Antonio Doménech tenía claro que la vida adulta no podía ser eternamente una maleta y una habitación alquilada. Profesor de Magisterio en la Comunidad de Madrid, aprobó la oposición sabiendo que eso significaba otra cosa: interinidades encadenadas, destinos cambiantes y horas de transporte público para ir y volver del colegio que le tocase cada curso. Ante la perspectiva de seguir pagando por habitaciones caras y temporales, tomó una decisión radical pero calculada: comprarse una autocaravana de apenas 7 metros cuadrados y convertirla en su casa fija desde 2019, aparcada siempre lo más cerca posible del centro en el que trabaja.
Su elección encaja de lleno con el clima social. La vivienda se ha convertido en el principal quebradero de cabeza del país: el último barómetro del CIS sitúa la "crisis de la vivienda" como el problema número uno señalado por los ciudadanos, por delante incluso de la situación política o la economía, con más de un tercio de los encuestados mencionándola de forma espontánea. No es solo una sensación: los datos del INE y del Banco de España muestran un ciclo continuado de subidas, con la vivienda libre encareciéndose a doble dígito interanual en 2025 y los alquileres creciendo más de un 10% en 2024, reflejo de un mercado tensionado donde la demanda supera claramente a la oferta.
El metro cuadrado imposible
En ciudades como Madrid o Barcelona, esa presión se traduce en alquileres que rondan o superan los 20 euros por metro cuadrado en barrios muy demandados, lo que obliga a muchas personas a destinar la mitad —o más— de su sueldo a pagar un techo. Para alguien con un salario de funcionario interino, como Antonio, encontrar un piso "decente", mínimamente equipado y que no devore la nómina se convierte, en sus palabras, en "una barbaridad". Esa es la aritmética que le llevó a asumir que, si no podía controlar el precio del metro cuadrado, al menos podía controlar los kilómetros que separan su cama del trabajo y el tiempo perdido en desplazamientos.
Su caravana, de unos 7 m², es a la vez refugio y respuesta política involuntaria: un modo de vida que le permite seguir el rastro de sus destinos laborales sin renunciar a cierta estabilidad cotidiana. No hay salón ni trastero, pero sí algo que muchos inquilinos añoran: la sensación de que, una vez pagada la inversión inicial, el coste mensual deja de ser una sangría permanente. Antonio insiste en que vive así porque quiere, pero su relato está atravesado por la misma incredulidad que muestran miles de jóvenes y treintañeros cuando se enfrentan a los portales inmobiliarios: "se te queda cara de póker" al ver los precios de lo que se oferta como vivienda digna.
Del caso personal al síntoma colectivo
La alternativa de Antonio no es un caso aislado, sino parte de un abanico de soluciones de emergencia que van desde las casas prefabricadas y modulares hasta las llamadas "casas cápsula" importadas de otros países, presentadas como viviendas llave en mano por 25.000 o 80.000 euros. Estas fórmulas prometen rapidez y costes contenidos, pero chocan con la realidad urbanística (necesidad de suelo edificable, licencias, conexiones) y con un dato incómodo: incluso la vivienda industrializada se está encareciendo a medida que crece la demanda y se encoge el acceso a suelo asequible. El resultado es que muchos acaban mirando hacia aparcamientos, furgonetas camperizadas o caravanas como único camino realista para independizarse.