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Arrasó en taquilla con más de 400 millones de dólares y ahora busca repetir el fenómeno en streaming meses después de su estreno

La película de terror nacida de una de las leyendas de Internet ha superado los 400 millones de dólares en taquilla y ahora llega al streaming: 'Backrooms' también puede triunfar en casa.

Durante los últimos años, Internet se ha convertido en una auténtica escuela cinematográfica. Las plataformas de vídeo han permitido que una nueva generación de creadores experimente sin necesidad de contar con grandes presupuestos ni con el respaldo inicial de un estudio. Cortometrajes, vídeos y proyectos nacidos casi como un juego terminan funcionando, en algunos casos, como un escaparate para demostrar que detrás de una cámara hay algo más que entusiasmo. El fenómeno de Backrooms encaja perfectamente en esta transformación.

La película parte de un concepto nacido en Internet y desarrollado a través de relatos creepypasta y cortometrajes que ayudaron a construir el imaginario de las llamadas «backrooms»: espacios aparentemente normales, pero extrañamente vacíos y desprovistos de cualquier lógica reconocible. Su máximo exponente cinematográfico es Kane Parsons, que comenzó a explorar este universo siendo prácticamente un adolescente y que ahora, con apenas veinte años, se ha puesto al frente de una producción respaldada por A24.

Y ha arrasado con más de 400 millones de dólares de recaudación mundial. Ahora, después de su paso por las salas, la cinta protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve llega al streaming, donde puede verse en Filmin y HBO Max.

Backrooms arrasó en taquilla con más de 400 millones y ahora busca triunfar en streaming con una historia creepypasta

La historia sigue a un arquitecto divorciado y en horas bajas que intenta mantener a flote su negocio de muebles mientras acude regularmente a terapia. Todo cambia cuando una avería eléctrica en su establecimiento le lleva a descubrir algo que desafía las reglas de la realidad. Lo que parece una anomalía termina conduciéndole hasta un espacio que funciona bajo sus propias normas y cuya exploración acabará teniendo consecuencias mucho más inquietantes de lo esperado.

Parsons convierte ese planteamiento en un ejercicio de terror atmosférico que entiende perfectamente por qué las backrooms se hicieron virales. Hay algo profundamente incómodo en contemplar lugares cotidianos que, privados de personas y de su función habitual, empiezan a parecer amenazantes. El concepto es sencillo, pero permite hablar también de aislamiento, pérdida de referencias, descomposición social y de una realidad que parece repetirse hasta convertirse en una copia imperfecta de sí misma.

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El atractivo de la película reside principalmente en su concepto. Backrooms se presenta como una idea más efectiva que como una narrativa convencional. Su imaginario visual, asimilado a lo largo de años de reels, clips de TikTok y vídeos de YouTube, es considerablemente más impactante que el desarrollo de sus personajes principales, quienes a menudo no logran estar a la altura del universo que habitan. Es una lástima, pero a Parsons le queda algo grande la película. Algunas decisiones narrativas parecen priorizar el impacto inmediato sobre la construcción de una lógica interna coherente.

Pero seremos honestos, a pesar de estas limitaciones, palpables a lo largo y ancho del filme, es innegable el potencial de Parsons. Su capacidad visual es excepcional y demuestra una habilidad poco común para transformar una premisa originada en Internet en imágenes cinematográficas reconocibles. Si bien aún le falta experiencia y una perspectiva más madura sobre el mundo que desea retratar, precisamente en estos aspectos reside la clave de su futuro éxito.

Backrooms constituye un caso particularmente relevante de cómo la cultura de Internet comienza a influir directamente en el cine comercial. Hollywood, al igual que con los fanfics, parece haber descubierto que un relato creepypasta, bien envuelto, puede ser un éxito de taquilla capaz de recaudar cientos de millones de dólares.