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El 'Mar de Aragón' que construyó Franco: 79 metros de altura y 110 km de longitud que contienen las aguas del Ebro

La discusión técnica ahora ya no es si construir o no la presa, sino cómo explotar y mantener un sistema envejecido, compatible con los objetivos actuales de transición energética.

El llamado ‘Mar de Aragón’ no es un apodo caprichoso: el embalse de Mequinenza transformó en los años sesenta la geografía del bajo Ebro al inundar más de 7.500 hectáreas y generar una lámina de agua continua que se estira río arriba durante casi 110 kilómetros. Detrás de esa imagen de "costa interior" hay cifras que ayudan a dimensionar la obra: una capacidad total en torno a 1.530 hm³, anchura media de unos 600 metros y profundidades máximas que superan los 60 metros, parámetros que lo sitúan como el mayor embalse de Aragón y uno de los mayores de la cuenca del Ebro.

Tanto la ficha técnica como las guías territoriales coinciden en esos rangos, y añaden un dato llamativo para el turismo: más de 500 kilómetros de orillas practicables, un recurso que ha reorientado la economía local hacia la pesca deportiva y los deportes náuticos.

En el núcleo de esa transformación está la presa de Mequinenza, una estructura de gravedad en hormigón con 79 metros de altura desde cimientos y 461 metros de longitud de coronación. El dato de la cota de la cresta (124 m s.n.m.) y el aliviadero con compuertas (capacidad teórica de hasta 11.000 m³/s) remiten a una ingeniería pensada tanto para producir electricidad como para gestionar avenidas en el tramo bajo del Ebro. La Sociedad Española de Presas y Embalses y la documentación técnica de la obra sitúan esos valores dentro de los estándares de las grandes presas españolas de la época, donde primaba la robustez del cuerpo de presa y la sencillez operativa de los órganos de desagüe.

De ENHER a Endesa: cronología y obra

Aunque se asocia al franquismo por su cronología y por la política hidráulica impulsada entonces, la tramitación y ejecución de Mequinenza tiene una firma concreta: ENHER, la Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana, a la que el Instituto Nacional de Industria encomendó en 1955 la construcción de dos grandes cierres en cadena (Mequinenza y, aguas abajo, Ribarroja). Las obras arrancaron en 1957; la central hidroeléctrica empezó a operar en 1964, el llenado del embalse se inició en diciembre de 1965 y la puesta en servicio plena llegó en 1966. Décadas más tarde, ENHER sería absorbida por Endesa, que modernizó el equipamiento entre 2007 y 2010. La secuencia temporal y societaria aparece detallada en las crónicas históricas y en la bibliografía técnica sobre la presa.

En términos energéticos, Mequinenza aporta una potencia instalada del orden de 384 MW, con cuatro turbinas Francis que sustituyeron a los equipos originales de 81 MW tras su repotenciación. Este bloque es una pieza mayor dentro de la cadena hidroeléctrica del Ebro medio —complementado por Ribarroja, apenas 35 kilómetros aguas abajo—, lo que permite una gestión escalonada de caudales y una cierta capacidad de laminación de crecidas. La propia Confederación Hidrográfica del Ebro ha aprovechado esta infraestructura para maniobras de "crecidas controladas" destinadas al transporte de sedimentos, una estrategia de gestión fluvial que se ha aplicado en los últimos años para mejorar la morfodinámica del río.

Turismo, costes ambientales y usos

El impacto territorial ha sido profundo y ambivalente. En el lado positivo, el "Mar de Aragón" consolidó un polo de turismo náutico y de pesca —con especial tirón entre aficionados europeos— y atenuó el régimen de estiajes en el tramo bajo, suavizando además el microclima de su entorno inmediato. En el reverso, la inundación de antiguas huertas y vegas, la fragmentación longitudinal del río y el atrapamiento de sedimentos ilustran los costes ambientales de una hidráulica concebida en clave productivista. La literatura divulgativa y técnica sobre el embalse recoge tanto el impulso económico en localidades como Caspe, Chiprana o Mequinenza como las dificultades de gestión en colas y afluentes, que han obligado a programas específicos de seguimiento y a actuaciones puntuales para compatibilizar usos.

Que el ‘Mar de Aragón’ "contenga las aguas del Ebro" no es solo una metáfora: esos 79 metros de hormigón sostienen una reserva estratégica cuya longitud se aproxima a los 110 kilómetros en niveles altos —una cifra que ayuda a entender por qué la gente habla de "mar" y no solo de "pantano"—. Más de medio siglo después, la discusión técnica ya no es si construir o no la presa, sino cómo explotar y mantener un sistema envejecido, compatible con los objetivos actuales de transición energética, biodiversidad fluvial y adaptación al clima. En esa agenda, datos como el volumen útil, la cota normal de operación (en torno a 121 m) y la coordinación con el resto de embalses del eje Ebro siguen siendo claves para equilibrar seguridad, energía y ecosistemas en una infraestructura que definió una época y aún vertebra el territorio.