El desierto del Sáhara no es únicamente un territorio marcado por las altas temperaturas y la escasez de precipitaciones. Uno de sus grandes problemas es lo que sucede cuando finalmente llega la lluvia. En algunas de las zonas más áridas, el terreno se encuentra tan endurecido que el agua tiene dificultades para penetrar en las capas inferiores. En lugar de infiltrarse, buena parte termina desplazándose por la superficie o desapareciendo rápidamente por evaporación.
En el Sahel, la transición entre el desierto y las regiones más húmedas de África, las condiciones pueden ser especialmente extremas. Durante las horas centrales del día, el suelo queda expuesto a temperaturas muy elevadas, mientras que por la noche se produce un descenso considerable. En este escenario, las pocas semillas presentes en el terreno tienen enormes dificultades para encontrar la combinación necesaria de humedad y estabilidad que permita su germinación.
Es precisamente ahí donde entra en juego una especie que, a primera vista, parece tener poco que ver con la recuperación de un ecosistema: la tortuga espolada africana, también conocida como tortuga sulcata.
En 2021 soltaron 500 tortugas para combatir el desierto del Sáhara: cinco años después, los resultados sorprenden
En 2021, un proyecto llevó alrededor de 500 ejemplares de Centrochelys sulcata a una zona degradada del sur del Sáhara. La idea no consistía en plantar árboles ni en modificar químicamente el terreno. El objetivo era recuperar una especie capaz de transformar físicamente el suelo mediante uno de sus comportamientos naturales: excavar.
Cinco años después, las imágenes obtenidas en la zona muestran pequeñas áreas de vegetación que contrastan con el paisaje árido que las rodea. La explicación está en las enormes madrigueras que estos animales construyen para sobrevivir.
La tortuga espolada africana es una de las mayores tortugas terrestres del planeta. Los ejemplares adultos pueden alcanzar un tamaño considerable y los machos más grandes pueden superar los 100 kilogramos de peso. Sin embargo, su principal interés para estos proyectos de restauración no está en sus dimensiones, sino en su extraordinaria capacidad para excavar.
En las zonas donde vive, esconderse bajo tierra es una cuestión de supervivencia. Las temperaturas superficiales pueden alcanzar valores extremos durante el día, mientras que las noches pueden ser mucho más frías. Las madrigueras proporcionan a las tortugas un refugio con unas condiciones más estables.
Al excavar, además, estos animales remueven y rompen las capas endurecidas del terreno. El resultado puede ser importante cuando llega una tormenta: el agua encuentra vías por las que introducirse en el subsuelo en lugar de limitarse a escurrir sobre una superficie compactada.
De esta forma, una madriguera puede convertirse en una pequeña zona de acumulación de humedad. El terreno excavado también presenta una estructura diferente a la del suelo circundante, lo que facilita que las semillas que ya se encuentran allí puedan aprovechar mejor las precipitaciones. Por eso se ha llegado a describir a estas tortugas como auténticas "ingenieras del ecosistema". No construyen un paisaje verde de manera directa, pero su actividad puede generar las condiciones necesarias para que otros organismos vuelvan a ocupar un espacio degradado.
La idea no parte completamente de cero. En Senegal existen desde hace décadas iniciativas dedicadas a la conservación y recuperación de la tortuga espolada africana. Entre ellas se encuentra el trabajo desarrollado en el santuario Village des Tortues, en Noflaye, donde se han mantenido y reproducido ejemplares destinados a programas de conservación y reintroducción.
La relación entre estos animales y el terreno resulta especialmente interesante porque no depende de que las tortugas transporten semillas deliberadamente. Su efecto es mucho más indirecto. Cuando excavan, modifican la estructura del suelo y crean zonas protegidas de las condiciones ambientales más extremas. Si una semilla se encuentra ya en el terreno o llega transportada por el viento, tiene más posibilidades de germinar alrededor de estos puntos si dispone de humedad suficiente.
La aparición de vegetación introduce entonces un segundo efecto. Las plantas proporcionan alimento y refugio a pequeños animales, mientras que insectos y microorganismos comienzan a colonizar un suelo que anteriormente ofrecía unas condiciones mucho menos favorables. Con el paso del tiempo, estas pequeñas islas de vegetación pueden convertirse en focos de biodiversidad dentro de un paisaje dominado por el terreno desnudo.
El caso de las tortugas sulcata resulta especialmente llamativo porque el proyecto no recurrió a una técnica convencional de reforestación. No se trataba de cubrir el desierto de árboles ni de instalar sistemas artificiales de riego. La estrategia pasaba por recuperar una especie que forma parte del ecosistema y permitir que su comportamiento natural volviera a ejercer una función sobre el terreno.
La tortuga espolada africana ha sufrido una fuerte presión en distintas zonas de su área de distribución debido a factores como la pérdida de hábitat, la agricultura, el pastoreo y la captura de ejemplares. Su recuperación puede tener, por tanto, efectos que van más allá de aumentar el número de tortugas presentes en una región. Han detenido el avance del desierto.