A más de 3400 metros de altitud, el túnel Eisenhower se abrió paso por el corazón de las Montañas Rocosas, en un terreno donde la roca se mueve, las fallas permanecen activas y la presión puede doblar vigas de acero como si fueran de papel. Concebido para mantener Colorado conectado todo el año, pronto se convirtió en el símbolo de un reto titánico: la montaña parecía decidida a impedir cada metro excavado.
Con casi 8 kilómetros de longitud, el proyecto consumió más de un millón de yardas cúbicas de roca, movilizó alrededor de 6000 trabajadores durante cinco años y obligó a desarrollar técnicas de ingeniería que no existían cuando comenzó la obra. Solo un 26,5 % de la montaña era lo suficientemente estable para sostenerse por sí misma; el resto era roca triturada y fracturada que, en zonas de fallas activas, se desplazaba sobre el túnel, amenazando con colapsarlo. No fue fácil.
EE.UU. enfrenta su megatúnel más extremo: a 3400 m, derrumbes y fallas activas ponen a prueba miles de millones invertidos.
En la década de 1950, la zona occidental de Colorado estaba prácticamente aislada. Los únicos cruces de la Divisoria Continental eran dos pasos de montaña saturados. Las carreteras se cerraban con cada tormenta, los camiones se sobrecalentaban subiendo y los frenos fallaban bajando, y la economía regional sufría pérdidas millonarias cada invierno. Cuando se aprobó la red de autopistas interestatales en 1956, se decidió que la I-70 debía atravesar las Rocosas, garantizando una ruta confiable durante todo el año.
La única solución viable fue un túnel bajo la Divisoria Continental, pero el terreno era traicionero: la transición entre granito sólido y zonas de roca fragmentada obligó a replantear por completo la excavación. Los primeros métodos de perforación y voladura resultaron insuficientes; la montaña se comprimía, el agua presionaba y las vigas se doblaban más rápido de lo que podían colocarse.
El ingenio llegó con el método de deriva múltiple: en lugar de abrir todo el túnel a la vez, los equipos excavaron 13 pequeños pasajes alrededor del perímetro, reforzando cada sección con acero y hormigón antes de abrir el centro. Esta técnica permitió contener la montaña mientras se completaba el túnel. En el punto álgido de la obra, 1140 trabajadores operaban en tres turnos, seis días a la semana, sumando casi 5 millones de horas de trabajo. Siete vidas se perdieron en el proceso.
El Eisenhower se inauguró en marzo de 1973 y se convirtió en el punto más alto del sistema interestatal estadounidense. Su éxito llevó a construir el segundo túnel, Johnson, completando así un cruce de cuatro carriles bajo la Divisoria. Hoy, ambos túneles siguen siendo un monumento a la ingeniería extrema, una obra donde la montaña casi ganó la batalla, pero la ambición humana demostró ser más poderosa.