En España hay pocas recetas capaces de generar tanto consenso como la croqueta. Está presente en las barras de los bares, en los menús de los restaurantes y en las reuniones familiares de cualquier rincón del país. Da igual si se sirve como aperitivo, tapa o plato principal: forma parte de la cultura gastronómica española desde hace generaciones.
La receta tradicional gira en torno a una idea muy concreta. Una bechamel cremosa elaborada con leche, mantequilla y harina sirve de base para incorporar jamón, pollo, cocido, boletus o marisco. Después llega el rebozado y la fritura, responsables de ese contraste entre interior suave y exterior crujiente que ha convertido a la croqueta en uno de los bocados más populares de la cocina española.
Bélgica demuestra su maestría culinaria con unas croquetas que desafían las expectativas españolas
Sin embargo, no todos los países entienden este plato de la misma manera. A más de mil kilómetros de distancia, Bélgica presume de una versión completamente diferente que para muchos constituye una auténtica joya nacional. Se trata de las garnaalkroketten, las famosas croquetas elaboradas con camarón gris del Mar del Norte.
La principal diferencia aparece en la propia masa. Mientras que en España la leche es la gran protagonista, los cocineros belgas recurren a un intenso caldo de marisco elaborado a partir de las cabezas y cáscaras de los camarones. Nada se desperdicia. Tras tostarlas lentamente con mantequilla y verduras aromáticas, se obtiene un fondo concentrado que acumula toda la esencia del mar.
Ese caldo sustituye a la leche y se incorpora a un roux de harina y mantequilla para crear una especie de velouté marina. El resultado es una masa mucho más intensa, con un sabor que recuerda directamente al marisco recién cocinado. Para redondear la textura, muchos chefs añaden una mezcla de yema de huevo y nata que aporta untuosidad y brillo, además de unas gotas de limón para equilibrar el conjunto.
Una vez incorporados los camarones pelados, la masa reposa durante horas antes de ser empanada. El rebozado suele ser especialmente generoso y crujiente, en ocasiones con doble capa de pan rallado o incluso panko. La intención es clara: crear una corteza firme que contraste con un interior extremadamente cremoso.
Más allá de la receta, estas croquetas ocupan un lugar privilegiado dentro de la gastronomía belga. En ciudades costeras como Ostende son un símbolo culinario y forman parte de un legado gastronómico que se ha transmitido durante generaciones. Allí no se consideran simplemente una tapa o un entrante, sino una auténtica seña de identidad nacional que demuestra que incluso un plato tan universal como la croqueta puede reinventarse por completo cuando cambia la tradición.