Recordando a Stan Lee, el hombre que revolucionó la industria del cómic USA – Parte 1 (antes de Marvel)

Se cumplen dos años de la muerte de Stan Lee y aprovechamos para repasar los orígenes y los primeros años de la carrera de The Man.

¿Sabes? Creo que un solo hombre puede marcar la diferencia. Nuff Said”. Estas palabras, pronunciadas por un Stan Lee que se interpretaba a sí mismo en el Spiderman 3 de Sam Raimi y Tobey Maguire, funcionaban a modo de catarsis vital para el personaje principal de la película. Pero esas palabras, ese sentimiento, representan mucho más. Representan un legado, un mantra, un leit motiv. El espíritu y el mensaje que hemos leído, leemos y leeremos en tantos cómics que empiezan por Stan Lee Presents y que definen a la perfección lo que ha significado y significará Stan Lee para todos los aficionados de Marvel Comics.

Hoy hace dos años, el pasado 12 de noviembre de 2018, falleció Stan Lee a los 95 años de vida (1922-2018). Guionista, editor, director artístico, showman, publicista, productor, genio, actor, creador, defensor de los cómics y, en definitiva, la figura más importante de Marvel Comics en particular y una de las mayores personalidades del mundo del cómic en general. Su apariencia inmortal, repetida casi como broma recurrente, nos hacía pensar que se había propuesto sobrevivirnos a todos, aunque solo fuera para ahorrarnos el disgusto experimentado por saber que este hombre, un embaucador rebosante de carisma por los cuatro costados, no volverá a alegrarnos el día con sus frases exageradas, su sonrisa contagiosa y su sencillez para apelar a nuestra nostalgia. Stanley Martin Lieber ya no está entre nosotros, aunque, por supuesto, ahí permanecerá para siempre su legado, imprimido en formato comic-book, en todas nuestras estanterías y corazones. Los homenajes (y la unanimidad entre ellos) a lo largo y ancho de la industria del cómic demostraron que estamos ante una figura irrepetible cuyo alcance, si quisiéramos describirlo con precisión, nos veríamos obligados a emplear adjetivos y epítetos tan rebuscados y grandilocuentes como los que nos enseñó el mismo en aquellos cómics que se nos quedaron grabados en nuestra infancia. Y sí, una figura nada exenta de polémica.

Para recordar la figura de Stan Lee, esta semana en Sala de Peligro arrancamos con una retrospectiva en torno a la vida y obra de The Man. Al contrario de lo que pueda pensarse y suele repetirse, la historia y carrera de Stan comienza mucho antes del primer número de los Cuatro Fantásticos y continúa mucho más allá después de su salida de Marvel. Aunque los caminos de creador y creación siempre estuvieron ligados tras la marcha del Presidente Emérito (honor que obtuvo en el año 1990), las trayectorias de Lee y Marvel sufrieron destinos paralelos durante varios años, reencontrándose cada poco tiempo, tanto para lo bueno (generalmente) como para lo malo (con pleitos de por medio). No toda Marvel es Stan Lee. Pero tampoco todo Stan Lee es solo Marvel. En 95 largos y ajetreados años, a “The Man” le dio tiempo a protagonizar muchas hazañas y sucesos lejos de la máquina de escribir. Y en estos sucesos es habitual encontrar los famosos claroscuros sobre su figura pretérita y su relación con Jack Kirby y Steve Ditko. Claroscuros que, no olvidemos, encontramos a la hora de reflexionar desde el presente sobre una época contextualizada hace cincuenta años. En este primer artículo se recoge la trayectoria vital de Stan Lee justo hasta el lanzamiento del primer número del cuarteto fantástico en noviembre de 1961.

