Los 4 Fantásticos de John Byrne, una de las mejores etapas de Marvel Comics de la historia

La etapa de Byrne al frente de la Primera Famila está considerada una obra maestra, pero... ¿es eso algo real o algo muy exagerado

 En 1981, cuando se cumplian veinte años desde que Stan The ManLee y Jack The KingKirby crearan Los 4 Fantásticos y el Universo Marvel, la serie regular que narraba las aventuras del cuarteto fantástico no pasaba por su mejor momento. En algún momento indeterminado del pasado había sido superada por el trepamuros arácnido primero y por los mutantes segundo como la serie franquicia de la editorial y la favorita de los aficionados. Un perjudicial y continuo baile de autores (en ese momento eran un acartonado Doug Moench y un novato Bill Sienkiewicz los encargados de una cada vez más anodina serie regular), unos personajes anclados en el pasado y una repetición infinita de patrones espantaban a lectores veteranos y neófitos por igual.

En un momento de lucidez empresarial, el por entonces Editor Jefe Marvel Jim Shooter concedió la serie a John Byrne. El dibujante (y co-argumentista) de The Uncanny X-Men estaba en el punto álgido de su carrera como ilustrador, pero había puesto punto y final a su colaboración con el patriarca mutante, Chris Claremont, aduciendo diferencias creativas sobre el futuro de la serie mutante. De esta forma se cerraba un ciclo de exitosas colaboraciones en Iron Fist, Marvel Team-Up y la cabecera mutante (aunque años más tarde y apelando a la nostalgia se reunirán de forma breve para relanzar X-Men o un arco argumental en la JLA).

 

La apuesta de John Byrne como dibujante de Los 4 Fantásticos no ofrecía ninguna duda (sus trabajos recientes en Capitan America o Los Vengadores le avalaban), aunque el recorrido que el canadiense pudiera ofrecer como guionista era una incógnita. Pero John Byrne tenía un detalle a su favor. El canadiense, así como el mencionado Claremont y figuras como Roger Stern, Peter David o Mark Gruenwald, formaba parte del primer estrato generacional creativo que había crecido en la infancia leyendo y devorando mes a mes los comics Marvel. Este perfil creativo tomó el relevo a la segunda promoción de autores Marvel que había dominado la década de los setenta (los Roy Thomas, Steve Englehart, Marv Wolfman, Len Wein…) y consiguió no sólo aumentar la calidad de las historias sino su relevancia en el medio. A diferencia de estos últimos autores, el amor de John Byrne por los personajes Marvel estaba intrínseco en su adn creativo y eso iba a quedar patente en su producción. Se puede decir que John Byrne llegaba al Edificio Baxter con la maleta cargada de sueños.

Sin embargo, excepto Jack Kirby (y un poquito los dos Jims: Steranko y Starlin), los autores completos no eran una realidad ni una garantía de éxito a principios de los ochenta, aunque ese era otro de los convencionalismos que Byrne iba a derribar, deseoso de desmarcarse de la creencia de que la gloria mutante radicaba única y exclusivamente en el carisma de los personajes, los dibujara quien los dibujara.  El buen hacer del canadiense como autor completo (guión, dibujo e incluso tintas) iba a convencer a Jim Shooter de consolidar esta práctica que unos meses había iniciado con Frank Miller en Daredevil y apostar también por ejemplo por Walter Simonson para The Mighty Thor. Ambos firmarían las que probablemente sean las mejores etapas de los respectivos personajes.

Primeros pasos, lentos pero seguros.

Retorno a los Orígenes (Back to the Basics!, Fantastic Four Vol. 1 232, VII 81). Así rezaba el primer capítulo de John Byrne al frente de la serie. Su estancia se iba a prolongar durante 61 números, tiempo más que suficiente para renovar los cimientos de la mitología del cuarteto, tanto dentro como fuera de las viñetas, desde aspectos tan inamovibles como la alineación del grupo hasta detalles menos apreciables pero igual de revolucionarios como la actualización de los uniformes del grupo o un nuevo edificio que les sirviese de cuartel general. Tras unos primeros números un tanto grises en los que John Byrne tomaba el pulso a la serie, la calidad de esta fue in crescendo hasta convertirse en una serie referencia en el Universo Marvel. Las inquietudes de ciencia-ficción de John Byrne (devorador compulsivo de series como The Twilight Zone o Star Trek) le impulsaron a llevar al cuarteto fantástico a los rincones más profundos del cosmos y de la Zona Negativa en una sucesión de historias entretenidas, maduras y excelentemente dibujadas, en las que nos da su repaso personal de la mitología del grupo.

