A comienzos de la Guerra Fría tardía, el fondo del mar de Ojotsk se convirtió en una sala de escucha. Ahí, en una zona que la Unión Soviética trataba como "bastión" por su cercanía a bases y rutas de la Flota del Pacífico, EE.UU. logró pinchar un cable submarino militar sin cortarlo, sin dejar una avería visible y, durante un tiempo, sin levantar sospechas: la operación se conoció como Ivy Bells.
La clave fue técnica antes que épica: no se trataba de "romper" la comunicación, sino de acoplar un módulo alrededor del cable para inducir y capturar la señal (algo parecido a una pinza de inducción) y registrar el tráfico sin alterar el aislamiento exterior. En las reconstrucciones públicas, el trabajo inicial se asocia al submarino USS Halibut (SSN-587) y a un contenedor de escucha ("pod" o "cocoon") que se fijaba al cable; el método evitaba el típico problema del cifrado porque el objetivo era interceptar el flujo en la infraestructura física.
Submarinos, saturación y una logística sin margen
Llegar hasta ahí fue una combinación de navegación silenciosa y buceo extremo. A unas 400 pies (aprox. 120 metros), el margen de error se estrecha: el cuerpo humano no "perdona" la improvisación y la logística manda. Por eso aparecen en el relato el buceo de saturación y las cámaras presurizadas acopladas al submarino para permitir salidas repetidas al fondo marino, además de visitas periódicas para recuperar soportes de grabación y dar mantenimiento al equipo.
El botín, según fuentes abiertas, iba más allá de un "gran secreto" puntual: lo valioso de este tipo de pinchazos es la suma de rutina y detalle. Mensajes administrativos, calendarios, incidencias técnicas o cambios de patrón —incluso cuando no son la joya de la corona— ayudan a inferir ritmos operativos, despliegues y prioridades. Es el tipo de inteligencia que, en manos de analistas, puede dibujar un mapa de comportamiento sin necesidad de ver un submarino emerger.
La caída por el flanco humano
El final llegó por el flanco más frágil: el humano. La caída de Ivy Bells se vincula a Ronald W. Pelton, un ex analista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) condenado en 1986 por vender información a la URSS, un caso que la documentación académica y divulgativa de contrainteligencia sigue citando como ejemplo de cómo una filtración puede desactivar años de ventaja técnica.
En 1981, satélites estadounidenses detectaron buques soviéticos justo sobre el punto del cable; poco después, el equipo fue recuperado y la ventana de escucha se cerró.