En muchos rincones del campo, lejos del ruido de los laboratorios y de las soluciones tecnológicas de catálogo, los burros están recuperando un protagonismo inesperado. Allí donde durante años se levantaron vallas cada vez más altas, se invirtió en perros guardianes caros o se multiplicaron los sistemas disuasorios, algunos ganaderos han descubierto que un animal sencillo puede ofrecer algo difícil de replicar: presencia constante, vigilancia real y una reacción inmediata ante la amenaza.
La lógica es casi primitiva, herencia de tiempos pasados, y precisamente por eso funciona. El burro se integra en el rebaño, reconoce lo que pertenece al territorio y lo que no, y responde con un comportamiento que no necesita adiestramiento complejo. Cuando detecta a un intruso, lanza un rebuzno potente, avanza sin titubeos y, si es necesario, persigue y golpea con sus cascos. No actúa por obediencia ni por agresividad aprendida, sino por un instinto territorial muy marcado.
El inesperado héroe de las granjas: burros longevos y baratos que mantienen a raya a los depredadores
Ese rasgo explica por qué su eficacia se concentra frente a animales como los coyotes, zorros o lobos, siendo estos dos últimos, muy habituales en determinadas zonas de España. Para el burro, un cánido no es un depredador abstracto, sino una invasión directa. La respuesta no busca cazar ni exterminar, sino expulsar. En la práctica, el burro funciona como una alarma viva: avisa al ganadero, frena el avance del atacante y gana un tiempo precioso sin que nadie tenga que pasar la noche en vela vigilando el pasto.
El alcance de esta protección también tiene una serie de límites claros y evidentes. Un solo burro puede cuidar hasta unas doscientas ovejas o cabras siempre que el terreno sea abierto y con buena visibilidad. En praderas cerradas, con matorrales densos o desniveles, su principal ventaja -ver antes de ser visto- se diluye. En esos casos, vuelven a imponerse las soluciones tradicionales o la combinación de métodos, ya que muchos ganaderos optan por una combinación de herramientas clásicas y tecnológicas.
La selección del animal es otro factor clave. Las hembras suelen ser más fiables, mientras que los machos sin castrar pueden mostrar conductas imprevisibles. No se trata de improvisar, sino de entender qué tipo de guardián se necesita. A cambio, el coste es difícil de ignorar: comprar y mantener un burro resulta mucho más barato que sostener un perro especializado, y su esperanza de vida, que puede superar varias décadas, convierte esa inversión en un activo a largo plazo.
Lejos del tópico del animal torpe o testarudo, los estudios apuntan a una memoria sólida y una notable capacidad de aprendizaje. Quizá por eso el modelo se extendió con fuerza en lugares como Texas, donde las pérdidas por depredadores forzaron a buscar soluciones eficaces. En el campo, al final, manda una regla simple: no siempre gana lo más sofisticado o tecnológicamente superior, sino lo que funciona cuando cae la noche.