Quizás no sean las historias más originales que hayan surgido de su mente, pero la perspectiva histórica nos demuestra que fue una mejora significativa respecto a los años anteriores de la serie, durante los cuales se repetían sin cesar las mismas pautas: Ben Grimm y Johnny Storm discutían hasta que aparecía el villano de turno sacado del baúl de los recuerdos Marvel, a quien para derrotar Reed Richards debe inventar el artilugio definitivo mientras La Chica Invisible hace honor a su nombre en los bordes de las viñetas. Ese patrón había pasado a mejor vida y ahora los cambios radicales estaban no sólo permitidos sino bienvenidos. Enemigos de tamaño XXL como Ego El Planeta Viviente o miniaturizados como el Doctor Muerte de una de sus sagas más recordadas (¡Terror en una pequeña Ciudad!, FF 236, XI 81) fueron el preludio a la primera saga ambiciosa de Byrne, en la que Galactus debe ser salvado por Reed Richards (lo cual le traería problemas más adelante) y Frankie Raye (novia de Johnny y, gracias al guiño de Byrne, hija de Phineas Horton, creador de la Antorcha Humana original) se convierte en heraldo del devorador de mundos bajo el nombre de Nova.

En 1983, Byrne comenzó a encargarse de Alpha Flight (más por egoísmo que por ganas) y de los guiones de la nueva serie de La Cosa (donde plantó las primeras dudas por parte de Ben sobre su futuro junto a Alicia Masters). A pesar del triple esfuerzo que ello le suponía, consiguió seguir adelante con semejante producción mejorando su método de dibujo, en el que en vez de hacerlo primero a lápiz y luego a tinta, entintaba directamente sus comics a la primera. A cambio, supuso una creciente  ausencia de fondos en los números venideros que el excusó argumentando que no pensaba dibujar más fondos para que luego quedasen tapados por la incompetencia del rotulista. Invitados especiales de todo el Universo Marvel como Spiderman, Daredevil, Los Vengadores, La Patrulla-X o El Doctor Extraño (además de Gladiador, el pseudo-Superman marvelita cuyo elegante manejo por parte de Byrne profetizaba tiempos futuros) y varios crossovers con sus propias series o con Los Vengadores de su amigo Roger Stern. La fórmula del tebeo de superhéroes de Marvel, remitiendo directamente a los tiempos de Stan Lee, estaba funcionando y había conseguido que los superhéroes, de pronto, volvieran a tener alma y no le temblaba el pulso a la hora de matar a Terrax y al Doctor Muerte si lo creía conveniente. Y además, lo mejor estaba por llegar.

Llega… el Juicio a Reed Richards

1984 era el año en el que John Byrne iba a dejar su sello más personal en la serie. Y nunca mejor dicho, porque la primera viñeta que nos daba la bienvenida al nuevo año estaba protagonizada por… ¡el mismísimo John Byrne! (FF 261-262, I 84). Tan egocéntrico como innovador, no dudó ni un segundo en romper el cuarto muro para convertirse en testigo de primera fila de la saga más ambiciosa de su periplo en la cabecera fantástica: el Juicio a Reed Richards. La destrucción del Imperio Skrull y de sus siete mil millones de multiformes verdes por obra y gracia de Galactus unas entregas antes (FF 257, VIII 83) supone que razas estelares de los cuatro rincones de la galaxia se reúnan para enjuiciar a Reed Richards, quien en un arrebato altruista había salvado a Galactus de la muerte (FF 244, VII 82). Con Lilandra Neramani presente, la ejecución de Mister Fantástico parece cuestión de minutos y tan solo la injerencia providencial de El Vigilante (una más…), del rey asgardiano Odin, del propio Galactus y de Eternidad salvan la vida de Reed Richards, quien dedujo antes que nadie que la existencia del devorador de mundos en el universo responde a la conservación del equilibrio de un orden superior que debe permanecer inalterado.

Al respecto, Byrne comentaba: «En la primera historia de Galactus, Stan [Lee] hizo que El Vigilante hiciera una declaración muy importante: “Galactus no es el mal. Él está más allá del bien y del mal”. Eso realmente me impresionó y cuando Shooter me dijo que una de las cosas que necesitaba hacer era ‘salvar’ a Galactus (que se había convertido en poco más que un malo cósmico) seguí esa línea en un plano general. Galactus juega un rol importante en el universo como un todo y por ello no se le puede dejar morir. ¡Hay cosas mucho más grandes que nosotros ahí fuera!. Dicho y hecho. Neoclásico instantáneo para empezar el año.

