Durante décadas, la conversación pública se apoyó en una idea cómoda: cada generación "sube un peldaño" en capacidad cognitiva. Esa intuición tiene un nombre (el efecto Flynn) y describe el aumento sostenido de las puntuaciones en tests de inteligencia a lo largo del siglo XX en muchos países. El problema es que ese patrón ha pegado un frenazo al comparar generación Z con millennials, icnluso se ha atisbado un retroceso, según los últimos reportes, algo que suele explicarse por factores ambientales (educación, salud, desigualdad, cultura de lectura, etc.), no por una supuesta "mutación" generacional. Un trabajo muy citado sobre Noruega, por ejemplo, argumenta que el giro (subida y bajada) se entiende mejor como un fenómeno ambiental dentro de familias y cohortes.
A partir de ahí, se suelen mezclar tres cosas distintas: puntuaciones en tests, rendimiento académico y habilidades cotidianas (atención sostenida, lectura profunda, memoria de trabajo).
Que una cohorte puntúe peor en determinadas pruebas reflaja además cambios en hábitos (menos lectura larga), entrenamiento escolar distinto o incluso que los tests capturen peor habilidades relevantes en un ecosistema digital.
La fricción entre aprendizaje y consumo digital
En ese contexto encajan los argumentos del neurocientífico Jared Cooney Horvath, que viene advirtiendo —en medios y foros— sobre una fricción básica: el aprendizaje humano premia la interacción social, el esfuerzo sostenido y la elaboración, mientras que una parte del consumo digital favorece el barrido rápido (skimming) y la recompensa inmediata. El punto fuerte de este enfoque es que no necesita demonizar la tecnología: basta con asumir que, si cambias masivamente el "modo" de exposición a la información, cambias el tipo de habilidad que entrenas. El punto débil aparece cuando se presenta como una explicación única y universal; la evidencia empírica suele ser más heterogénea.
De hecho, cuando miras estudios concretos, el efecto de los dispositivos depende muchísimo del diseño de la intervención. Un ejemplo clásico en el debate escolar es el trabajo de Louis-Philippe Bélan y Richard Murphy sobre centros de Inglaterra: al comparar escuelas y momentos en que implantan prohibiciones estrictas del móvil, encuentran mejoras en resultados (interpretadas como reducción de la distracción), con especial impacto en estudiantes con menor rendimiento previo. Eso no prueba que "la tecnología baje la inteligencia", pero sí que la atención (y su sabotaje) tiene traducción medible en aprendizaje.