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Millones de edificios van a cambiar: ingenieros cambian el acero por barras de roca volcánica y alteran la construcción mundial

La corrosión eleva el coste de puentes y edificios, y la fibra de basalto surge como alternativa: más ligera, resistente a ambientes agresivos y con normas propias de diseño. Lo cambia todo.

La corrosión del acero en el hormigón es un viejo enemigo de la ingeniería estructural, especialmente en entornos marinos, con alta humedad o presencia de sales. Los efectos se traducen en mayores costes de mantenimiento, algo que se traduce inmediatamente en reparaciones frecuentes de las estructuras y en la reducción de la vida útil de puentes, edificios y estructuras costeras.

Frente a este reto, surge una alternativa que rompe con la imagen tradicional de la construcción: las barras de fibra de basalto. Este material, extraído de roca volcánica y combinado con resinas poliméricas, ofrece un refuerzo no metálico, ligero y resistente a la oxidación. En el mundo técnico se conocen como FRP (polímero reforzado con fibra), y su variante de basalto se denomina BFRP.

Revolución en la construcción: millones de edificios reemplazan el acero por barras de roca volcánica

El principio es sencillo, ya que las fibras se impregnan con un polímero y se moldean en barras, mientras que la superficie recibe tratamientos especiales para asegurar la adherencia al hormigón. En el proceso, se pueden añadir texturas, arena adherida o incluso patrones helicoidales que lleguen a facilitar la transferencia de tensiones, un factor crítico para que el refuerzo cumpla su función estructural. La literatura especializada, así como estudios de ingeniería, confirman que el tipo de resina y el acabado de la barra influyen directamente en resistencia, adhesión y durabilidad bajo diferentes condiciones ambientales.

Más allá de la resistencia química, las ventajas logísticas también son notables: estas barras pesan mucho menos que el acero, lo que simplifica a grandes rasgos el transporte y la manipulación, sobre todo en sitios de difícil acceso. Pero hay ciertas pegas. La ductilidad del acero, su capacidad de deformarse antes de romper, no se replica en este material, que funciona de manera principalmente elástica hasta su límite. Por eso, el diseño definitivo debe contemplar deflexiones, la consiguiente apertura de grietas y, lógicamente, ciertos criterios específicos de seguridad.

Más allá de la resistencia química, las ventajas logísticas también son notables: estas barras pesan mucho menos que el acero

Otro punto clave es el comportamiento frente al calor. Al ser polímeros, las BFRP requieren verificación frente a incendios y altas temperaturas, y deben incorporarse al proyecto desde la fase de diseño. Además, la calidad de la ejecución sigue siendo determinante en esta cuestión. Por ejemplo, el hormigón mal compactado o la cobertura insuficiente comprometen la longevidad de este tipo de barra, incluso si el refuerzo no se oxida.

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En el mercado, sobre todo tras los últimos años, la adopción de FRP está impulsada por la disponibilidad de un mercado cada vez más creciente en término de proveedores y la, lógicamente, aceptación normativa. Su uso se concentra en estructuras donde la corrosión es un coste recurrente y elevado -como las zonas marítimas-, redefiniendo no solo la construcción, sino también el mantenimiento y la estrategia de durabilidad. Lo sorprendente para el público general es que estas barras no parecen metal, pero cumplen la función de refuerzo estructural, ofreciendo una solución moderna a un problema que ha acompañado al hormigón durante más de un siglo.