Las siguientes entregas (FF 263-264, II/III 84) servirán de prólogo a Secret Wars. Con un salto temporal de cuatro meses, del espacio exterior viajamos al interior de La Tierra para que Byrne nos de su propia interpretación del más pequeño enemigo de Los 4 Fantásticos: El Hombre Topo. Y es que, sutilmente, el autor aprovechó su estancia en la serie para aportar su acertada visión de los secundarios de lujo de los que consta la mitología fantástica. A la visita anual de los Inhumanos o las incontables apariciones del devorador de mundos, se les unían cameos varios de Estela Plateada, Pantera Negra, Namor, Annihilus, El Doctor Muerte, El Amo de las Marionetas, los Skrull, Diablo y un largo etcétera. Pues bien, había llegado el momento de recuperar al primer villano de los 4F y del Universo Marvel. Respetando continuidades anteriores y dedicando un par de páginas a recordar al lector sus últimas apariciones (una añorada práctica en desuso actualmente), el bueno del Hombre Topo actúa como aliado en una historia que le sirve a Byrne para hacer un guiño a su amigo (e influencia) Neal Adams y a sus extrañas teorías geoterraqueas. Bajo el seudónimo nada disimulado de Alden Maas, nos presenta un peculiar científico tiene apoya la teoría de que la deriva continental es un error y que el enfriamiento del núcleo de la tierra ha hecho que La Tierra deje de expandirse, amenazando el futuro de la población humana. Una díscola teoría (en boga durante aquellos años) que al menos sirve de excusa para asistir, muchos lustros después, al regreso del monstruo con el que los por entonces novatos Cuatro Fantásticos tuvieron que  luchar en su primera aparición pública. Johnny Storm y Ben Grimm salen ilesos de esta intrascendente aventura, aunque eran inconscientes de que sería la última que compartirán durante mucho tiempo en estas páginas, ya que las Secret Wars se iban a interponer en su camino. ¡Y de qué manera!

Como se vio en The Thing #10 (IV 84), Mr. Fantástico, La Cosa y La Antorcha Humana eran secuestrados por una enigmática energía que les llevaría al mundo del Todopoderoso, mientras una embarazada Sue Storm se quedaba atrás preocupada por el destino de sus compañeros. Tan sorprendida como los lectores, en la siguiente entrega (FF 265, IV 84) asistía al “día después” de las Secret Wars (un año antes del verdadero final de la maxi-serie). Pero algo había cambiado. John Byrne, guionista de la serie regular de La Cosa, había decidido que sería una buena idea que Ben Grimm permaneciera fuera de la órbita del grupo durante una temporada para profundizar en la esencia del personaje en solitario.Pronto me dí cuenta de que las buenas historias de La Cosa eran, por definición, buenas historias de Los 4 Fantásticos. Así que decidí separarlo del grupo una temporada (inicialmente había pensado doce números) con tal de que La Cosa pudiera desarrollar su propia identidad. Y ahí es cuando las Secret Wars fueron algo útil.  

Y dado que Los Tres Fantásticos no tiene mucho gancho y hubieran tenido que cambiar las tarjetas de visita, Los 4F volvían a la Tierra con un nuevo miembro en sus filas: Hulka. El escepticismo inicial (¿sería esta incorporación otra frivolidad made in Byrne?) se convirtió rápidamente en una genialidad y ahí comenzó un idilio entre John y Hulka que duraría muchos años más (Novela Gráfica y serie durante dos etapas incluida). Todo un acierto con un personaje que tan sólo contaba cuatro años en su haber desde que Stan Lee y John Buscema lo creasen a comienzos de la década y que, aparentemente, no apuntaba tan alto como otras creaciones féminas de la misma época como la promocionada Dazzler, la joven Kitty Pryde, la enigmática Elektra o la vengadora Capitana Marvel.

Sin embargo, el ritmo frenético de la serie apenas dejaba tiempo para las presentaciones y en los siguientes números éramos testigos a uno de los momentos más bajos de la historia personal del grupo. Sue Richards perdía a su hijo.  A pesar de los esfuerzos de Reed Richards por encontrar una cura (como ya hiciera en el caso del primer embarazo de su mujer), las radiaciones cósmicas de la Zona Negativa (donde fue concebido) fueron demasiado y Richards llegaba tarde: Me temo que perdió el niño hace media hora. Impresionante jarro de agua fría que tan solo el tiempo y la suma conjunta de los esfuerzos de Chris Claremont primero y Carlos Pacheco después han conseguido hacer olvidar con la creación de Valeria.