Los orígenes de Stan Lee

Stanley Martin Lieber nace el 28 de diciembre de 1922, el primero de los dos hijos de Celia y Jack Lieber, dos inmigrantes rumanos judíos que habían encontrado un hogar entre la 98th y West End Avenue, en Manhattan. Compartía habitación con su único hermano, Larry Lieber (a quien también conoceríamos por su trabajo en Marvel Comics años después), lo cual contrasta con el recorrido vital de Martin Goodman (el más pequeño de los trece hijos del matrimonio Goodman, de inmigrantes rusos), una de las personas a las que quedaría unida la vida de Stan Lee veinte años más tarde. Lee creció durante los años de la Gran Depresión en Estados Unidos, fascinado por las novelas que devoraba sin parar y soñando con, algún día, escribir una gran novela que le hiciera famoso. Tras varios intentos infructuosos de prosperar en distintos trabajos (un intento de imitar a su padre, siendo costurero en una fábrica de pantalones, acabó con Stan Lee despedido a las dos semanas) aceptó una entrevista de trabajo en la empresa de su prima Jean. El padre de esta última (y por tanto tío de Stan), accedió a los deseos de su hermana (y madre de nuestro protagonista) y acordó con Stan una entrevista en la empresa en la que trabajaba, situada en el famoso edificio McGraw-Hill.

Pero hagamos aquí un inciso de alto valor histórico, deteniéndonos en el momento en el que, desde las oficinas de Timely, se envió a imprenta el primer número de una nueva serie, bautizada como Captain America. Esta creación de Joe Simon y Jack Kirby ofrecía una portada que obviaba cualquier corrección política (todavía no había comenzado oficialmente la Segunda Guerra Mundial) y en la que un nuevo Centinela de la Libertad golpeaba en toda la cara al peor nazi que ha pisado este planeta. Mientras los cómics de DC Comics mostraban a Superman, Batman y compañía enfrentándose a alienígenas, ladrones de bancos o bichos estrambóticos, en las oficinas de Timely se habían arremangado para ofrecer historias ambientadas en la pre-WWII, ya fuera con Namor destruyendo submarinos alemanes o Marvel Boy enfrentándose a un dictador que respondía al nombre de Hiller (porque un cambio de letra permitía al propietario, Martin Goodman, dormir tranquilo de que Adolf Hitler decidiera denunciar). Estos cómics vendían bien, y Goodman se estaba haciendo de oro con su publicación. Joe Simon lo sabía, así que cuando le ofreció a su jefe el concepto del Capitán América, se encargó de asegurarse el veinticinco por ciento de las ganancias, a dividir con el jovencísimo dibujante que le acompañaba (Kirby nació en 1917, Simon en 1913). El trato se rubricó con la contratación a tiempo completo de Simon como editor de Timely para poder sacar adelante toda la producción del momento. Su primera decisión, por supuesto, fue hacer lo mismo con Kirby, contratándole a tiempo completo.  ¿Su segunda misión? Entrevistar a un alto adolescente a petición de su jefe, para que fuese uno de sus trabajadores. ¿Adivinan de quién hablamos?

Sin haber cumplido todavía los dieciocho, Lee llegó a las oficinas pocos días antes de que Captain America #1 llegara a todos los quioscos de América (el 20 de diciembre de 1940). Simon, sabiendo que era familiar más o menos directo de su jefe, no prestó mucha atención a su falta de experiencia o de interés en el mundo del cómic. El entusiasmo del entrevistado compensaba cualquier posible pega, y la época de bonanza en la que estaba a punto de sumergirse la editorial podía permitirse una boca más a la que alimentar. Simon y Goodman iban a capitalizar el éxito generado por el alter-ego de Steve Rogers con el lanzamiento de varios títulos patrióticos (Young Allies, U.S.A. Comics, All-Winners Comics…) con Bucky, Toro, la Antorcha Humana, etc. La sobrecarga de trabajo era tal que el propio Simon se desentendió de los guiones en cuanto pudo. O, lo que es lo mismo, desde el número dos (en el que el Capitán América viajaba por primera vez a Alemania) y las tareas de guión y dibujo recayeron casi al completo sobre los hombros de Kirby. Aquí, quien quiera verlo, puede encontrar el primer paralelismo con el método de trabajo de Stan y sus dibujantes veinte años después (el archiconocido Método Marvel), agravado por el hecho de que Simon tan solo prestaba atención a las portadas y poco más. Kirby cobraba (como cobraría en los tiempos Marvel) y hacía casi todo el trabajo, incapaz de delegar o subcontratar trabajo. Tan solo tenía que soportar a un dicharachero Stanley que orbitaba por su mesa de trabajo (y nube de humo) para preguntarle si quería que rellenase el tarro de tinta, le borrase alguna línea de lápiz o le trajera café.

