Pocos lo saben, pero los gigantes del planeta no siempre tienen huesos ni músculos: algunos de los organismos más colosales son gelatinosos y habitan en uno de los entornos más extremos de la Tierra: las profundidades del océano. Gracias a sumergibles no tripulados -los famosos ROV-, los científicos han podido filmar criaturas que se extienden decenas de metros, flotando como cintas translúcidas y casi etéreas. Entre ellas destacan los sifonóforos, parientes de medusas y carabelas portuguesas, que desde el siglo XIX despiertan la fascinación de los biólogos marinos.
La filmación de un sifonóforo gigante a 6.000 metros sacude las teorías sobre tamaño y cooperación biológica
Uno de los registros más impactantes provino del Pacífico profundo, donde un sifonóforo de casi 15 metros se deslizó frente a las cámaras de un ROV. Parecía un velo de gel suspendido en la oscuridad, ondulando con gracia frente al frío intenso y la presión aplastante de más de 500 atmósferas. No es un caso aislado: en los últimos veinte años, la tecnología ha permitido observar organismos que, según estimaciones, superan los 40 metros, aunque medirlos con precisión resulta complicado por su estructura flexible y espiralada.
Estos animales no son "gigantes" en el sentido habitual. Cada sifonóforo es en realidad una colonia de zooides especializados: algunos capturan presas con tentáculos urticantes, otros impulsan el cuerpo con estructuras pulsantes y otros se encargan de la reproducción. Funcionan como un único organismo, pero cada unidad cumple una función precisa. Esta estrategia biológica permite que la colonia crezca a lo largo de decenas de metros, sostenida por la flotabilidad del agua, sin necesidad de esqueleto ni músculos fuertes.
Depredadores discretos, los sifonóforos se alimentan de crustáceos, peces pequeños y zooplancton. Muchos son bioluminiscentes, usando su luz para atraer presas o confundir depredadores, y su coordinación es tan precisa que cada alimento llega rápidamente al tracto digestivo. La biología profunda demuestra que la longitud no siempre refleja complejidad: lo que importa es la organización.
Aún quedan incógnitas: medirlos, conocer su distribución, su ciclo vital y su papel en la red alimentaria de los abismos oceánicos. La mayor parte del océano sigue inexplorada: menos del 20 % del fondo marino ha sido cartografiado con detalle.