Hay actores que construyen una carrera. Y luego está Denzel Washington, que ha levantado una biografía cinematográfica que dialoga con la historia reciente de Estados Unidos. Dos veces ganador del Oscar -mejor actor de reparto por Tiempos de gloria (1989) y mejor actor protagonista por Training Day (2001)-, Washington ha encarnado a activistas, boxeadores, policías corruptos, líderes políticos y padres rotos con una intensidad que rara vez admite término medio.
Malcolm X (1992), bajo la dirección de Spike Lee; Huracán Carter (1999), donde dio vida al púgil Rubin Carter; Fences (2016), adaptación de August Wilson que él mismo dirigió; o la reciente Gladiator 2 (2024), lo han mantenido en la primera línea durante más de cuatro décadas.
En 2020, The New York Times lo situó como el mejor actor del siglo XXI en una votación de críticos y creadores culturales, un reconocimiento simbólico que consolidaba algo que la taquilla ya sugería: sus películas han superado los miles de millones de dólares en recaudación mundial, según datos de Box Office Mojo. Pero reducir a Washington a cifras sería simplificarlo. Su figura pública siempre ha estado atravesada por una dimensión moral y espiritual poco habitual en Hollywood.
Denzel Washington (71) deja una reflexión contundente: "Si pides que llueva, asume que tendrás que pisar el barro"
De ahí que una de sus frases más citadas conserve tanta vigencia: "Si rezas para que llueva, también tienes que lidiar con el barro. Es parte del proceso". La cita, recogida en distintos foros y entrevistas y difundida por medios como The Economic Times, resume una ética del esfuerzo que conecta con sus propios orígenes. Nacido en 1954 en Mount Vernon (Nueva York), hijo de un ministro pentecostal y de una empresaria propietaria de un salón de belleza, Washington creció entre la disciplina religiosa y la cultura del trabajo. Estudió en Fordham University antes de formarse como actor en el American Conservatory Theater de San Francisco.
Casado desde 1983 con Pauletta Pearson -a quien conoció rodando la película Wilma-, es padre de cuatro hijos, entre ellos John David Washington, también actor. En entrevistas recientes, el propio Denzel ha reconocido haber atravesado etapas de excesos y haber replanteado su relación con el alcohol, insistiendo en la importancia de la fe y la familia como anclajes personales.
Quizá por eso su sentencia sobre la lluvia y el barro no suena a eslogan motivacional, sino a advertencia. En su trayectoria, el éxito nunca aparece separado del sacrificio. Y esa coherencia -entre discurso y vida- es, probablemente, lo que lo ha convertido en algo más que una estrella: en una referencia cultural con peso propio.