La sobrecarga de trabajo de los autores consagrados y el entusiasmo contagioso de este jovencísimo becario le llevó, un par de meses después, a conseguir editar su primera historia en el tercer número del Capitán América, ahora renombrado (algo muy típico de Goodman) como Captain América Comics. Allí, en formato prosa acompañado de unas imágenes más propias de una postal, se publicaron dos páginas bajo el título de Captain America Foils the Traitor Revenge[1]. Dado que Stanley conservaba intacta su ilusión por algún día convertirse en un novelista de éxito, decidió no firmar esta historia con su verdadero nombre (y apellido) de pila, optando por un seudónimo que pasaría a la historia e incluso obtendría su propia estrella en el paseo de la fama de Hollywood: Stan Lee. Años más tarde, Lee se cambiaría de nombre para adoptar como suyo un nombre que había empezado siendo ficticio, todo un movimiento de lo más propio y metatextual en su caso. Esta primera aportación, casi sin pensarlo y como algo de lo más natural dada la hiperactividad en aquellos días del edificio McGraw-Hill, vendría acompañada de más historias en forma de back-up en la serie del Capi, y en aportaciones a su mitología como el hecho que su escudo (cambiado poco antes de su forma original más o menos triangular a la a partir de entonces icónica redonda) se pudiese lanzar y recuperar.

 

Además, Lee creó otros héroes que luchaban contra los poderes de El Eje, como El Destructor (junto a Jack Binder, en Mystic Comics #6) y Jack Frost (junto a Charles Nicholas, en U.S.A. Comics #1).

Las disputas entre Martin Goodman y Joe Simon eran continuas, así que el tándem Simon/Kirby no dudaba en aprovechar cualquier oportunidad para conseguir trabajo extra como freelancers, aunque eso entraba en conflicto con su trabajo en Timely, tanto de intereses como de horarios. Ambos autores, quienes se habían prometido a sí mismos no volver a experimentar la pobreza que sufrieron de pequeños, no dudaron en llamar a Jack Liebowitz, el jefazo máximo de DC Comics que ya les había tanteado en alguna que otra ocasión, prometiéndoles la mareante cifra de 500 dólares a la semana. Sin dudarlo, Jack y Joe alquilaron una habitación de hotel en el centro, en la que desarrollaban conceptos y dibujaban páginas para DC por la noche. Al poco tiempo, la práctica se había vuelto tan habitual que incluyeron en sus rutinas viajes al hotel durante las horas de la comida para aumentar sus ingresos aún más, aunque ello supusiera tener que contratar más gente en Timely para que hicieran lo que ellos no podían hacer por estar trabajando para DC. El jovencísimo Stan Lee sabía que sus mentores se traían algo entre manos, y con su insistencia natural consiguió convencerles en que le dejaran acompañarlos a su base secreta. Pocos días después, Martin Goodman descubrió la doble vida de los creadores del Capitán América, despidiéndoles de inmediato. Kirby, estaba convencido de que el delator había sido Stan Lee, jurando puro en mano (como si del origen de un supervillano se tratara) que “la próxima vez que vea a ese jovencísimo hijo de puta, voy a matarle”.

Para finalizar esta breve historia (recordemos, a comienzos de los años cuarenta) es interesante comentar dos cosas. Una: Stan Lee no fue el chivato. Y dos: cuando en el futuro se hable de los claroscuros y actividades imperdonables de Stan Lee cuando era el Editor en Jefe de Marvel, sería interesante no olvidar los claroscuros del propio Jack Kirby en su pasado. Unos se suelen reiterar y catalogar como imperdonables y los otros se suelen olvidar por completo. En el término medio y, por supuestísimo, el contexto histórico de cada época del comic, es donde quizás debamos encontrar la reflexión final.

