La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado a principios de mes el regreso del fenómeno de El Niño tras detectar un calentamiento sostenido en las aguas del Pacífico ecuatorial. No se trata de una variación menor dentro de la normalidad climática, sino de una reorganización completa del sistema océano-atmósfera que, según las previsiones actuales, podría intensificarse a lo largo de los próximos meses hasta alcanzar una fase moderada o incluso fuerte durante el otoño.
Los modelos probabilísticos que maneja la NOAA son especialmente notorios, pues existe alrededor de un 63% de probabilidad de que las temperaturas superficiales del Pacífico superen los 2 ºC por encima de la media. En caso de confirmarse ese escenario, los expertos no dudan en catalogar el episodio como "muy fuerte", una categoría reservada a los eventos con mayor capacidad de alterar los patrones climáticos globales.
Los expertos coinciden: detectan una señal preocupante en el océano y confirman un fenómeno que bate récords climáticos
Para entender su alcance hay que volver al funcionamiento básico del sistema. En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas del Pacífico hacia el oeste, acumulándolas en la zona de Indonesia y Australia. Ese desplazamiento permite que en la costa de Sudamérica, especialmente en países como Perú y Ecuador, asciendan aguas frías desde las profundidades, un proceso clave para la productividad marina. Sin embargo, durante El Niño ese equilibrio se rompe, ya que los vientos se debilitan o cambian de dirección y el agua cálida queda retenida en el centro y este del Pacífico, alterando la circulación atmosférica global.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) recuerda que estos episodios tienen un impacto que va mucho más allá del océano: suelen provocar un aumento de la temperatura media global en superficie y desencadenan cambios en los patrones de lluvia y sequía en distintas regiones del planeta. De hecho, los primeros indicios de este nuevo episodio ya han sido detectados por el sistema satelital europeo Copernicus, que ha registrado anomalías térmicas inusualmente elevadas en la superficie del océano.
El impacto, huelga decir, no es homogéneo. En países como Australia, Indonesia o el sudeste asiático, El Niño suele asociarse a sequías severas, mientras que en zonas como el sur de Estados Unidos o el Cuerno de África puede intensificar las precipitaciones. Europa, y especialmente España, queda en una posición mucho más periférica respecto a su influencia directa.
La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) lo resume con cautela: no existe una correlación clara y estable entre El Niño y el clima en la península ibérica. Aunque en algunos episodios se han observado otoños o inviernos ligeramente más húmedos, no hay una relación consistente que permita establecer predicciones fiables. En este contexto, el escenario más probable para España sigue siendo el habitual: un verano cálido, dentro de lo esperable en la serie climática reciente, y cierta actividad tormentosa en momentos puntuales. El Niño actúa, así, como un gran modulador global, pero su efecto se diluye a medida que se aleja de su epicentro en el Pacífico.