'Silent Hill', uno de los pilares del terror psicológico en la industria del videojuego, se incorporó a la industria cinematográfica hace 20 años a través de un largometraje con Radha Mitchell, Laurie Holden y Sean Bean que supo captar la esencia de la saga de Konami: recreando una experiencia claustrofóbica donde lo onírico y lo irreal creaban un tren de la bruja con monstruos y criaturas que han logrado hacerse un hueco en el celuloide.
Pese a las críticas iniciales, aquel filme de Christophe Gans acabó convirtiéndose en un clásico de culto y actualmente ocupa una posición privilegiada dentro de las adaptaciones de videojuegos y del propio género de terror más festivalero. Dos décadas después, y con la saga de Konami en auge, el mismo Gans regresa con 'Return to Silent Hill' renunciando a todo aquello que hizo grande a la obra de 2006: moldeando una obra barroca y cargada de un aberrante CGI que empaña por completo la producción.
El problema de 'Return to Silent Hill' no es que sea una mala adaptación: es que renuncia por completo a una estética cinematográfica
Hace pocos días, Gore Verbinski, aclamado director de 'Piratas del Caribe', abordó el problema que está viviendo Hollywood y el cine mainstream con respecto al abuso de efectos digitales y mal uso de los mismos. El cineasta, directamente, culpó la implementación del motor Unreal al ámbito cinematográfico, un hecho que ha provocado que las películas y series actuales tengan una estética más propia de videojuego que de obra audiovisual tradicional.
Los VFX vivieron una era dorada a principios del siglo XXI, cuando el cuidado al detalle era extremo y los productores buscaban combinar lo artesanal y práctico con lo digital, buscando siempre el mayor realismo posible. Ahora, eso se ha perdido y, como consecuencia, llegan a cartelera y streaming proyectos que carecen de profundidad, alma y conexión con la realidad, haciendo que el ojo humano genere un rechazo innato a las imágenes a causa de la anormal estética que rodea las historias de ficción contemporáneas.
'Return to Silent Hill' es víctima de esa evolución cinematográfica y hace justamente todo lo contrario a su predecesora de 2006, apostando por un cargado viaje en CGI con el que es muy complicado comulgar. Aunque como adaptación se toma sus libertades -lógico teniendo en cuenta que el cine y los videojuegos son lenguajes diferentes- Christophe Gans demuestra el asombroso conocimiento y respeto que tiene por la saga de Konami recreando secuencias calcadas de la obra original, recreando al dedillo decorados, escenas y pequeños detalles para satisfacer a los fans de esta pesadilla.
No obstante, en esta ocasión Gans precipita su largometraje al vacío optando por renunciar a lo artesanal para dar paso a esa estética artificial que no casa en absoluto con el celuloide: 'Return to Silent Hill' carece de atractivos visuales y su constante sensación de collage hace que sea imposible conectar con la historia, porque su surrealismo es tan evidente que da más la sensación de estar viendo una cinemática de 'Silent Hill' que una adaptación cinematográfica.
Y es una verdadera lástima porque Jeremy Irvine y Hannah Emily Anderson, como James y Mary, realizan un trabajo interpretativo fabuloso, sobre todo Irvine, que plasma de maravilla la mente torturada y traumada del protagonista. Pero la propuesta de Gans hace que los personajes parezcan incrustados en la puesta en escena, dándole al conjunto un extraño tono teatral que hacen que el relato tropiece constantemente.
'Return to Silent Hill' cuenta con todos los ingredientes que hicieron grande a la secuela de Konami, pero es un tren de la bruja fallido que descarrila sin remedio. El mensaje que manda y lo que quiere contar es claro y Gans lo desconfigura perfectamente, pero es en conjunto una película anodina.