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Los psicólogos coinciden: mantener el aire acondicionado por debajo de los 26 °C ayuda a prevenir agresividad y depresión

Cuando el calor se acumula dentro de la vivienda, el organismo pierde eficacia para eliminar la temperatura corporal y entra en un estado de estrés fisiológico continuo.

Las olas de calor ya no representan un problema únicamente cuando salimos a la calle. Cada vez más investigaciones centran su atención en un escenario mucho menos evidente: el interior de las viviendas. Aunque el sol desaparezca, muchas casas continúan acumulando calor durante horas y, cuando el dormitorio supera los 26 °C durante la noche, el cuerpo empieza a pagar un precio que va mucho más allá de la incomodidad.

No se trata de una cifra elegida al azar. Diversas autoridades sanitarias, entre ellas las canadienses, consideran que mantener la temperatura interior por debajo de ese umbral es una medida importante para proteger la salud, especialmente entre personas mayores, niños y pacientes con enfermedades crónicas.

Los psicólogos coinciden en que mantener el aire acondicionado por debajo de los 26 °C puede ayudar a prevenir la agresividad y la depresión

El motivo es sencillo. Para dormir bien, el organismo necesita reducir ligeramente su temperatura interna. Ese descenso activa los mecanismos que permiten conciliar el sueño y alcanzar las fases de descanso profundo, esenciales para reparar tejidos, consolidar la memoria y restaurar el equilibrio hormonal. Si el ambiente permanece demasiado cálido, ese proceso natural se interrumpe.

Lejos de relajarse, el cuerpo continúa trabajando para expulsar el exceso de calor mediante la sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos. Esa actividad mantiene al organismo en un estado de alerta fisiológica que favorece los despertares nocturnos, reduce las horas de sueño profundo y provoca que el descanso resulte mucho menos reparador.

Las consecuencias también alcanzan al cerebro. Los ritmos circadianos regulan la producción de neurotransmisores como la serotonina, fundamental para el estado de ánimo y además precursora de la melatonina, la hormona que regula el sueño. Cuando el descanso se fragmenta durante varias noches seguidas, ese delicado equilibrio comienza a alterarse. El resultado suele traducirse en irritabilidad, menor capacidad de concentración, fatiga persistente e incluso un mayor riesgo de experimentar síntomas depresivos o conductas más impulsivas.

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A ello se suma el papel del cortisol, la conocida hormona del estrés. En condiciones normales, sus niveles descienden durante la noche para facilitar el descanso. Sin embargo, el exceso de calor obliga al organismo a mantenerse en permanente vigilancia para regular su temperatura, impidiendo esa caída natural y favoreciendo un sueño ligero y fragmentado.

Los especialistas advierten de que las personas mayores son especialmente vulnerables, ya que perciben peor el estrés térmico y su capacidad para disipar el calor disminuye con la edad. Por ello, mantener la vivienda por debajo de los 26 °C no es únicamente una cuestión de confort: puede convertirse en una medida preventiva para proteger el sueño, el equilibrio emocional y la salud frente a un verano cada vez más extremo.