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Ni Italiano ni Portugués: nuevas pruebas genéticas apuntan al origen español de Cristóbal Colón

Si el estudio termina consolidándose en revistas especializadas, España no solo tendrá un titular potente, sino un ejemplo de cómo la genética puede iluminar —y también complicar— los grandes mitos históricos.

La pregunta sobre de dónde era realmente Cristóbal Colón acaba de recibir otro empujón mediático gracias a una línea de pruebas que no se apoya en archivos, sino en biología: análisis genéticos realizados sobre restos atribuidos al almirante y a familiares. En España, el debate ha vuelto a encenderse con titulares que descartan el origen italiano o portugués y colocan el foco en la península ibérica, en un giro que, si se confirma en publicaciones científicas, reescribiría una de las biografías más discutidas de la historia moderna.

La investigación se vincula al proyecto coordinado por la Universidad de Granada y liderado por el médico forense José Antonio Lorente, reactivado en su fase final con nuevas pruebas de ADN sobre muestras óseas custodiadas y comparadas con material de su entorno familiar, un planteamiento clásico en identificación genética: no basta con "tener ADN", hay que ver si encaja con parentescos plausibles. El trabajo se popularizó a través del documental de RTVE Colón ADN. Su verdadero origen, que presenta el estudio como el cierre de más de dos décadas de pesquisas y sitúa el nacimiento de Colón en el Mediterráneo occidental.

Una hipótesis que busca encaje biológico

Lo más llamativo es el tipo de conclusión que se sugiere: no una localidad con coordenadas, sino una compatibilidad con un origen hispano-mediterráneo ligado a territorios de la Corona de Aragón —hoy España—, con hipótesis que apuntan a zonas como Valencia, Cataluña o Baleares. En paralelo, algunas piezas del relato insisten en que los marcadores observados serían compatibles con ascendencia judía sefardí, un matiz que se ha usado para explicar por qué Colón pudo "cuidar" tanto su identidad pública en una época de persecución y conversiones forzadas.

Ahora bien, cuando la genética entra en la historia, también entran sus límites: el ADN antiguo suele llegar fragmentado y dañado, con lesiones químicas típicas —como la desaminación de citosinas— que obligan a filtrar, replicar y validar con protocolos estrictos para distinguir señal real de ruido o contaminación moderna. En otras palabras: que exista un resultado "compatible" no significa automáticamente que sea único, definitivo o fácil de reproducir; por eso la comunidad lleva años insistiendo en criterios de autenticidad y controles duros antes de convertir una secuencia en una verdad histórica.

El choque entre ciencia y comunicación

Ese es, precisamente, el punto donde asoma la polémica: parte de las críticas no van tanto contra la idea de analizar ADN, sino contra cómo se comunica. Varios especialistas han cuestionado que conclusiones tan delicadas se presenten primero en formato televisivo, sin un artículo revisado por pares y sin el nivel de detalle metodológico que permita a otros laboratorios evaluar la solidez del parentesco, los marcadores usados o la interpretación poblacional. El propio debate público ha recogido esas dudas y ha pedido prudencia antes de firmar un "caso cerrado".