La imagen es irresistible en redes: portátil abierto junto a una piscina, sol de otoño, cero jefes y un horario que se dobla a capricho. Ruby Borg, periodista de The Telegraph, vivió ese cuadro durante meses… y lo dejó. En un artículo que ha prendido debate, la joven relata cómo abandonó un empleo tradicional para abrazar la vida “nómada digital”, y por qué terminó regresando a una oficina, a un horario fijo y a un equipo de compañeros. Su testimonio, lejos de la épica de TikTok, pone el foco en lo que la estética de la libertad rara vez enseña: aislamiento, culpa por no desconectar nunca y una sensación de estancamiento que los filtros no capturan.
Borg cuenta que salió de la universidad directo a un puesto estable con presencialidad limitada —dos días a la semana—, una fórmula que sobre el papel sonaba ideal pero que, en la práctica, la fue desligando del proyecto y de sus colegas. El salto al autoempleo llegó con todo el paquete seductor: flexibilidad total para viajar, entrenar o alargar el sueño, buen ingreso y la promesa de ser “dueña de su tiempo”. Sin embargo, la frontera entre vida y trabajo se diluyó hasta desaparecer: sin un marco horario que marcara el final de la jornada, la mente seguía “encendida” incluso en el ocio, y la culpa por no estar produciendo se volvió una compañera constante. A ello se sumó la soledad: más allá de su pareja, casi nadie en su círculo vivía con rutinas comparables y los días transcurrían frente al portátil, sin la fricción creativa —y humana— que ofrecen los equipos presenciales.
Entre la épica y la factura emocional
Hoy, con un contrato a tiempo completo, trabajando en la oficina cinco días por semana con 28 días de vacaciones al año y la responsabilidad de rendir cuentas a un editor y a una redacción, asegura sentirse más realizada. La estructura que antes le parecía una camisa de fuerza se ha convertido en ancla y propósito. Su relato cuestiona el mantra que circula en hashtags como #QuitTok o la “soft life”, donde abandonar el trabajo “tóxico” se presenta como primer escalón del éxito. Borg no niega que el modelo independiente funcione —requiere una disciplina férrea y una autonomía real—, pero advierte de los costes a largo plazo cuando se romantiza sin plan: lagunas en cotizaciones, ausencia de coberturas y un freno silencioso al desarrollo profesional.
Más allá de su experiencia, la periodista enmarca el fenómeno en una realidad inquietante para el Reino Unido: casi un millón de jóvenes de 18 a 24 años están fuera de la educación, el empleo o la formación. En ese contexto, sostiene, convertir en villano al horario de nueve a cinco puede ser un arma de doble filo si empuja a abandonar trayectorias sin alternativas claras. Su conclusión es menos glamurosa que un stories desde la playa, pero quizá más útil para una generación que busca encajar: para la gran mayoría, la combinación de estructura, mentoría y comunidad —lo que ofrece un buen equipo en una oficina— sigue siendo la rampa más fiable hacia el crecimiento y la estabilidad.















