Lo más "potente" que cruzó el Atlántico con los primeros viajes de Cristóbal Colón no fueron las carabelas ni las armas, sino un cargamento invisible: microbios. Ese choque biológico forma parte de lo que hoy se conoce como intercambio colombino: la conexión sostenida entre ecosistemas que llevaban milenios separados y que, de pronto, empezaron a mezclarse a velocidad histórica.
En ese cruce, la viruela suele aparecer como la protagonista trágica por una razón simple: se encontró con poblaciones sin inmunidad previa y con redes sociales y comerciales capaces de amplificar brotes. La literatura científica y demográfica describe un impacto fulminante, con epidemias que no solo mataron, sino que desorganizaron la producción de alimentos, el cuidado comunitario y la transmisión cultural.
Rutas distintas, patógenos distintos
Otras enfermedades que a menudo se meten en el mismo saco llegaron por vías y momentos distintos. La malaria, por ejemplo, tiene una historia "de dos especies": la evidencia genética sugiere que Plasmodium vivax se introdujo desde poblaciones europeas durante el periodo de contacto, mientras que P. falciparum encaja mejor con una llegada vinculada al comercio transatlántico y la esclavitud.
La fiebre amarilla también apunta a esa ruta: estudios históricos y biomédicos la sitúan con alta probabilidad como un virus de origen africano que cruza hacia América en el contexto del tráfico esclavista y la expansión de su mosquito vector, mucho más que como "herencia directa" del primer desembarco colombino. Dicho de otra forma: Colón abre la puerta del intercambio, pero el flujo patógeno se consolida con décadas de colonización y movilidad forzada.
El colapso demográfico y el "efecto" en el clima
Cuando se traduce todo eso a números, el vértigo es inevitable. Un trabajo de síntesis muy citado, el libro 1493 del periodista y divulgador científico estadounidense Charles C. Mann estima una población pre-1492 de decenas de millones y una mortalidad acumulada cercana al 90% en el siglo posterior, con enormes variaciones regionales; es el tipo de colapso que cambia para siempre la demografía, la economía y el paisaje.
Y ahí aparece la parte "climática" del relato: al desaparecer tanta mano humana, extensas áreas agrícolas pudieron regresar a bosque o matorral, con captura adicional de carbono. Hay estudios que cuantifican ese secuestro y lo conectan con una caída de CO₂ en la era preindustrial —la llamada hipótesis del "Orbis spike"—, provocando una Pequeña Glaciación.
De hecho, cuando se intenta ponerle cifras a esa "reforestación por ausencia", hay trabajos que dibujan un mecanismo plausible: un meta-análisis liderado por Alexander Koch calculó que antes de 1492 vivían en América alrededor de 60,5 millones de personas (con un rango amplio), y que la combinación de epidemias, violencia y colapso social pudo causar en torno a 56 millones de muertes hacia 1600. En su reconstrucción, el abandono de tierras agrícolas favoreció la regeneración de unos 55,8 millones de hectáreas y un secuestro cercano a 7,4 petagramos de carbono, suficiente para explicar una parte apreciable —aunque no toda— de la bajada de CO₂ observada en registros de la época (estimada por ellos en ~3,5 ppm solo por ese proceso, dentro de un descenso total mayor).