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Científicos descubren que trabajar con IA altera nuestra sensación de control al ser percibida por el cerebro como otra persona

A medida que convivimos con asistentes, agentes y sistemas que no solo aconsejan, sino que también ejecutan tareas, el impacto es psicológico.
Científicos descubren que trabajar con IA altera nuestra sensación de control al ser percibida por el cerebro como otra persona
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Actualizado: 8:16 28/3/2026

Trabajar con una inteligencia artificial no solo cambia cómo resolvemos una tarea, sino también la forma en que sentimos que controlamos lo que pasa. Un estudio reciente publicado en Consciousness and Cognition concluye que, cuando compartimos una actividad con un agente virtual capaz de intervenir, tendemos a declarar menos control consciente sobre el resultado, aunque a otro nivel psicológico ocurra algo llamativamente distinto.

El experimento partía de una tarea muy simple. Los participantes debían pulsar una tecla para detener a tiempo una figura geométrica que iba creciendo en pantalla. En algunas pruebas actuaban solos; en otras, trabajaban junto a un agente virtual llamado Bobby, representado con una cara digital sonriente y con capacidad potencial para intervenir si el objeto se acercaba demasiado al límite peligroso.

Menos control declarado, más reparto mental de la responsabilidad

Ahí apareció el primer efecto llamativo. Cuando Bobby podía actuar, los participantes decían sentir menos control explícito que cuando hacían la tarea en solitario. Los autores interpretan ese resultado como una forma de difusión de responsabilidad parecida al conocido efecto espectador: la mera posibilidad de que “otro” también pueda intervenir hace que la autoría se reparta mentalmente, aunque ese otro no sea una persona real, sino un agente artificial.

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Pero el estudio encontró al mismo tiempo una reacción opuesta en el plano implícito. Los investigadores midieron el llamado temporal binding, un efecto por el que el intervalo entre una acción y su consecuencia se percibe como más corto cuando sentimos que realmente hemos causado ese resultado. Y ahí sucedió lo inesperado: en presencia del agente virtual, ese ligamiento temporal aumentó, lo que apunta a una agencia implícita más fuerte, no más débil.

La mente reparte la autoría por fuera, pero afina por dentro

En otras palabras, por fuera cedemos parte del control; por dentro, la mente parece vigilar más de cerca lo que hacemos. Los autores creen que esa aparente contradicción tiene sentido: mientras el juicio consciente reparte responsabilidad de forma social, los mecanismos implícitos refuerzan la distinción entre “mi acción” y “la del otro”, incluso cuando ese otro adopta la forma de un avatar digital capaz de actuar.

El segundo experimento remató la idea. Cuando Bobby seguía apareciendo en pantalla pero los participantes sabían que no podía intervenir, el efecto desaparecía. Es decir, no basta con que haya una cara digital o una presencia virtual: lo que altera nuestra sensación de control es atribuirle una capacidad real de actuar. Y ahí está la parte más valiosa del trabajo: a medida que convivimos con asistentes, agentes y sistemas que no solo aconsejan, sino que también ejecutan tareas, el impacto de la IA no será solo técnico. También será psicológico, porque empezará a redistribuir, casi sin que lo notemos, cómo sentimos la responsabilidad y la autoría de lo que hacemos.

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