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No había papel higiénico en el imperio romano pero su mejor invento, el 'tersorium', era casi igual de eficaz en el retrete

Los romanos desarrollaron sofisticadas letrinas públicas con canales de agua y un curioso utensilio cuya verdadera función todavía divide a los historiadores.

Las costumbres relacionadas con la higiene en la Antigua Roma siguen sorprendiendo por la sofisticación de algunas de sus infraestructuras. Las ciudades del Imperio desarrollaron complejos sistemas de abastecimiento de agua, alcantarillado y evacuación de residuos que permitieron gestionar las necesidades de una población cada vez más numerosa. Entre estas instalaciones destacaban las letrinas públicas, presentes especialmente en las zonas urbanas más concurridas.

El misterioso utensilio que pudo utilizarse para limpiar las letrinas

Estos espacios tenían una función mucho más amplia que la de servir simplemente como retretes. Las letrinas podían convertirse en auténticos lugares de encuentro, donde los ciudadanos conversaban mientras hacían sus necesidades. La privacidad, tal y como la entendemos actualmente, era prácticamente inexistente: los asientos se disponían uno junto a otro y no solían existir separaciones individuales.

Uno de los elementos que más curiosidad ha despertado es el conocido como tersorium, un palo al que se sujetaba una esponja. Tradicionalmente se ha considerado una especie de antecedente del papel higiénico moderno y se ha relacionado con la limpieza después de utilizar las letrinas. Sin embargo, esta interpretación no está completamente demostrada y existe un importante debate entre los investigadores sobre cuál era realmente su función.

Hay grandes diferencias entre el uso del tersorium según los expertos: o herramienta de higiene personal o de limpieza

La imagen del tersorium como una esponja utilizada directamente por los usuarios de los baños romanos se ha popularizado enormemente, pero las fuentes arqueológicas y literarias no permiten afirmar con absoluta seguridad que ese fuera su cometido habitual. Algunos investigadores consideran que pudo emplearse para la higiene personal, mientras que otros plantean que servía para limpiar las propias instalaciones, de una manera similar a una escobilla.

La teoría más conocida sostiene que estas esponjas podían enjuagarse utilizando agua corriente y, según determinadas interpretaciones, soluciones con vinagre. De ser cierto que se utilizaban para la higiene personal, el carácter compartido del utensilio habría planteado evidentes problemas sanitarios. Precisamente por eso, algunos historiadores consideran que su función pudo estar relacionada más directamente con la limpieza de las letrinas.

En cualquier caso, conviene evitar presentar como un hecho demostrado la imagen de decenas de romanos utilizando consecutivamente la misma esponja para limpiarse. La evidencia disponible no permite reconstruir con tanta precisión cómo se utilizaba el tersorium.

Las propias letrinas sí ofrecen una muestra mucho más clara del ingenio romano. Muchas disponían de canales de agua situados bajo los asientos, diseñados para transportar los residuos y mantener el espacio en mejores condiciones. En determinados establecimientos también existían canales de agua en la parte delantera destinados a facilitar la limpieza de los utensilios utilizados por los usuarios.

Las instalaciones sanitarias romanas estaban muy alejadas del concepto moderno de un cuarto de baño privado. Los usuarios podían sentarse prácticamente hombro con hombro mientras mantenían conversaciones, cerraban negocios o simplemente comentaban los acontecimientos de la ciudad. Las letrinas formaban así parte de la vida social cotidiana.

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Sin embargo, tampoco conviene imaginar que todos los baños públicos del Imperio funcionaban exactamente igual. La organización de estos espacios variaba según el edificio, la ciudad y la época, y no existen pruebas suficientes para afirmar que hombres y mujeres utilizaran siempre las mismas letrinas al mismo tiempo. De hecho, algunas instalaciones parecen haber contado con espacios diferenciados o con horarios distintos.

Lo que sí resulta evidente es la importancia que los romanos concedieron a la gestión del agua. El desarrollo de acueductos, fuentes, cloacas y sistemas de drenaje permitió abastecer a las ciudades y evacuar parte de sus residuos. La famosa Cloaca Máxima de Roma es uno de los ejemplos más conocidos de esta enorme infraestructura.

Aun así, sería exagerado afirmar que Roma era una ciudad perfectamente higiénica. Las enfermedades infecciosas, la contaminación del agua y la acumulación de residuos continuaron siendo problemas importantes. El saneamiento romano era extraordinario para su tiempo, pero estaba lejos de alcanzar los estándares de salubridad de las ciudades modernas. El legado de estas infraestructuras fue importante. Los romanos demostraron que una gran ciudad necesitaba sistemas organizados para gestionar el agua y los residuos, una cuestión que siglos después volvería a convertirse en uno de los grandes retos de las ciudades europeas.

Su tecnología hidráulica no desapareció por completo tras la caída del Imperio romano y algunas de sus obras continuaron funcionando durante siglos. Sin embargo, el saneamiento urbano experimentaría avances y retrocesos antes de alcanzar los niveles actuales.

Por eso, más que considerar el tersorium como un supuesto papel higiénico romano, resulta mucho más interesante observar el conjunto de soluciones desarrolladas por aquella sociedad. Desde las letrinas colectivas hasta los canales de evacuación, Roma convirtió la gestión de los residuos humanos en una cuestión de infraestructura urbana y dejó una huella que todavía puede rastrearse en la historia del saneamiento.