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Ni teléfono ni caminos, una familia lleva 55 años aislada de todo en la cima de una montaña: 'Es más seguro'

Qué ocurre cuando la infraestructura pública —saneamiento, transporte, conectividad, asistencia social— llega a trompicones.

En la cima de una sierra en Itapipoca, Brasil, la vida de Seu Gonçalo y Francisca Helena se cuenta mejor por detalles que por épica: una casa de taipa (madera y barro) que ha aguantado décadas, un camino que se vuelve impracticable cuando llueve y una rutina agrícola que funciona como despensa, calendario y oficio a la vez. La historia se viraliza por lo extraordinario —55 años "lejos de la ciudad"—, pero lo que asoma detrás es una forma de ruralidad persistente en el Nordeste brasileño, sostenida con muy poco margen de error.

El propio relato de la familia introduce el gran matiz: la vivienda no es una choza improvisada, sino una técnica tradicional con lógica material. La taipa y otras construcciones de tierra aportan inercia térmica y un comportamiento higrotérmico que, bien ejecutado, puede hacer la casa más estable frente al calor sin depender de electricidad; también exige mantenimiento y protección frente a la lluvia y la erosión, porque el deterioro —grietas, revoques que se caen— no es decorado, es riesgo estructural. Esa tensión entre "confort pasivo" y vulnerabilidad por envejecimiento aparece documentada en trabajos técnicos sobre paredes de taipa y su desempeño térmico.

Autosuficiencia: estrategia, no postal

La autosuficiencia que describe el texto —frutales, aves, un pequeño estanque con tilapia y dulces caseros para vender— suena a postal, pero en realidad es una estrategia económica de diversificación: cuando el acceso a mercado, transporte o servicios es irregular, producir un poco de todo reduce la dependencia de una sola cosecha o de un solo ingreso. Y aquí el aislamiento no es solo geográfico: también es burocrático, con menciones a trámites repetidos para reactivar ayudas y a la falta de teléfono como barrera práctica para "existir" administrativamente.

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El punto más frágil, como casi siempre en el semiárido y el Nordeste interior, es el agua: captarla, almacenarla, llevarla hasta casa y mantener el sistema cuando se rompe. La pieza habla de tuberías improvisadas y depósitos con lonas que se degradan y hay que reemplazar; esa realidad conecta con lo que muestran evaluaciones sobre políticas de cisternas y captación de lluvia en Brasil: cuando el almacenamiento doméstico funciona, cambia la salud y la vida diaria; cuando falla, todo vuelve a depender de distancias, tiempos y favores logísticos.

Infraestructura irregular y derechos que cuestan días

Por eso esta historia no va solo de "elegir vivir aislado", sino de qué ocurre cuando la infraestructura pública —saneamiento, transporte, conectividad, asistencia social— llega a trompicones. Los programas pueden existir en el papel, pero si el acceso físico es precario y los puntos de atención quedan lejos, el coste de reclamar derechos se convierte en otra forma de desigualdad: no es que no haya recursos, es que alcanzarlos te consume días, dinero y salud.