Un trabajo internacional liderado por el Potsdam Institute for Climate Impact Research pone números a un problema que en muchos lugares ya se vive como intuición diaria: el clima está estrechando el "margen de maniobra" de la ganadería extensiva basada en pastos. El equipo ha definido lo que llama un "espacio climático seguro" para el pastoreo de vacas, ovejas y cabras y, con ese marco, proyecta que entre un 36% y un 50% de las áreas hoy aptas podrían perder viabilidad climática de aquí a 2100, según el escenario de emisiones.
La idea es sencilla pero potente: estos sistemas —que ocupan enormes extensiones del planeta y sostienen a comunidades pastoriles— funcionan dentro de ciertos rangos combinados de temperatura, lluvia, humedad y viento. En el estudio, esos rangos se concretan con cifras: temperaturas aproximadas entre −3 y 29 °C, precipitaciones anuales entre 50 y 2.627 mm, humedad relativa entre el 39% y el 67%, y vientos medios de 1 a 6 m/s. Cuando el calentamiento desplaza esas "ventanas", no hace falta que desaparezca el pasto de un día para otro: basta con que aumenten el estrés térmico, las sequías o la variabilidad para que el sistema deje de ser fiable.
Un mapa climático que se encoge
El golpe, además, no sería homogéneo. El trabajo señala a África como un punto crítico: parte del continente ya está cerca del extremo cálido de ese "espacio seguro", así que un pequeño empujón térmico puede traducirse en grandes pérdidas de aptitud para el pastoreo. La investigación plantea que, a medida que suben las temperaturas, las franjas climáticas favorables tenderían a desplazarse hacia el sur; pero la geografía impone un límite físico: llega un momento en que esa franja "se cae" al océano y ya no hay más continente al que migrar.
Detrás de la cartografía hay una dimensión humana enorme: el propio análisis cifra el alcance potencial en más de 100 millones de pastores y hasta 1.600 millones de animales dependientes de estos sistemas de pastizal. No es solo una cuestión de producción: es seguridad alimentaria, ingresos, movilidad, conflictos por recursos y, en muchos países, el tejido social que hace de colchón cuando falla el Estado o el mercado. Y aquí el diagnóstico encaja con la literatura climática sobre riesgos para la seguridad alimentaria: la vulnerabilidad no depende solo del clima, también del acceso a recursos, de la estabilidad y de la capacidad de adaptación.
Adaptación forzada y límites físicos
Un detalle interesante es cómo el estudio "discute" con algunas respuestas clásicas. Cambiar de especie, mover rebaños o ajustar calendarios ha sido durante siglos el manual de supervivencia pastoral. El problema, sugieren los autores, es la escala del desplazamiento proyectado: si el espacio climático se contrae y se mueve a la vez, adaptarse se parece menos a "ajustar" y más a reconfigurar economías enteras. En esa lectura, reducir emisiones no aparece como un eslogan, sino como la manera más directa de evitar que el tablero se encoja hasta el punto de hacer inviables estrategias que antes funcionaban.