China y Argentina han dado un paso histórico en el comercio de la soja: tras años de negociaciones técnicas y exigentes certificaciones sanitarias, Pekín permitirá la importación efectiva de harina de soja argentina, un producto destinado principalmente a la alimentación animal y del que China es el mayor consumidor mundial. El primer embarque, previsto para 2025, alcanzará unas 30.000 toneladas y será procesado por empresas chinas, consolidando un vínculo comercial largamente esperado.
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Se trata de la primera operación registrada desde que, en 2019, China abrió la puerta a la importación de harina de soja desde Argentina. Hasta entonces, el gigante asiático solo adquiría la soja en grano para triturarla localmente, dejando a los productores argentinos fuera de la cadena de valor y obligando al país sudamericano a competir en condiciones desiguales. Ahora, con este permiso, Argentina se sitúa como proveedor directo, con un producto de mayor valor agregado.
La entrada al mercado chino también tiene implicaciones geopolíticas: coloca a Argentina en competencia directa con Estados Unidos, líder histórico en derivados de soja. Las tensiones comerciales entre Pekín y Washington han empujado a China a diversificar sus fuentes de suministro, abriendo una ventana de oportunidad para los exportadores argentinos. No solo se trata de ventas, sino de consolidar la imagen del país como productor capaz de entregar bienes procesados, con efectos positivos sobre el empleo y la industria local.
El impacto también se siente a nivel regional: la zona del Gran Rosario, corazón del complejo agroindustrial argentino, se reafirma como actor clave en el comercio global de proteínas vegetales. Para Argentina, no es solo un acuerdo comercial: es una señal de que su agroindustria puede competir en los mercados más exigentes del planeta y generar beneficios que van más allá del grano.