Super Mario Galaxy: La película no es una mala secuela. Funciona, entretiene y tiene suficiente energía como para sostenerse con soltura de principio a fin. Su problema, sin embargo, está en un lugar más delicado y probablemente más difícil de corregir: transmite la sensación de ser una continuación demasiado consciente de aquello que convirtió a la primera en un fenómeno. Todo aquí es más grande, más luminoso, más acelerado y, sobre todo, más poblado de personajes, pero no necesariamente más inspirado, justo en el terreno donde Super Mario Bros.: La película encontraba buena parte de su encanto. Allí había una mirada de descubrimiento, una cierta frescura visual y narrativa; aquí, en cambio, predomina la lógica de la expansión, la autorreferencia y la construcción de universo, con la vista puesta en futuras entregas. El resultado es eficaz, sí, pero también algo menos singular.
Su virtud más evidente está en la puesta en escena. Con un metraje ajustado para una producción de esta escala y una vocación clarísima de gran espectáculo familiar, es una película que entra fácil, ligera en el mejor sentido, casi siempre dinámica, convertida en una sucesión de mundos, chistes, estímulos visuales y guiños pensados para que la experiencia no decaiga. Será un éxito, claro, no hay discusión posible porque Illumination y Nintendo dominan con enorme precisión un tipo de cine animado industrial que sabe cómo mantener la atención, cómo dosificar el ritmo y cómo hacer que niños y adultos permanezcan dentro del juego sin apenas resistencia.
Más grande, más ágil y también menos sorprendente
Pero esa misma ligereza también revela sus límites y costuras. La impresión final es la de una película muy funcional antes que verdaderamente memorable. Fox McCloud y Yoshi amplían el tablero de juego y refuerzan la sensación de evento y ampliación,, pero su sola presencia no basta para convertir esta secuela en algo realmente perdurable.
Ahí asoma su principal debilidad: hay más referencias, pero menos descubrimientos. Jack Black ya había adelantado hace meses que la cinta venía cargada de huevos de pascua y de recompensas para los fans del universo Galaxy. Sobre el papel, eso parece una virtud y suena bien sobre papel. En la práctica, también pone en evidencia una trampa muy habitual en el cine de franquicias contemporáneo: confundir la complicidad con el espectador iniciado con un verdadero golpe de inventiva capaz de imponerse por sí mismo.
Un guiño puede funcionar en el momento, incluso despertar entusiasmo, pero un momento icónico pertenece a otra categoría. Se incrusta en la cinta, la define y la sobrevive. Y en ese sentido sigue siendo inevitable recordar hasta qué punto aquel "Peaches, peaches, peaches" terminó apropiándose del imaginario de la primera.
Lo cierto es que Jack Black fue una de las grandes bazas de la entrega anterior porque convirtió a Bowser en algo más que un antagonista funcional: lo volvió excéntrico, imprevisible, ridículo en el mejor sentido y, por momentos, incluso entrañable. Aquí se percibe el deseo de no repetir la maniobra, una decisión comprensible si se quería evitar el simple calco.
El problema es que, al tomar distancia de aquella fórmula, la película parece renunciar también a encontrar un equivalente cómico o sentimental que devuelva al personaje ese relieve especial. Bowser conserva presencia y sigue siendo disfrutable, pero ya no irrumpe como esa fuerza desatada que parecía desbordar la pantalla.
Fox McCloud apunta al futuro, pero también delata la estrategia de Nintendo
Donde sí se intuye un potencial enorme es en Fox McCloud. Su incorporación ha sido, sin demasiada discusión, uno de los grandes focos de conversación alrededor de la película en los últimos días. Glen Powell, en la versión original, aporta carisma, seguridad y una personalidad que confirma lo que muchos fans intuían: hay ahí un personaje y un universo con entidad suficiente como para reclamar su propio spin-off. Ahora bien, también conviene señalar que Nintendo y Universal han cometido probablemente uno de los movimientos promocionales más discutibles de toda la campaña: enseñar demasiado y hacerlo demasiado pronto.
Fox podría haber sido una irrupción de auténtico impacto en sala, uno de esos momentos que se descubren con el público y se convierten en algo que comentar con ilusión después de la proyección. Pero la lógica industrial actual, tan dominada por el spoiler preventivo, la filtración y el miedo a perder el control del relato en redes, parece haber empujado al estudio a sacrificar parte del efecto sorpresa. Aun así, personajes inesperados, 'haberlos, haylos'.
Ese gesto promocional deja además una duda razonable. Cuando una superproducción decide exhibir una de sus cartas más fuertes antes del estreno, resulta legítimo preguntarse hasta qué punto confía en su propia capacidad para asombrar sin ayuda exterior. La primera película de Mario tenía algo que esta posee en menor medida: la sensación de estar inventando sus mejores momentos delante del espectador.
Esta secuela parece más pendiente de ordenar piezas, de subrayar referencias y de preparar el terreno para lo que vendrá que de apurar cada escena hasta convertirla en una imagen inolvidable. Y ahí aparece un riesgo muy reconocible en el gran cine de franquicia contemporáneo: que la película acabe funcionando más como promesa de futuro que como obra con plenitud propia.
Con todo, sería injusto describirla como una decepción sin matices. Es, más bien, una secuela muy disfrutable, amable con su público, técnicamente sólida y con suficiente nervio como para que la sesión pase con una ligereza agradecida. Eso tiene mérito. Pero no equivale necesariamente a reencontrar esa combinación de sorpresa, frescura y precisión que hacía que la primera superara la condición de adaptación competente.
Super Mario Galaxy: La película parece diseñada para gustar, para expandir marca y para abrir puertas a nuevas entregas que, a estas alturas, se adivinan inevitables. Lo que le cuesta más encontrar es una voz propia comparable a la de su predecesora y una consistencia narrativa que le permita dejar una huella parecida.
Estamos, en definitiva, ante una continuación vistosa, ágil y perfectamente consciente del tipo de público al que se dirige, pero también más continuista de lo deseable. Tiene músculo visual, tiene ritmo y tiene porvenir, sobre todo si Fox termina siendo la clave hacia algo más ambicioso y menos encorsetado por los límites del puro universo Super Mario.
Lo que parece haber perdido por el camino es precisamente el factor sorpresa, esa frescura que convirtió la primera entrega en algo más que un producto bien calibrado. Entretiene, sí, y con bastante solvencia, pero también deja la impresión de que, con semejante despliegue de mundos, personajes y posibilidades, podía haber aspirado a bastante más que a ser un colorido y muy eficaz pasatiempo galáctico.