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Ni Kevin Feige ni James Cameron: el CGI de las películas y series se ve cada vez peor y la culpa es del público

Nunca ha habido mejores tecnologías y sin embargo, los efectos en las películas cada vez se ven peor.

Lo paradójico de la crisis del CGI es que no nace de una falta de tecnología, sino de una mezcla explosiva de calendario, volumen de planos y expectativas: hoy se ruedan franquicias y "event movies" que llegan a postproducción con miles de tomas por terminar, mientras marketing exige tráilers "cerrados" cuando el trabajo aún está a medias. En ese choque, la imagen se vuelve más uniforme, más "plástico digital", aunque el software sea mejor que nunca.

La comparación duele porque el listón de hace 15 años sigue siendo altísimo. Cuando James Cameron estrenó Avatar, la película no solo exhibía músculo técnico: tenía detrás una planificación y un tiempo de ajuste que hoy se ha vuelto un lujo. Y algo parecido ocurre con Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto: la integración de Davy Jones funcionaba porque, además de talento, había margen para iterar y pulir sin convertir cada plano en una carrera contra el reloj.

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La escalada de planos y la presión invisible

El gran cambio es cuantitativo. Donde antes un blockbuster podía permitirse que los efectos fueran "momentos", ahora los efectos son el tejido conectivo de casi todo: entornos, dobles digitales, agua, extensiones, borrados, iluminación y compositing en capas. En números, la escalada es fácil de ilustrar: producciones actuales pueden moverse entre 1.500, 2.000 o más de 3.000 planos de VFX, y esa presión se nota incluso cuando el resultado final es competente.

La industria además se ha empujado a sí misma a una economía de subasta: estudios piden a varias casas de efectos que compitan por precio y rapidez, y el contrato termina cayendo en quien promete hacerlo antes y más barato. Eso suele implicar jornadas largas, cambios de última hora y menos control creativo, porque el margen de beneficio es pequeño y el riesgo se desplaza a los proveedores. La consecuencia visual es bastante concreta: menos tiempo para refinar simulaciones, texturas y compuestos, y más tendencia a soluciones "seguras" que se repiten plano a plano.

Cuando el sistema se rompe y el público aprieta

Cuando ese sistema se tensa, aparecen los casos que se vuelven símbolo. La quiebra de Rhythm & Hues Studios alrededor del lanzamiento de Life of Pi se citó durante años como ejemplo de cómo un trabajo premiado no garantiza sostenibilidad si los contratos están mal planteados. Y algo similar ocurrió con el ruido industrial alrededor de Moving Picture Company y su sede de Vancouver tras el rediseño de la película de Sonic, un recordatorio de que rehacer cientos de planos tarde y con el calendario bloqueado se paga con calidad… o con desgaste.

Y sí, ahí entramos nosotros: el público. Hemos normalizado que todo sea "posible" en pantalla y además "perfecto", y castigamos lo que no encaja con el estándar del momento, aunque sea una alternativa más tangible (maquillaje, miniaturas, animatrónica) o un acabado distinto. Esa demanda constante —más planos, más rápido, más "limpio"— empuja a que el cine se parezca a sí mismo. El resultado no es que el CGI sea peor por definición, sino que cada vez se fabrica en condiciones menos favorables para que sea invisible, que es cuando de verdad se nota como "bueno".