La arqueología genética ha confirmado lo que durante décadas fue una sospecha difícil de probar: el salto a la ganadería y a la agricultura intensiva desató las primeras grandes epidemias de la historia humana. Un macroestudio publicado en Nature por la Universidad de Copenhague, basado en el análisis de ADN antiguo de más de 1.300 restos humanos de hasta 37.000 años, ha permitido trazar un mapa detallado de patógenos a lo largo de la prehistoria y localizar el momento en que todo cambió: hace unos 6.500 años, en plena revolución neolítica.
El trabajo representa un viaje molecular al pasado que abarca desde cazadores-recolectores del Paleolítico hasta las primeras sociedades históricas. Los investigadores lograron identificar las huellas de enfermedades como la peste bubónica, la lepra, la malaria, la hepatitis B o la fiebre recurrente transmitida por piojos. Aunque algunos de estos patógenos ya existían de forma aislada, los resultados revelan que los brotes se intensificaron de manera drástica justo cuando el ser humano comenzó a convivir estrechamente con animales domesticados.
El impacto del Neolítico
El hallazgo más contundente es la aparición de patógenos zoonóticos —aquellos que saltan de animales a humanos— a partir de hace 6.500 años. Ese periodo coincide con la domesticación de ganado, ovejas y cabras, y con la consolidación de aldeas agrícolas estables. El pico de propagación se produjo unos 1.500 años después, coincidiendo con las grandes migraciones de los pastores de la estepa euroasiática, que expandieron tanto sus rebaños como las infecciones asociadas a ellos. Según los autores, estas oleadas de enfermedades no fueron episodios aislados, sino auténticos motores de cambio social y demográfico.
Entre los hallazgos más llamativos destaca la detección de Yersinia pestis en restos de entre 5.700 y 5.300 años en Rusia, Asia Central y la región del lago Baikal, adelantando en siglos las primeras evidencias conocidas de la peste. También se identificaron coinfecciones sorprendentes, como la de un cazador-recolector de hace 11.300 años que albergaba simultáneamente difteria y Helicobacter pylori. Estos datos demuestran que las enfermedades circulaban mucho antes de la agricultura, pero fue el cambio de estilo de vida lo que multiplicó la frecuencia y la letalidad de los brotes.
Cómo se reconstruyó la historia
El reto metodológico fue diferenciar entre restos originales y contaminaciones modernas. Para lograrlo, los científicos aplicaron espectrometría de masas y técnicas avanzadas de secuenciación, que permitieron reconstruir fragmentos genómicos y separar señales auténticas de ruido ambiental. Según Martin Sikora, coautor del estudio, "la clave no fue analizar un patógeno concreto, sino evaluar patrones temporales en un gran número de individuos". Esa aproximación estadística permitió consolidar una hipótesis que hasta ahora carecía de pruebas directas.
Los expertos consideran este estudio como un hito para comprender el papel de las enfermedades en la historia. Carles Lalueza-Fox, genetista del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, subraya que las pandemias deben entenderse no solo como tragedias, sino como "fuerzas evolutivas que moldearon nuestro genoma y aceleraron transformaciones sociales y políticas". En otras palabras, somos hijos del Neolítico no solo porque inventamos la agricultura, sino porque heredamos también el legado invisible de sus plagas.