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En 1995, Estados Unidos liberó una manada de 14 lobos: 30 años después, el mayor santuario natural transforma todo su ecosistema
En ocasiones, recuperar una especie desaparecida puede tener consecuencias que van mucho más allá de su propia supervivencia. Eso es lo que ocurrió en el parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, donde la reintroducción de los lobos grises a mediados de los años noventa contribuyó a modificar el equilibrio de uno de los ecosistemas más conocidos del mundo.
Tres décadas después, aquella decisión sigue siendo un ejemplo de cómo la desaparición de un depredador puede alterar la naturaleza y de cómo su regreso puede ayudar a revertir parte de esos cambios.
La reintroducción de los lobos grises en 1995 desencadenó una transformación ecológica en Yellowstone
En enero de 1995, Yellowstone recibió 14 lobos grises después de aproximadamente 70 años sin esta especie. La iniciativa continuó en 1996 con otros 17 ejemplares. Durante las décadas anteriores, la ausencia de estos depredadores había favorecido la proliferación de grandes herbívoros, entre ellos los alces, que ejercían una presión considerable sobre la vegetación al alimentarse de árboles y otras plantas.
La vuelta de los lobos introdujo un nuevo factor en ese equilibrio natural tan delicado. En invierno, los alces constituyen alrededor del 90 % de las presas de estos depredadores en determinadas zonas del parque, mientras que los ciervos representan entre el 10 % y el 15 %, según los datos recogidos en la información original. La presencia de los lobos contribuyó a modificar tanto la cantidad de herbívoros como sus hábitos y sus desplazamientos.
La vegetación comenzó a recuperar terreno y los árboles encontraron nuevas oportunidades para crecer. Al evitar determinados valles y desfiladeros, donde resultaban más vulnerables a los ataques, los herbívoros dejaron algunas áreas menos expuestas al pastoreo. Según explica el medio Arizona Dream, en ciertos lugares el tamaño de los árboles llegó a multiplicarse por cinco en apenas seis años, lo que también favoreció la llegada de aves que encontraron allí espacios adecuados para anidar.
El efecto de los lobos también alcanzó a los ríos de Yellowstone. Con la recuperación de parte de la vegetación de ribera, las raíces ayudaron a sujetar el suelo y a reducir la erosión, algo vital para la estabilidad del santuario. De hecho, estos cambios pueden influir en la estabilidad de las orillas, la forma de los cauces y la aparición de pequeños remansos y pozas, que favorecen aún más la diversidad.
Conviene, eso sí, evitar una interpretación demasiado sencilla. La recuperación de un ecosistema depende de numerosos factores, tanto externos como internos, y no todos los cambios observados pueden atribuirse exclusivamente a los lobos, pese a que su regresó contribuyó a recuperar numerosas interacciones ecológicas que habían desaparecido durante décadas.
Lo ocurrido en Yellowstone demuestra que los grandes depredadores no solo influyen en las poblaciones de otros animales, sino también en el funcionamiento del entorno que comparten. Sí, la introducción de los lobos no solucionó todos los problemas del parque, pero ayudó a entender hasta qué punto la desaparición de una sola especie puede acabar cambiando todo un ecosistema.