En el Reino Unido hay un cosplay que se está viendo como auténtico horror y no por la temática de la peli. De hecho, varios británicos han aprovechado las redes para pedir que en Estados Unidos dejen de disfrazarse de los "Jimmies", la secta que aparece en 28 años después: el templo de huesos. El detonante es que en parte del público de Norteamérica se está viendo gente yendo al cine con chándales chillones, pelucas rubias y joyería exagerada, calcando el look del grupo como si fuera un gag inocente de fandom.
El problema es que, en el contexto británico, ese código visual no es aleatorio o solo de la película. La cinta (dirigida por Danny Boyle y escrita por Alex Garland) remata con la aparición de "Sir Jimmy Crystal", interpretado por Jack O'Connell, y el paralelismo con Jimmy Savile es deliberado: un icono pop convertido en máscara inquietante dentro de una Gran Bretaña ficticia donde la verdad sobre él nunca llegó a estallar públicamente.
Cuando el cosplay toca una herida real
Ahí encaja la reacción británica: no es "puritanismo" anti-cosplay, sino memoria cultural. Jimmy Savile fue durante décadas una celebridad televisiva y filantrópica; tras su muerte, múltiples investigaciones y revisiones institucionales documentaron abusos y fallos de salvaguarda en entornos donde tenía acceso y poder simbólico. Entre los materiales oficiales, el Gobierno británico recopiló informes e investigaciones del NHS sobre su relación con hospitales y las lecciones extraídas.
Por eso el salto de un país a otro cambia tanto el significado del disfraz. En Reino Unido, el "uniforme" de los Jimmies se lee como una parodia venenosa de la fama impune; en parte del público estadounidense o canadiense, se está colando como estética postapocalíptica "resultona" sin el pie de página moral. En esa grieta cultural nace la incomodidad: el riesgo de blanquear (sin querer o queriendo) la imagen asociada a un depredador real, y de empujar a supervivientes a ver su trauma convertido en meme.
Una estética que viaja sin su historia
A Savile se le acusó —tras salir a la luz numerosos testimonios después de su muerte— de abusos sexuales y agresiones cometidos durante décadas, con víctimas que incluían menores (y también adultos), en contextos donde su fama y acceso le facilitaban acercarse a ellas: instalaciones de la BBC, hospitales del NHS y otros entornos. Investigaciones policiales y un informe conjunto de la Metropolitan Police y la NSPCC recopilaron cientos de alegaciones y describieron un patrón reiterado de conducta sexual abusiva prolongada en el tiempo.