 

Retomamos la historia del joven Stan, ahora ya sin Jack y Joe de por medio. Porque el destino (o la avaricia de sus tutores y la mano de su tío) había hecho que a los dieciocho años de edad se convirtiera en el Editor Jefe de Timely Comics. Con su entusiasmo jovial y al frente de su Bullpen, Lee telefoneaba a sus dibujantes para dictarles las historias que quería contar mes a mes y accedía a las exigencias de su tío Goodman, cumpliendo con todas las fechas de entrega con una actitud y aptitud impropias de alguien de su edad. Timely iba viento en popa a toda vela y costaba imaginar algo que pudiera hundir el barco. Sin embargo (y ahora verán que el juego de palabras naval no está escogido aleatoriamente), poco después Japón bombardeó Pearl Harbor y, uno detrás de otro, Carl Burgos, Bill Everett, Syd Shores o Stan Lee[2] fueron reclutados por su país para participar en la Segunda Guerra Mundial. Lee no viajó a Europa, sino que sirvió como miembro de los Signal Corps, reparando postes de teléfono y otro equipamiento de comunicación. Después, fue transferido a la Training Film Division, en un puesto para el que estaba más cualificado, escribiendo manuales, películas de entrenamiento, slogans publicitarios y de vez en cuando alguna tira cartoon. A pesar de la situación, Lee todavía tenía tiempo de escribir varios guiones de Captain America, los cuales mandaba por correspondencia a la editorial, contribuyendo al éxito de convertirlo en el cómic más vendido de los USA durante los años de guerra, con hasta 25 millones de copias vendidas. 

Al frente de Timely se quedó Vincent Fago, también responsable de la sección de cómics de animación, quien potenció el catálogo editorial con varios cómics de humor y de animales cómicos antropomórficos hasta el regreso de Lee, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial casi tres años más tarde. A la vuelta de este último, Timely se había mudado al mucho más impresionante Empire State Building y el Bullpen había crecido exponencialmente. Editores, guionistas, dibujantes y entintadores trabajaban al unísono para asegurarse de que la máquina no se paraba y nuevos talentos como John Romita, Gene Colan o John Buscema llamaban a/derribaban la puerta.

En este escenario post-WWII, el interés por los cómics de superhéroes que habían brillado durante la Edad de Oro empezó a decaer, todo ello sumado a un primer intento social de estigmatizar los cómics asociándolos con los picos de delincuencia juvenil de los Estados Unidos post-Guerra (en los años cincuenta este estigma iría a peor, mucho peor). Pero Lee no se dio por vencido. Sí, tenía que contentar al ya multimillonario Martin Goodman firmando guiones de Tessie The Typist, Nellie The Nurse o, por supuestísimo, Millie The Model, la gran creación de la nunca suficientemente bien valorada Ruth Atkinson, co-creadora también de Patsy Walker junto a Otto Binder. Pero también sacaba tiempo para continuar con la producción de cómics de superhéroes. A su estilo, claro. Y en su estilo estaba “quitarse de en medio” a Bucky Barnes, ya que como años más tarde declararía The Man, “siempre he odiado a los sidekicks en los comics”. También, valiéndose de sus poderes como Editor en Jefe, archivó al fondo de un armario todas las páginas de inventario que se habían generado durante la época de Vincent Fago, creadas para poder utilizar en caso de emergencia y/o retrasos. Lee pensaba que aquellas páginas habían envejecido mal y que era preferible apostar por material nuevo de los Romita, Buscema, Colan y compañía. Quién le iba a decir que esta decisión le iba a costar un disgusto años más tarde…

