La inquietud de Christopher Nolan no llega como un exabrupto cinéfilo, sino como un aviso sindical con lectura industrial. En su primera gran entrevista como presidente del Directors Guild of America, el cineasta ha puesto el foco en el acuerdo por el que Netflix quiere hacerse con los activos de estudio y "streaming" de Warner Bros. Discovery: "perder un gran estudio es un duro golpe", viene a decir, en un momento en el que la cadena de valor del audiovisual ya iba estresada por cambios de consumo y por la guerra de costes del streaming.
Conviene aterrizar el estado real del asunto: no es un rumor, pero tampoco un "ya está hecho". La operación se anunció en diciembre de 2025 y, a finales de enero, ambas compañías comunicaron una enmienda para pasar a una estructura "all-cash" y acelerar el calendario hacia la votación de accionistas, con objetivo de voto hacia abril de 2026, además de quedar supeditada a autorizaciones regulatorias y a la separación previa de la parte de redes globales de WBD.
Un acuerdo que todavía no está cerrado
Si el debate se ha vuelto tan inflamable es porque el pacto no solo movería un catálogo: redistribuiría poder. Un reporte reciente apuntaba a que WBD podría someter el acuerdo a voto en marzo de 2026, mientras sigue en paralelo la presión de Paramount Skydance con una oferta hostil alternativa, lo que dibuja un pulso en el que los franquiciados, los derechos y la capacidad de producción estadounidense son las fichas de verdad.
Nolan, además, habla con memoria propia: durante casi dos décadas fue uno de los socios "de prestigio" de Warner, hasta que rompió con el estudio cuando éste apostó por estrenos simultáneos en salas y HBO Max en plena pandemia, y reorientó su alianza hacia Universal Pictures. Esa cicatriz explica por qué su preocupación no es solo estética ("defender el cine"), sino estructural: quién decide ventanas, inversiones, riesgos y, sobre todo, condiciones de trabajo.
El poder detrás del catálogo
La ventana en cines, de hecho, aparece en su discurso como un termómetro fácil de entender —si Warner seguirá operando como distribuidora teatral o si quedará absorbida por la lógica de plataforma—, pero no como el único problema. En el comunicado corporativo, Ted Sarandos insiste en que la combinación reforzaría la oferta "en casa y en salas", y ese matiz es justamente lo que Nolan describe como "indicios" que aún deben convertirse en compromisos verificables: calendarios, cuotas de estrenos, músculo de marketing y reglas claras para series y TV, donde se juega gran parte del empleo del sector.
El hecho de que el Senado de EE. UU. haya programado una audiencia antimonopolio para este 3 de febrero de 2026 muestra que la discusión ya ha saltado del corrillo de Hollywood al terreno regulatorio: competencia, concentración y elección del consumidor, pero también el efecto dominó sobre proveedores, rodajes y negociación colectiva. Y, en paralelo, Nolan avanza hacia un 2026 especialmente visible para él: su The Odyssey tiene fecha de estreno en cines el 17 de julio de 2026, lo que convierte su advertencia en algo más que discurso institucional: será una prueba práctica de cómo se comporta la industria cuando los grandes estudios dejan de ser "estudios" y pasan a ser, ante todo, plataformas.