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China construye un mega parque solar de 16–17 GW para tener energía limpia y de rebote terraforma 64 km² en un desierto

Los megaproyectos solares en zonas áridas no solo desplazan emisiones al sustituir fósiles; también pueden reordenar a pequeña escala energía, agua y vida en superficie.

En la meseta de Qinghai, en China, en el altiplano tibetano, un parque fotovoltaico ha funcionado —sin proponérselo— como un pequeño "modificador" del desierto: bajo las hileras de paneles, el suelo retiene algo más de humedad, aparece más cobertura vegetal y cambian indicadores ligados a la vida microbiana. No es magia verde, sino microclima: sombra intermitente, menos calentamiento directo del suelo y, por tanto, menos evaporación en un entorno donde el agua es el cuello de botella.

La clave es que no hablamos de una impresión subjetiva o de cuatro fotos bonitas. El trabajo (open access) publicado en Scientific Reports construye una evaluación cuantitativa con el marco DPSIR (Driving–Pressure–Status–Impact–Response) y una batería grande de indicadores para comparar tres zonas: el área operativa del parque (on-site), una zona de transición y un área externa de control. El resultado global sitúa el área operativa en una categoría "general" con puntuación 0,439, mientras transición (0,286) y exterior (0,28) quedan como "poor", dejando claro que el "efecto oasis" es local y no se derrama por arte de ciencia sobre todo el paisaje.

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Qué se mide y dónde

Un matiz importante: el estudio se centra en el Qinghai Gonghe Photovoltaic Park y describe una planta de 1.000 MW (1 GW) cuya construcción arrancó en 2012 y se completó en 2015. Es decir, es perfectamente compatible con que el complejo regional (Talatan/Gonghe) sume varios gigavatios, pero la evidencia "con regla y compás" aquí se calcula sobre un parque concreto dentro de ese despliegue mayor.

¿De dónde sale el cambio biológico? Los autores describen diferencias coherentes con lo que cabría esperar bajo paneles: mediciones de clima y suelo (temperatura, humedad relativa, humedad del suelo, conductividad…), muestreos de vegetación y análisis de comunidades microbianas, con estaciones meteorológicas y campañas de muestreo entre 2019 y 2020. En su diseño, también separan tipos de instalación (fija, semirrastreo y rastreo) y comparan posiciones dentro y fuera del campo solar, justo para evitar que todo quede reducido a "antes y después" sin controles.

Los límites del "efecto oasis"

Dicho esto, conviene bajar el suflé: el propio diagnóstico numérico marca límites. La mejora relativa en la zona operativa no convierte al desierto en pradera, y el contraste con transición/exterior sugiere que la planificación del borde (cómo se gestiona el perímetro, el suelo y la conectividad ecológica) importa tanto como el parque en sí. Además, el trabajo insiste en que "hay margen de mejora" porque, incluso con el empujón local, las categorías no son "buenas" o "excelentes" sino "general" frente a "poor".