El cambio de década, de los cuarenta a los cincuenta, fue agridulce para Stan Lee a nivel personal. En 1947 conoció a Joan Boocock, una famosa modelo de sombreros del área metropolitana de New York. Lee, nada más verla, le profesó su amor asegurándole que llevaba dibujando su cara desde pequeño, incluso antes de conocerla. Esto, sin duda, hubiera sido algo realmente digno de verse dado el carisma desbordante del jovencísimo Lee. Como consuelo, hay varios videos en YouTube en los que el propio protagonista recuerda este primer encuentro, con una grandilocuencia y calor humano envidiables. El hecho de que ella estuviera ya casada no fue un impedimento para que Lee le pidiera matrimonio dos semanas después de empezar a salir. Joan no dudó en decir que sí y, pocas semanas después, voló a Nevada para divorciarse de su primer marido y, a continuación, casarse con Stan Lee en la sala continua del juzgado, oficializado todo ello por el mismo juez. Eso sí, no hubo luna de miel. Stan tenía mucho trabajo que hacer. En 1949, la madre de Stan Lee fallecía, lo que significó que Larry Lieber (todavía de quince años) se iría a vivir con el matrimonio Lee a su casa de dos pisos en Long Island, cerca de la residencia Goodman. Iniciada la década de los cincuenta, las noticias vendrían también con felicidad bipolar. Al feliz nacimiento de su primera hija (Celia, 1950) le acompañó la desgracia de la muerte de la segunda hija (Jan, 1953) a los tres días de nacer. Un varapalo para el matrimonio, que continuaría junto toda la vida hasta el fallecimiento de Joan en 2016. La importancia de Joan en la vida personal de Lee no es menor, pero tampoco lo fue en el apartado creativo, ya que como cuenta la leyenda, fue quien inspiró a Lee a intentar algo nuevo y crear los Cuatro Fantásticos. Además de poner voz a Madame Web en la serie de animación de Spiderman de los noventa o a varios otros personajes, todos los Marvel Zombies pudimos verla haciendo un cameo junto a Stan Lee en X-Men: Apocalipsis, en 2016.

Pero el cambio de década también iba a traer el primer gran disgusto profesional de Stan Lee. Cuando Goodman descubrió en lo alto de un armario material almacenado por valor de 100.000 dólares, ordenó a Stan Lee darle salida inmediatamente, aunque para ello tuviera que prescindir durante varios meses del trabajo de todos los colaboradores que poblaban el Bullpen 2.0 en el Empire State Building. En febrero de 1950, todos los trabajadores de Timely pasaron uno por uno por el despacho de Stan Lee para recibir la noticia del despido y la explicación de que, por su propia decisión previa de almacenar ese material, ahora tenía que despedirles. Pero no había tiempo para sentimientos de culpa, ya que las tendencias y gustos en la demanda del cómic habían cambiado respecto a hacía más de cinco años. Los cómics de guerra y de horror (al albor del éxito de las producciones de EC Comics) exigían que, justo después de despedir a casi toda la plantilla, Lee tuviera que volver a contratar autores en forma de freelance. La seguridad sobre la estabilidad había estallado por los aires, pero no había tiempo para pararse a pensar sobre ello, acompañado por el hecho de un nuevo cambio de oficinas (a Madison Avenue) y la decisión de Goodman de distribuirse a sí mismos, a través de la recién bautizada Atlas. Y es que Timely, al fin y al cabo, no eran solo cómics, sino que el número de publicaciones sumaba casi sesenta productos tan diversos como revistas de cotilleo, librillos pulp con sopas de letras y crucigramas o revistas de consejos para hombres y mujeres. Cuatro años después, la editorial había capeado el descenso de ventas post-WWII y el drama del despido masivo, y a Stan Lee le había dado tiempo a crear a Rawhide Kid junto a Bob Brown (en Rawhide Kid #1, 1955), subiéndose al carro de la nueva moda de cómics western.

