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Adiós a las baterías: científicos convierten algas comunes en componentes de hardware y hacen funcionar un procesador 365 días

El siguiente salto —y ahí está la carrera en 2024-2025— es convertir esta prueba de concepto en plataformas más previsibles, fabricables y seguras para entornos reales.

La idea suena a ciencia ficción, pero el experimento es sorprendentemente doméstico: una "batería" del tamaño aproximado de una AA, con agua, luz ambiental y una colonia viva de cianobacterias (las llamadas algas verdeazules), mantuvo con energía a un microprocesador durante meses y, en condiciones controladas, superó la barrera del año de funcionamiento continuo. No hablamos de un ordenador de sobremesa, sino de un chip ultrafrugal de la familia Arm pensado para tareas sencillas, del tipo que mueve sensores y dispositivos del Internet de las Cosas.

El trabajo lo firma un equipo liderado por University of Cambridge y está publicado en Energy & Environmental Science (DOI: 10.1039/D2EE00233G). Su "truco" es aprovechar la fotosíntesis de Synechocystis sp. PCC 6803, una especie muy estudiada por su robustez: capta luz, fabrica energía química y, en este montaje, parte de ese flujo de electrones termina traduciéndose en una corriente minúscula pero estable. Esa electricidad se recoge con electrodos (en el artículo se describe un ánodo de aluminio, entre otros materiales comunes y en gran parte reciclables) y se acondiciona para alimentar el chip.

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Microvatios que valen oro en el Internet de las Cosas

La clave periodística está en el "cómo" y en el "cuánto": el sistema no compite con una batería o un panel solar en potencia, pero sí enseña que un generador biológico puede sostener cargas extremadamente bajas de manera persistente, incluso con ciclos de luz y oscuridad propios de una habitación. El microprocesador empleado (mencionado en varias coberturas técnicas como un Arm Cortex-M0+) es representativo del ecosistema IoT: no necesita mucho para vivir, y eso abre la puerta a usar energía "de goteo" allí donde cambiar pilas sea caro o imposible.

En 2026, lo "actualizado" no es tanto un producto final como el estado de madurez científica: el artículo acumula ya un volumen notable de citas en la literatura, señal de que el campo lo está usando como referencia para mejorar rendimiento, estabilidad y mecanismos de transferencia electrónica. En paralelo, han ido apareciendo revisiones y trabajos que diseccionan el cuello de botella de estas bioceldas fotovoltaicas: la ruta de los electrones, las pérdidas por reacciones competidoras y el papel de mediadores químicos o diseños de electrodo para aumentar la corriente sin matar a los microorganismos.

El cuello de botella: extraer electrones sin "matar" la célula

Ese es el punto donde el hallazgo se vuelve más interesante (y más honesto): hoy por hoy, este tipo de biophotovoltaics sirve para alimentar sensores de baja demanda, sistemas de medición o electrónica de "ritmo lento", no para cargas medias o altas. Pero la investigación reciente está empujando varias palancas a la vez —materiales porosos/translúcidos, arquitecturas que aumentan el área efectiva del electrodo, y estrategias para extraer electrones de forma más eficiente— con el objetivo de subir la densidad de potencia sin perder la gran ventaja de estos organismos: su capacidad de autorrepararse y seguir funcionando mientras haya luz y agua.

No se trata de enchufar la informática a un acuario, sino de diseñar electrónica que acepte vivir con microvatios y, a cambio, ganar autonomía casi indefinida con un sistema renovable y de bajo mantenimiento.