Tendemos a asociar la guerra de exterminio con Estados, burocracias y ejércitos organizados, pero la arqueología lleva tiempo erosionando esa idea. El hallazgo de Gomolava, en la actual Serbia, refuerza ese giro: una gran fosa del siglo IX a. C. reúne 77 víctimas y apunta a una matanza deliberada, no a una catástrofe natural ni a un entierro improvisado. El estudio se publicó en Nature Human Behaviour a finales de febrero.
Lo que convierte el caso en algo especialmente inquietante es el perfil de las víctimas. Más del 60% eran niños y adolescentes, y entre los adultos predominaban de forma abrumadora las mujeres. Los investigadores hablan de un patrón excepcional en la prehistoria europea, precisamente porque no encaja con la imagen más habitual de combate entre varones armados, sino con una violencia dirigida contra quienes garantizaban la continuidad social y biológica del grupo.
Forense, ADN e isótopos para reconstruir el crimen
La clave estuvo en combinar forense, ADN antiguo e isótopos. No aparecieron señales de una epidemia capaz de explicar la acumulación de cadáveres, mientras que muchos esqueletos sí mostraban traumatismos perimortem, incluidos golpes contundentes en el cráneo y heridas compatibles con armas. Además, la mayoría de los individuos analizados no eran parientes cercanos y varios habían crecido en lugares distintos, lo que sugiere una comunidad mezclada o conectada a redes regionales amplias.
Eso vuelve más sólida la interpretación principal: no habría sido un asesinato caótico, sino una operación selectiva. En la lectura que proponen los autores, matar sobre todo a mujeres y menores podía servir para cortar linajes, romper alianzas y vaciar de futuro a comunidades rivales en un momento de fuerte reordenación política en la cuenca carpática. No es exactamente “genocidio” en el sentido jurídico moderno, pero sí una forma de violencia pensada para borrar la capacidad de reproducción y continuidad de otros grupos.
Brutalidad y ritual en el mismo lugar
También resulta llamativo que el enterramiento no parezca un simple vertedero de cuerpos. La fosa contenía objetos personales, recipientes cerámicos, adornos de bronce y restos de animales, incluido un bovino joven completo en la base. Ese cuidado funerario complica la escena: la brutalidad de la matanza convivió con una puesta en escena ritual o socialmente codificada, quizá como exhibición de poder o como una forma de controlar el recuerdo del crimen.
En realidad, Gomolava no demuestra que la violencia masiva naciera allí, sino algo más incómodo: que el exterminio selectivo es mucho más antiguo que el Estado moderno.