En este punto de la historia, todavía a seis años vista del debut del primer número del Cuarteto Fantástico, todas las biografías se detienen en este punto (abril de 1954) para enfatizar otra de las facetas de interés de la figura de Stan Lee, como gran defensor del cómic tanto como medio como entretenimiento. Con la publicación de La Seducción del Inocente, el ensayo del psicólogo infantil Frederic Wertham, la sociedad norteamericana ponía el foco sobre los tebeos acusándoles de ser responsables directos de los índices de criminalidad adolescente. Pocas semanas después, para gloria, fama y dinero de Wertham, el Senado de Estados Unidos creó un subcomité para estudiar el tema, incluyendo al propio psicólogo, experto en descontextualizar con ejemplos puntuales de cómics de crimen, horror y muertes. Ni siquiera el alegato de Martin Goodman ante la comisión ni de William Gaines (dueño de EC Comics donde, ahí sí, la violencia campaba a sus anchas como metáfora del conformismo familiar norteamericano) sirvieron para apaciguar los ánimos, que llegaron a la primera plana del New York Times. Este tema tocó de cerca a nuestro protagonista. Cuenta la leyenda que durante estos años el propio Stan Lee tuvo un debate público con Wertham, pero no hay rastro documental de tal suceso (ni grabado ni escrito), así que podemos intuir que esta discusión cae dentro de la ficción hipérbole tan habitual de Stan Lee, aunque igualmente habría sido algo digno de verse. Afortunadamente, sí que hay numerosas declaraciones que conviene recordar, porque a pesar de que hayan transcurrido sesenta años no pierden vigencia.

Wertham decía que los cómics eran los responsables de todos los chavales descarriados de la época. Fue bueno para él, porque consiguió mucha publicidad gratuita, pero fue terrible para los cómics. Debatí con él en varias ocasiones, en radio y en universidades. Para mí era muy deprimente, porque él había sido uno de mis héroes cuando yo era pequeño. Muy poca gente lo sabe, pero él también había escrito otros libros antes de escribir la Seducción del Inocente”, recordaba Lee. “Uno de esos libros, no sé por qué, lo leí con catorce o quince años. No era lo que solía leer, pero lo leí. La historia era de un niño que mataba a su madre. Era algo terrible. Un caso psicológico. Un caso real. Lo leí y me parecía que estaba tan bien escrito, de forma tan educativa… Una historia fantástica. Desde entonces me fijé en su nombre, y pensé que ese escritor tenía que ser una persona fantástica. Y luego… Creo que fue un oportunista que me decepcionó bastante”. En la misma línea, el propio Stan se dirigía a sus lectores (mucho antes de la Era Marvel) en la sección de cartas de Timely/Atlas. “A los editores de esta revista nos gustaría preguntaros algo importante. ¿Por qué nos leéis? Creemos que la respuesta es porque os gustan los cómics y os gusta leer este cómic en particular. Queremos ayudaros a proteger el derecho a comprar y leer vuestros cómics favoritos, siempre y cuando no contengan nada que os pueda hacer daño”. (A continuación, incluimos una de estas cartas, que además incluyen todos los personajes de la editorial de por aquel entonces).

Pero dejamos lo mejor para el final. Y es que Lee no pudo evitar emplear las páginas de los cómics de Timely para ridicular y mofarse de Wertham en dos ocasiones, en dos pequeñas perlas que pasaron a la historia. En la primera de ellas, en Menace #7, Stan Lee y el legendario Joe Sinnott ridiculizaban la idea de forma retórica. Un padre prohibía a su hijo de diez años leer una historia de peleas entre vampiros y hombres lobo (“I told you never to read these crummy weird comics any more!”), obligándole a leer libros, que son mucho más sanos. Para convencerle, el padre en cuestión, al pie de la cama del chaval, se pone a leerle… ¡¡Hansel y Gretel!! Sinnott brilla dibujando estas páginas en la que dos jovencísimos hermanos queman a una bruja truculenta en una cabaña de lo más dulce. El chaval, por supuesto, encantado. Y los lectores y Lee, ídem. Pero no se vayan, porque aún hay más (Raving Maniac, Suspense #23). Lee y Joe Mannely[3], donde ambos dinamitan el cuarto muro y presentan a una irascible pseudo-Wertham, quien entra en el Bullpen para poner una queja sobre los cómics y acaba siendo muy, muy ridiculizado. Oro puro.

