La Amazonia está empezando a parecerse menos al "pulmón del planeta" que conocíamos y más a algo que no existe hoy en ningún mapa climático. Un nuevo estudio publicado en Nature describe que la selva está entrando en un régimen inédito de "clima hipertropical": un estado mucho más cálido y seco, con sequías extremas que no se habían visto en la Tierra desde hace decenas de millones de años. La clave de ese cambio son las llamadas hot droughts o "sequías calientes": periodos en los que falta agua, pero además el termómetro se dispara muy por encima de lo habitual, llevando a los árboles al límite de lo que pueden soportar.
El trabajo, liderado por Jeff Chambers (Universidad de California en Berkeley), combina más de 30 años de datos de dos parcelas de selva cerca de Manaos, modelos climáticos globales y registros detallados de cómo responden los árboles durante episodios como los El Niño de 2015 y 2023. El resultado es inquietante: si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen altas, la Amazonia podría sufrir hasta 150 días de "sequía caliente" al año hacia 2100, no solo en la estación seca, sino también en meses que hoy son claramente lluviosos. En esas condiciones, la mortalidad de los árboles aumenta alrededor de un 55%, lo suficiente como para mermar de forma seria la capacidad de la selva para absorber CO₂.
Cómo mata una "sequía caliente" a un árbol
El estudio no se queda en las proyecciones: explica por qué mueren los árboles en ese nuevo clima. Gracias a sensores instalados en torres de 50 metros y dentro de los troncos, el equipo ha visto que cuando la humedad del suelo baja por debajo de un umbral muy concreto —en torno al 32-33% del volumen, es decir, solo un tercio de los poros llenos de agua— los árboles empiezan a cerrar los estomas de las hojas para no perder más agua. Protegen su reserva hídrica, pero pagan un precio: dejan de captar CO₂, se "quedan sin comida" y entran en un estado de estrés hidráulico y de hambre de carbono. Si la sequía y el calor se prolongan, en los vasos del xilema se forman burbujas de aire, embolias muy parecidas a un coágulo en una arteria humana. Cuando esas embolias se multiplican, el árbol sencillamente colapsa.
Ese estrés no afecta a todos por igual. Los datos de Chambers indican que las especies de crecimiento rápido y madera ligera —las que colonizan primero áreas taladas o degradadas— son las más vulnerables a las sequías calientes, mientras que los árboles de madera densa y crecimiento lento resisten mejor, al menos de momento. Eso implica que los llamados bosques secundarios podrían ser especialmente frágiles en un clima hipertropical, y que la composición de la selva tenderá a cambiar con el tiempo si el calentamiento continúa. A primera vista, pasar de una mortalidad media anual algo superior al 1% a un 1,55% parece poca cosa, pero aplicada a un bioma de más de seis millones de kilómetros cuadrados, esa diferencia se traduce en enormes cantidades de biomasa y carbono perdidos.
Del "pulmón del planeta" al clima hipertropical global
El problema no se limita a la Amazonia. Los modelos climáticos del consorcio CMIP6 que usa el estudio señalan que un clima hipertropical podría extenderse también a selvas de África occidental y del Sudeste Asiático, todas ellas pilares del gran sumidero de carbono tropical que hoy compensa una parte de nuestras emisiones. Si esos bosques pasan de absorber CO₂ a emitirlo tras grandes sequías e incendios, se desencadena un bucle de retroalimentación: más calentamiento, más sequías calientes, más mortalidad y más CO₂ en la atmósfera. Las señales recientes ya apuntan en esa dirección: tras las últimas grandes sequías amazónicas, las mediciones globales detectaron repuntes en el CO₂ atmosférico ligados a la región.
El mensaje de fondo de Chambers y su equipo es menos apocalíptico de lo que parece… pero también muy directo: no es un destino inevitable, es una elección. El escenario hipertropical más extremo se da solo si hacemos poco o nada por reducir las emisiones; con recortes drásticos, el riesgo se atenúa y la selva gana tiempo para adaptarse. Las "sequías calientes" actuales, dicen los autores, son una ventana al futuro: pequeños ensayos generales de un clima que podría imponerse a finales de siglo si seguimos quemando combustibles fósiles como hasta ahora.