No es ciencia ficción ni un deseo: es algo tangible. La imagen del tren serpenteando entre valles alpinos sigue funcionando como postal turística, pero bajo ese paisaje Suiza lleva décadas ejecutando una transformación mucho más ambiciosa y silenciosa: perforar el corazón de los Alpes para convertirlos en un corredor logístico de escala continental.
No fue una decisión impulsiva ni un gesto de exhibicionismo ingenieril. A finales del siglo XX, el país asumió que su geografía -tan icónica como limitante- no podía seguir marcando el ritmo del transporte europeo. De esa convicción nació una estrategia de Estado basada en precisión técnica, geología aplicada y una planificación obsesivamente orientada al largo plazo. El resultado es una red de túneles de base que ha redefinido la circulación de personas y mercancías entre el norte y el sur del continente.
Con 70 km de túneles, 28 millones de toneladas de roca y un esfuerzo histórico, Suiza transforma los Alpes en corredores subterráneos
Los Alpes son una de las cordilleras más densas del planeta, un problema histórico para el ferrocarril: pendientes pronunciadas, curvas cerradas y trenes de mercancías limitados por la tracción. El túnel de base rompe esa lógica. Excavado cerca del fondo del valle, permite trazados casi rectos y pendientes mínimas, ideales para trenes largos, pesados y rápidos.
Esa filosofía se materializó en dos obras clave: el túnel de base del San Gotardo, con 57,1 kilómetros, y el de Ceneri, con 15,4. Juntos superan los 70 kilómetros excavados bajo macizos alpinos complejos, atravesando fallas geológicas y zonas fracturadas que exigieron soluciones específicas en cada tramo.
Las cifras explican la escala real del proyecto, lejos de cualquier relato turístico. Durante la excavación se retiraron 28 millones de toneladas de roca, se acumularon 2,6 millones de jornadas laborales y participaron más de 9000 trabajadores en turnos continuos. Todo ello en condiciones extremas, con temperaturas subterráneas que en algunos puntos superaron los 40 grados y obligaron a instalar sistemas de ventilación y enfriamiento activo.
El impacto no se mide en imágenes espectaculares, sino en tiempo y capacidad. El corredor norte-sur que conecta Róterdam con los puertos del Mediterráneo, especialmente Génova, ha dejado de tener en los Alpes su principal cuello de botella. Los trenes cruzan ahora más rápido, con más carga y menor consumo energético.
Aunque los túneles son suizos, su efecto es continental. Integrados en la Red Transeuropea de Transporte, responden también a una decisión política clara: reducir el tráfico de camiones, las emisiones y la presión sobre los valles alpinos, algo que Suiza respaldó incluso en referéndum.
Más que una proeza técnica, esta red subterránea expresa una filosofía muy concreta: infraestructuras profundas, discretas y duraderas, pensadas no para impresionar hoy, sino para redefinir Europa durante generaciones. En el siglo XXI, las montañas ya no dictan las rutas. Lo hacen los túneles.