Bajo los edificios del complejo de Fukushima Daiichi, en la "torus room" que quedó inundada tras el tsunami de 2011, la vida encontró un hueco inesperado: una comunidad microbiana instalada en agua altamente radiactiva. Lo llamativo no es que haya bacterias —la naturaleza coloniza casi cualquier rincón con tiempo suficiente—, sino que, al analizarlas, no aparecen como una colección de "superresistentes" moldeadas por la radiación, sino como organismos bastante corrientes sobreviviendo en condiciones extraordinarias.
El trabajo se apoyó en secuenciación de amplicones 16S rRNA para perfilar qué géneros dominaban en esas aguas, con muestras recogidas a distintas profundidades muy cerca del fondo. En ese entorno se reporta una radiactividad del orden de 1×10⁹ Bq de cesio-137 por litro, pero aun así el "top" de la comunidad no lo ocupan los sospechosos habituales de laboratorio: en la fracción principal aparecen Limnobacter (asociado a la oxidación de tiosulfato) y Brevirhabdus (vinculado a oxidación de manganeso).
Radiación extrema, bacterias sorprendentemente "normales"
Para comprobar si la radiación había "seleccionado" a un campeón oculto, el equipo hizo ensayos de irradiación gamma con Limnobacter thiooxidans (pariente cercano del detectado en la muestra) y el resultado fue casi anticlimático: su resistencia se parece a la de bacterias "normales". Dicho de otro modo, el hallazgo no sugiere una evolución local hacia la radiotolerancia extrema, sino que el nivel de exposición y el modo de vida permiten que prosperen especies sin trucos espectaculares.
La pieza que encaja mejor con ese escenario es el biofilm: vivir en "mantos" pegajosos de matriz extracelular puede amortiguar parte del estrés ambiental y favorecer comunidades mixtas. De hecho, el análisis sugiere un origen híbrido: microbios marinos "naturales" combinados con bacterias típicas de biofilms, lodos y aguas residuales. Y aquí está el giro operativo: en torno al 70% de los géneros identificados se asocian a corrosión de metales, un detalle que en una central dañada no es académico, sino un problema de ingeniería.
Un problema de desmantelamiento, no solo de microbiología
Esto importa porque el desmantelamiento de una planta nuclear es una carrera larga en la que cualquier factor que enturbie el agua, reduzca visibilidad o acelere degradación de materiales complica la logística y la seguridad. Hay literatura técnica que advierte de biofilms en entornos nucleares (incluidos circuitos y piscinas) y de su potencial para contribuir a corrosión microbiana o a condiciones que exigen más control y monitorización: en resumen, no basta con "cuidar" la radiactividad; también hay que cuidar la biología que aparece cuando el sistema queda fuera de su estado normal.
La comparación con otros "laboratorios" radiactivos ayuda a ponerlo en contexto: se han descrito biofilms con tolerancia natural a niveles de radiación en zonas como Chernóbil, y en ese tipo de trabajos sí aparecen nombres emblemáticos de la radiotolerancia (como Deinococcus) entre los repertorios posibles.