Más allá de la lucha por la energía, en Asia tienen un objetivo claro: la hegemonía de los minerales y las tierras raras. En 2022, China botó su primer buque de perforación capaz de llegar a los 10.000 metros bajo el mar. Con él, el país abre un nuevo frente estratégico y mucho más tangible de lo que creemos: dejar por un momento el espacio para explorar un territorio todavía casi virgen, el fondo oceánico, y asegurarse minerales críticos que podrían definir su ventaja industrial y tecnológica en el futuro.
China lanza su primer buque de perforación oceánica a 10.000 metros: Asia busca dominar todo el cobalto, litio, cobre y zinc
No se trata de abandonar sus ambiciones espaciales. Más bien, Pekín está reajustando sus prioridades. Mientras otras potencias siguen fijando la mirada en la Luna o Marte, China busca un nicho menos disputado, donde cada metro de exploración puede marcar la diferencia y en el que demostrar su hegemonía tecnológica. La minería en aguas profundas ofrece retornos más inmediatos que las misiones espaciales, con minerales y elementos realmente importantes para el corto, medio y largo plazo. Sí, hablamos de níquel, cobalto, litio, cobre y zinc, recursos esenciales para baterías, energías limpias y tecnología avanzada.
El país combina así su experiencia en minería terrestre con un salto al océano, un entorno mucho más complejo y desconocido. Los retos son enormes. Por un lado, la técnica necesaria para este tipo de perforaciones es puntera, aunque por otro los riesgos ambientales son más que evidentes y las regulaciones internacionales todavía difusas. Pero eso también le da a China la posibilidad de definir el juego antes que nadie.
La presión no es solo económica: la demanda de minerales estratégicos se dispara con cada coche eléctrico, cada panel solar, cada turbina eólica. Empresas como BYD necesitan un suministro constante para competir con gigantes como Tesla, y el control de estos recursos se ha vuelto casi una cuestión de seguridad industrial y geopolítica.
Explorar el fondo marino no es solo una cuestión de economía. La falta de reglas claras permite a China influir en la futura regulación de la minería submarina. Al mismo tiempo, la actividad amenaza ecosistemas enteros, y cada expedición debe equilibrar beneficio y riesgo ambiental.
Si tiene éxito, Pekín podría marcar el estándar de la minería en aguas profundas, consolidar su liderazgo en minerales estratégicos y abrir un nuevo frente en la carrera global por los recursos. Una jugada arriesgada, sí, pero capaz de cambiar para siempre la forma en que el mundo accede a los materiales que sostienen la tecnología moderna.