Como nuestros lectores sabrán, el maremágnum Wertham acabó con el cierre de casi veinte editoriales de cómics, mientras las supervivientes se asociaban para fundar la Comics Magazine Association of America, que redactó el Cómics Code Authority (CCA), para regular la violencia y muerte en los cómics, en un estilo similar al Hays Code que hacía lo mismo con el cine. Pero Lee tenía una visión muy clara de cómo iba a afectar eso a Timely. “A nosotros el CCA nos afectó muy, muy poco. Las dos cosas que el Code quería prevenir es el exceso de violencia y la palabra “sexo”. Nosotros no nos especializábamos en esas cosas. Nunca he sido un fan de la violencia. Yo diría que nuestros cómics eran de acción, de aventuras… No los consideraba violentos. Estoy contento de poder decir que en mis cómics nunca ha habido algo que los padres o los niños podrían considerar dañino. Y claro que no hacíamos nada de sexo. Así que el Code no nos cambió gran cosa. Al principio dijeron que no querían historias de horror, y de eso sí publicábamos alguna cosa en Journey Into Mystery y demás. No creo que estuviéramos haciendo nada mal con ello, pero sí que dejamos de publicarlo. El Code estaba tan ansioso por demostrar que iba a limpiar el terreno que intentamos empatizar con ellos y llevarnos bien y eliminamos esas historias durante un tiempo”. Quince años después, cuando el CCA le puso problemas a Stan Lee para publicar la famosa saga de las drogas en Amazing Spider-Man, Lee no dudó en imprimir esa historia sin el sello del Code. ¿El resultado? Un éxito absoluto.

Pero aunque en Timely/Atlas consiguieron regatear más o menos bien este temporal sin muchas bajas, la desgracia volvería a cebarse con la editorial un par de años más tarde. En 1956, Goodman había cerrado un acuerdo con American News Company para distribuir todos sus cómics, abandonando la auto-distribución de los seis últimos años. Sin embargo, a raíz de una investigación federal anti-monopolio, American News entró en bancarrota y cerró un año más tarde, dejando al “Imperio Timely” sin una forma de llegar a los quioscos. “Por alguna razón, no pudimos dar un paso atrás y volver a auto-distribuirnos. Así que acabamos, y esto es muy irónico ahora, pidiendo ayuda a National Comics, que hoy en día es DC Comics. Eran nuestro mayor competidor, y tuvimos que pedirles que distribuyeran nuestros cómics. No recuerdo la cifra exacta, pero nosotros solíamos publicar unos treinta o cuarenta cómics al mes, pero ellos tan solo nos dejaron publicar ocho”, recordaba Lee.

De nuevo el drama se cebó con la redacción y el staff editorial en forma de despidos masivos, que tuvo que comunicar el propio Stan Lee en persona por segunda vez en su carrera, a los 35 años de edad. Familias con las que había cenado, compañeros con los que había compartido tantas vivencias… Todos sus colaboradores se fueron a la calle, incluido algunos que juraron no volver a trabajar nunca más con él (como John Romita…). Quizá (y esto es terreno de la especulación) estos momentos tan duros sirvan para explicar algunas decisiones futuras y colaboraciones de The Man. Al despido masivo tan solo se salvó Joe Maneely (Casper The Ghost, Melvin the Monster), cuya posterior muerte dejó a Lee sin su amigo y a Timely sin su dibujante más prolífico. Para sustituirle y poder sacar adelante la producción centrada en la nueva moda (ciencia ficción), Lee acudió a dos antiguos colaboradores. A un joven Steve Ditko con quien ya había trabajado brevemente durante los años de auto-distribucción y a un antiguo mentor que respondía al apellido de Kirby.

