Bajo el turquesa casi irreal de Kekova, Turquía, hay una ciudad que no necesita botellas de oxígeno para existir en la imaginación: basta mirar desde la borda de un barco o la proa de un kayak para distinguir escaleras, muros y trazos de calles que quedaron atrapados a pocos metros de profundidad. Es el tipo de paisaje que parece una postal… hasta que recuerdas que lo que ves no es un decorado, sino arquitectura antigua conservada por el agua y, sobre todo, por las restricciones que impiden acercarse demasiado.
La ciudad sumergida suele identificarse con Dolichiste, un asentamiento de la costa licia que quedó dañado por terremotos en la Antigüedad y terminó parcialmente anegado. La cronología más repetida sitúa el episodio destructivo principal en torno al siglo II d. C., en una región donde la actividad sísmica ha remodelado el litoral durante siglos.
Una ruina que se protege
Hoy, el "misterio" no es tanto que las ruinas estén ahí —están a la vista— sino cómo se protege un yacimiento que, por su propia naturaleza, es vulnerable: cualquier aleta, ancla o mano curiosa puede acelerar el deterioro o descontextualizar piezas. De ahí que el lugar se gestione como un espacio de conservación, con navegación controlada y zonas donde nadar o bucear no es una opción turística, sino una línea roja patrimonial.
Esa filosofía encaja con un principio clásico de la arqueología subacuática: conservar "in situ" siempre que sea posible, es decir, mantener el patrimonio donde está y reducir al mínimo la intrusión humana. Es la lógica que también recoge UNESCO en su marco sobre patrimonio cultural subacuático, precisamente porque la extracción y el acceso masivo suelen multiplicar el expolio y el daño físico.
El desgaste invisible del uso recreativo
Además del saqueo, está la erosión lenta del uso recreativo. Estudios sobre el impacto del buceo en espacios sensibles llevan años señalando que el contacto accidental —aleteos, roces, flotabilidad mal controlada— incrementa roturas, remoción de sedimentos y estrés sobre superficies frágiles; cuando eso se acumula, el yacimiento se "gasta" a la velocidad de una atracción. Y, en entornos marinos, la degradación no es solo mecánica: procesos de biodeterioro (biofilms, microperforación, colonización biológica) pueden acelerar la alteración de la piedra y las estructuras si el equilibrio se perturba.
El contraste, en Kekova, es que la experiencia se construye desde la distancia. A un lado, las ruinas bajo la lámina transparente; al otro, la costa con vestigios en tierra firme y, en lo alto, el pequeño núcleo de Kaleköy (la antigua Simena), accesible sobre todo por mar, con su fortaleza y vistas que ayudan a entender por qué este corredor mediterráneo fue estratégico durante siglos.