Elsa Pataky lleva años instalada en Australia junto a Chris Hemsworth y sus tres hijos, pero cada cierto tiempo regresa a España por motivos profesionales. La actriz continúa sumando proyectos internacionales y, con cada promoción, también aprovecha para hablar de una faceta mucho menos conocida de su vida.
Más allá de su éxito en Hollywood, la madrileña nunca ha ocultado que su infancia estuvo marcada por momentos difíciles, una etapa que, según ella misma reconoce, acabó moldeando su carácter y su forma de afrontar los retos.
Elsa Pataky recuerda una infancia marcada por la separación de sus padres
Nacida en Madrid en julio de 1976, Elsa Pataky se ha convertido en una de las actrices españolas con mayor proyección internacional. Sin embargo, detrás de su carrera de éxito hay una historia personal que no siempre fue sencilla. En varias entrevistas ha recordado cómo vivió la separación de sus padres siendo hija única, una experiencia que dejó una profunda huella en ella. En declaraciones a Fotogramas, la intérprete habló sin rodeos de aquellos años.
"Puedo decir que tuve una infancia rota. Fue duro. Era hija única y lo pasé un poco mal", recuerda. Pataky vivió con su padre hasta los 14 años y posteriormente se trasladó a casa de su madre. Ese cambio coincidió con una etapa especialmente complicada en la que, según ha contado, la sensación de soledad fue una constante.
"Mi madre se volvió a casar y ahora tengo un hermano con el que me llevo 15 años y al que adoro, soy como una segunda madre para él. Siempre he pensado que nunca tendré un solo hijo. Supongo que si hubiera tenido hermanos de pequeña todo hubiera sido muy distinto. Entonces me sentía muy sola. Recuerdo que en la familia de mi mejor amiga Olga eran cinco, y me encantaba ir a su casa a comer y ver todo el barullo, hablando y pasándose los platos...".
Con el paso de los años, la actriz asegura que aquella infancia también contribuyó a desarrollar una personalidad perseverante, una cualidad que considera imprescindible para abrirse camino en una profesión tan competitiva como la interpretación. "Soy muy cabezota y lucho hasta conseguir lo que quiero", añade. Esa determinación fue clave durante sus primeros pasos como actriz, una etapa en la que tuvo que enfrentarse a numerosos castings antes de lograr su gran oportunidad.
Si hubo una persona decisiva en ese camino fue su abuelo materno, Mircea Medianu, actor de profesión. Fue él quien le transmitió el amor por el teatro cuando apenas era una niña. "Él fue quien me inculcó la pasión por esta profesión. Disfrutaba como nadie con ella. Cuando era pequeña me enseñaba su álbum con todas las fotos de su compañía, allí en Rumania, y jugaba conmigo interpretando a los personajes que aparecían en las fotos. Y yo pensaba: 'No tengo ni idea de a qué se dedica, pero me encantaría ser como él. Disfrazarse'".
Con solo 15 años empezó a presentarse a sus primeros castings mientras compaginaba sus estudios de Periodismo con su formación en Arte Dramático. Poco después llegó el papel de Raquel en Al salir de clase, el trabajo que terminó impulsando su carrera.
"Llegué a pensar que no servía para esto", continúa. Antes de alcanzar la fama, Pataky atravesó momentos de incertidumbre en los que incluso llegó a plantearse abandonar. "Cada vez que me dan una buena noticia, siempre pienso: 'No me lo creo'. En ese caso porque la noticia llegó cuando estaba a punto de tirar la toalla, y la percibí como el fruto de una lucha constante, de un casting detrás de otro, siempre quedando finalista", añade.
"Llegué a pensar que no servía para esto. Porque, y no es por alardear, cada paso que he dado me lo he trabajado, nunca lo he tenido fácil, nadie me ha regalado nada", prosigue. Aunque no se considera una persona supersticiosa, sí admite que conserva una pequeña costumbre desde sus primeros años como actriz. "No, no lo soy. No soy de esas que no se atreven a pasar por debajo de una escalera. Lo único que hago es ponerme un calcetín de cada cuando me presento a una audición. Un día lo probé y el casting me salió fenomenal", concluye.
Desde entonces, sigue repitiendo ese gesto antes de algunas pruebas de interpretación, aunque ella misma le resta importancia. "Al siguiente, me los puse iguales y me salió fatal. Así que lo adopté como costumbre. Pero es más una manía que una superstición", termina.