Inciso: Jack Kirby, al regreso de la Segunda Guerra Mundial (pisó Omaha Beach poco después del Dia-D), Kirby y Simon habían continuado su colaboración, trabajando como dos nómadas de editorial en editorial, poniendo de moda el subgénero romántico e inventando The Fighting American en un intento de competir con Timely y el Capitán América que precisamente ambos habían creado. Pero para cuando decidieron crear una editorial propia para tener más beneficio, el terremoto Wertham les hizo desaparecer del mapa y ambos amigos partieron por caminos diferentes. Simon a la publicidad y Kirby a DC, a trabajar en Green Arrow y a crear los Challengers of the Unkown. Kirby tuvo problemas legales y de royalities con el editor de DC Jack Schiff con el que Kirby había comenzado la tira de prensa de Sky Masters, y fue despedido. (Nota histórica: como se puede comprobar, no solo fue con Marvel con quien Kirby tuvo problemas legales. Si contextualizamos cada época se pueden encontrar más ejemplos). Así que cuando recibió la llamada de Stan Lee… no dudó en decir que sí.

Strange Tales, Tales of Suspense, Tales of Astonish (Groot debuta aquí, en la era pre-Marvel, siendo una co-creación de Lee, Lieber y Kirby)… Lo que empezó (o, mejor dicho, volvió a empezar) como colaboraciones puntuales del tándem Lee/Kirby acabó convirtiéndose en una relación de interés y dependencia mutua, sobre todo cuando  Ambos se necesitaban. La industria del cómic se estaba hundiendo, y ni siquiera la recién inaugurada Edad de Plata en DC Comics aumentaba las cifras de venta. La competencia de la televisión con el cambio de década era muy fuerte y el número de editoriales que cerraban mes tras mes daba miedo. Para Lee, Kirby era su hombre confianza y una máquina prolífica de producir páginas (un par de años más tarde, en 1962, Kirby firmaría más de 1200 páginas en un solo año). Para Kirby, Lee era su editor y su fuente de supervivencia. Y ambos coincidían en que debían hacer algo si querían tener un futuro, tenían que hacer algo. Para Lee, quizás abandonar el barco e intentar escribir novelas podría ser una opción…

En este punto de la historia se dio la famosa, repetida y aparentemente incluso ficticia partida de golf entre Martin Goodman y Jack Liebowitz, editores de Timely y DC Comics respectivamente. El famoso chivatazo sobre la Liga de la Justicia. La petición de Goodman a su sobrino de que replicara la idea. Y los ánimos y consejos de Joan Lee a su marido para que lo intentara a su manera. Porque, total… ¿qué podía salir mal? Esta parte de la historia, primer capítulo de la Biblia Marvel, ha sido contada y recordada en numerosas ocasiones, así que no será en estas páginas donde se recuerde una vez más. Pero su consecuencia, la publicación del primer número de los Cuatro Fantásticos, iba a cambiar el mundo del cómic y la vida de Stan Lee. Mañana continuaremos analizando los primeros años de la Era Marvel, no exentos de altibajos, claroscuros y, por supuesto, héroes.

[1] Panini Comics y SD Distribuciones han publicado dentro de la línea Marvel Limited Edition un tomo recopilatorio con los ocho primeros números USA de este primer volumen del Capitán América, inéditos en nuestro país, incluyendo esta primera aportación de Stan Lee.

[2] Martin Goodman también fue reclutado, pero supo/pudo mover los hilos para evitar cualquier tipo de conflicto y sus tareas se redujeron a patrullar la localidad residencial de Woodmere (Long Island), asegurarse de que no hubiera luces por la noche y, ya que estaba, cambiar el orden de los cómics en los quioscos locales para poner en primera fila todos los del Capitán América…

[3] La mayoría de los análisis de estos años pre-Marvel coinciden en torno a la figura de Mannely, el mejor amigo que tuvo nunca Stan Lee en la industria y quien, si no llega a ser por su muerte prematura al final de los cincuenta, podría haber sido tan grande como Jack Kirby y Steve Ditko y haber recibido los encargos más importantes de la editorial.