con muchísimas opciones, podemos crear de todo. No hablamos solo de vestimentas o diseños para las habitaciones. Se pueden inventar objetos y asignarles diferentes propiedades, crear comida con distintos sabores, dar forma a hogares y edificios para la isla, e incluso mascotas. Los Mii interactúan con todo esto, conversan sobre estas creaciones y juguetean con lo que le hayamos regalado. Las posibilidades son infinitas en manos de los más creativos. Os podéis imaginar que esto genera situaciones cómicas y únicas delirantes. Tiene un potencial para memes increíble, y no nos hemos encontrado limitaciones para nada. Probablemente por eso no existe la opción de compartir esas creaciones por internet, pues sería muy difícil moderar esto: solo se pueden pasar por comunicación local inalámbrica, al igual que los Mii.
Los que más predispuestos estén a pasar horas y horas en el Taller de diseño conseguirán mitigar en parte el gran problema de Tomodachi Life: la repetición. Un chiste repetido hace menos gracia, y cuando es la decimoséptima vez que te lo cuentan, acaba siendo soporífero. En el juego de Nintendo no tardan en aparecer las conversaciones repetidas. Lo mismo ocurre con los absurdos sueños de los habitantes. Sobre todo pasa con los escasos y simples minijuegos, o con la mecánica de alimentar a los Mii, que se hace pesada.
Es cierto que en ocasiones el humor surge de esa misma repetición y es encomiable que, tras más de 30 horas de partida, raro es el día que no vemos algo nuevo. Además, aun estando diseñado para partidas cortas, no han sido pocas las sesiones que nos ha atrapado durante varias horas seguidas enlazando tareas, creaciones y chistes.
Un mundo gracioso y acogedor
A que se nos pasen los ratos jugando y observando la isla motiva que sea es un lugar acogedor, en el que relajarse, desconectar la mente y echar unas risas. La estética tiene mucho que ver en ello. Claro que un juego protagonizado por los cabezones avatares de Nintendo no es ningún portento técnico, pero hay cuidado y cariño en la increíble variedad de elementos visuales y el detalle de los interiores de las habitaciones, de las vestimentas, de los objetos decorativos de la isla y muchas otras cosas.
Además, lo visual forma parte de la broma, como es el caso de las mascotas, fotos estáticas de animales que rebotan, o los momentos en los que hay que echar una mano a un Mii y aparece, literalmente, una mano. Lo animado de la imagen se extrapola a una banda sonora que rememora a la música de la interfaz de Wii, donde hay algún tema que se puede hacer machacón, pero también una variedad enorme y alguna canción que no paramos de tararear en nuestra cabeza.
Conclusión
Tomodachi Life: Una vida de ensueño es un simulador de vida único, original y de lo más gracioso que hemos jugado nunca, dentro o fuera de ese género. Pero es un chiste en el que el jugador debe poner de su parte, pues no solo tiene que conectar con el humor japonés absurdo que lo impregna todo, sino también dar pie a que se generen situaciones hilarantes dependiendo de a qué Mii mete en la isla, qué les motiva a hacer, y sobre todo, qué vocabulario (temas de conversación, actividades, objetos…) introduce en la isla. Además de una personalización estética aumentada exponencialmente, la principal novedad para quienes jugaron al de 3DS está en una herramienta con un potencial humorístico infinito: crear los objetos, la comida o las decoraciones de las que hablan y con las que interactúan los Mii.
Hemos tenido algunas partidas monótonas en las que no ocurría nada demasiado gracioso y en las que la repetición de las mismas conversaciones, de los mismos sueños o de las mismas peticiones empezaban a cansar, pero hemos disfrutado mucho siendo espectadores y manipuladores de la Isla Vandalismo; más de los ratitos que de los largos ratos, de esas partidas breves mañaneras, en los descansos para comer o antes de meternos en la cama. Decía Iwata que la misión de Nintendo es "intentar hacer a la gente feliz, intentar hacer que la gente sonría". Tomodachi Life a veces se hace pesado, pero siempre hemos apagado la consola con una sonrisa en la boca.
Hemos realizado este análisis en Switch 2 gracias a un código para Switch facilitado por Nintendo.