Hay despliegues que no necesitan rueda de prensa para resultar elocuentes. Al examinar los mapas de seguimiento naval y analizar datos de fuentes abiertas, resulta evidente que el Golfo Pérsico vuelve a convertirse en un punto neurálgico de la electricidad estratégica. La Armada de Estados Unidos ha desplegado una parte considerable de sus fuerzas cerca de Irán, y cuando los grupos de portaaviones comienzan a concentrarse en esa región, la discusión trasciende la especulación teórica, incluso para el observador más desinteresado.
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El elemento que convierte la maniobra en algo más que presencia simbólica es el escenario. El Estrecho de Ormuz no es una línea en un atlas: es el embudo por el que transita cerca de una quinta parte del petróleo global. En un sistema económico extremadamente sensible a la energía, un solo incidente -un misil antibuque, una mina, un petrolero alcanzado- bastaría para desatar una reacción en cadena de precios, inflación e inestabilidad. Aquí la geografía impone su propia lógica.
A finales de enero, el portaaviones USS Abraham Lincoln ya operaba en el área del Mando Central, escoltado por destructores, cruceros y submarinos. El 13 de febrero, el Pentágono confirmó que el USS Gerald R. Ford se dirigía al mismo teatro de operaciones. La presencia de dos portaaviones de propulsión nuclear no es un gesto neutral; representan una infraestructura de combate móvil capaz de sostener operaciones aéreas durante semanas, con apoyo de inteligencia, reabastecimiento y guerra electrónica.
Las comparaciones con 1991 y 2003 son inevitables. En la Guerra del Golfo y la Invasión de Irak, la acumulación naval precedió a campañas aéreas intensivas y al lanzamiento masivo de misiles de crucero. La lógica marítima se repite: proyectar poder desde el mar, degradar defensas y mantener presión constante. La diferencia, por ahora, es la ausencia de una concentración terrestre equivalente.
El esquema que se perfila sugiere una campaña aérea y de misiles sostenida más que una invasión clásica. Portaaviones, submarinos y escoltas permiten atacar por capas: primero radares y sistemas antiaéreos, luego infraestructuras críticas y nodos de mando. Prepararse para operar durante semanas no implica que la guerra sea inevitable, pero sí que la opción está disponible.
En el trasfondo político, la figura de Donald Trump añade ruido y cálculo. La cuestión ya no es si existe la capacidad de golpear, sino cuál sería el objetivo asumible y qué coste estaría dispuesto a tolerar Washington. Con Ormuz como cuello de botella global, cualquier chispa dejaría de ser regional para convertirse en un problema mundial.