Marty Supreme juega a dos bandas—y lo hace a propósito—: por un lado te vende el subidón de la épica deportiva; por el otro, te mete en una trastienda donde el sueño americano parece menos un ideal que una máquina de triturar escrúpulos. Marty no corre hacia la gloria: la persigue como quien persigue aire, con la certeza infantil de que "si ganas lo suficiente, el mundo se ordena". Y lo que la película propone, con mala leche y brillo, es justo lo contrario.
El "tono A24" está ahí: esa mezcla tan suya de prestigio indie, comedia que muerde y una electricidad nerviosa que no te deja acomodarte. Ojo con un matiz importante: Anora (la que arrasó en los Óscar de 2025) no fue de A24, sino que la distribuyó Neon; aun así, sirve como termómetro de cómo el circuito independiente ha convertido estas películas en centro de la conversación. En el caso de Marty Supreme, A24 sí figura como distribuidora, y la cinta encaja en esa estética de "cine grande" sin perder la rareza.
Un partido que nunca es solo un partido
Es larga (ronda las dos horas y media), pero la sensación no es de pesadez sino de intensidad sostenida: el montaje y el pulso están pensados para que el partido nunca sea solo un partido. La historia, ambientada en los años 50 y libremente inspirada en el jugador Marty Reisman (aquí convertido en Marty Mauser), avanza como un cohete con fugas: cada victoria abre una puerta… y cada puerta trae un peaje.
Lo más hipnótico es el protagonista. Timothée Chalamet construye a Marty como un imán peligroso: encantador cuando necesita algo, patético cuando no lo consigue, y siempre con esa energía de estafador que cree que el universo es una mesa donde se puede hacer trampa si golpeas lo bastante rápido. No es solo presencia; es ritmo corporal, mirada, respiración, una manera de estar en plano que hace que el resto del mundo parezca reaccionar a su ego. Y sí: la película lo cuida como un "vehículo de estrella", pero también lo expone como un tipo capaz de quemarlo todo por una idea muy concreta de éxito.
El sueño americano como máquina
En el fondo, es una película sobre individualismo: esa versión extrema del "si quieres, puedes" que no se pregunta a quién dejas tirado por el camino. La ambición no aparece como virtud moral, sino como combustible; y cuanto más arde, más ilumina… y más asfixia. Esa lectura está en el ADN del proyecto: la película se entiende como una alegoría sobre los límites del individualismo radical que se celebra en EE. UU.
Y entonces llega el cambio de marcha que la hace especialmente divertida: a partir del segundo acto, el relato se convierte en un enredo. No hablo de un giro caprichoso, sino de una deriva calculada hacia la comedia de equívocos: alianzas que se cruzan, intereses que chocan, identidades que se confunden, promesas que caducan a los cinco minutos. El ping-pong deja de ser solo "deporte" y pasa a funcionar como metáfora de la propia trama: pelotas que vuelven con efecto, golpes que parecen definitivos y, de repente, el punto sigue vivo. Esa fase "screwball" no rebaja el drama: lo vuelve más cruel, porque te ríes mientras todo se complica.
Premios, polémica y el golpe con efecto
Con este cóctel —carisma salvaje, nervio, sátira del sueño americano— no sorprende que esté colocada como favorita fuerte en la temporada de premios y que haya acumulado un paquete serio de nominaciones (incluidas categorías principales). A la vez, su relación con la figura real que la inspira ha generado conversación: la familia de Reisman ha criticado el retrato, recordando que la película es una ficción "basada libremente" y que no participaron en el proyecto.
Si lo que buscas es una película "inspiradora" en el sentido clásico, quizá te incomode. Si, en cambio, te apetece una obra entretenida, intensa y con veneno, que use un ascenso deportivo para hablar de cómo se vende (y se rompe) el mito del ganador, Marty Supreme es justo ese golpe con efecto que parece irse fuera… y cae en la esquina.