Junto a las muertes (luego “arregladas”) de Reed Richards, Ben Grimm y Johnny Storm en distintos momentos de los cincuenta años de historia, podríamos asegurar sin temor a equivocarnos que este ha sido el momento más bajo de la historia del grupo. Curiosamente, John Byrne decidió no ahondar en exceso en este trágico momento y las secuelas apenas ocuparon un par de viñetas y globos de pensamiento en sucesivas entregas (algo en lo que a buen seguro Chris Claremont hubiera ahondado no pocas veces). Y es que el siguiente número (FF 268, VI 84) estaba centrado en su práctica totalidad en una pelea entre La Antorcha Humana y Hulka contra la máscara del Doctor Muerte, primera pista de que el bueno de Víctor no estaba tan muerto como nos habían hecho creer (si, había aparecido vivito y coleando ya en las Secret Wars, pero ese “error de continuidad” es un tema para otro día…).

Como comentábamos previamente, el brainstorming vertiginoso de un Byrne en estado de gracia hacía que la práctica totalidad de las ideas que se le ocurrían tuvieran un efecto positivo. El desasosiego y el ritmo contribuía a una aparente pérdida del rumbo de la serie, sensación provocada conscientemente por el guionista. De esta forma y mientras la chispa de la vida del vástago Richards se difumina, un atónito lector asiste incrédulo al nacimiento de un nuevo romance: el de Johnny Storm y Alicia Masters, amigo y ex-novia de La Cosa respectivamente. Uno no puede evitar preguntarse qué habría pasado si Internet hubiera existido por aquel entonces, ya que a buen seguro la ira colectiva de los amantes del statu quo inmutable habían pedido la cabeza del canadiense por atreverse a semejante afrenta. La ausencia del miembro pétreo del grupo, feliz en su soledad a años luz de distancia, permite que paulatinamente Johnny y Alicia se refugien uno en el otro hasta un punto de no retorno. Curiosamente, a pesar de las no pocas dudas que transmiten ambos personajes desde dentro de las viñetas, la historia está contada desde una forma tan orgánica y natural que no son pocos los lectores que acabarán convencidos de la genialidad a la que eran testigos. Además, este giro argumental insufló nueva vida a dos personajes encasillados. Johnny estaba encerrado en su eterna noria de ligues intrascendentes y tanto Ben como Alicia llevaban años repitiendo patrones unidimensionales (las eternas dudas de Ben sobre su futuro) que cansaban al lector, deseoso de lecturas más maduras. Años después, cuando esta relación fuera a ser retro-anulada, iban a correr los mismos ríos de tinta furiosos, muestra inequívoca de que John Byrne había hecho bien su tarea.

El anual de este año (#18, VIII 84) le sirvió a Byrne para revisitar su saga más conocida, La Saga de Fénix Oscura, y atar un cabo suelto que no le dejaba dormir. Bel-Dann y Raksor, el guerrero kree y el multiforme skrull, fueron observadores de sus respectivos imperios durante la saga que cambió el destino de la Chica Maravillosa. Pero, ¿qué fue de ellos? John Byrne, acompañado de Mark Gruenwald y con los dibujos de Mark Bright, se propuso dar respuesta a este dilema. Ambos contendientes habían mantenido una batalla, tan equilibrada como eterna, bajo la promesa caduca de que el ganador de esta contienda inclinaría definitivamente la balanza de la guerra entre imperios. Aprovechando la boda de Rayo Negro y Medusa, Los 4 Fantásticos viajan a la Luna y el bodorrio es interrumpido, como no podía ser de otra forma, en el peor momento posible y el cuarteto debe aliarse con los Inhumanos (y una nueva ayuda de Uatu) para hacer entrar en razón a ambos guerreros y obligarles a creer que una colaboración sería más fructífera que una batalla. Este anual no es ninguna obra maestra y la presencia del cuarteto es testimonial, pero al menos perpetúa la tradición de accidentados enlaces marvelitas con mucha dignidad.

La siguiente aventura iba a suponer el regreso del bueno de Wyatt Wingfoot, nativo americano con el que Hulka haría buenas migas y que decide pasar una temporada con el cuarteto (curioso que el hecho de que Wyatt nunca gozó de nombre en clave ni de uniforme propio le haya impedido ser considerado como miembro oficial de los 4F). El enemigo de esta saga estructurada en dos partes (FF 269-270, VIII-IX 84) iba a ser Terminus, gigante alienígena y conquistador hiper-desarrollado con la palabra fracasado tatuada en su frente. Terminus se trata del primer personaje creado por Byrne en la serie que realmente haya perdurado en el tiempo. Y es que, si algún pero habría de ponerse a la etapa de Byrne, sería el no haber dejado en herencia ningún nuevo gran personaje que se uniera al panteón fantástico. Muchos de los coetáneos de Byrne dieron rienda suelta a su imaginación durante estos años para dejar un pequeño legado en Marvel como el caso de Frank Miller (Elektra, Nuke), Walter Simonson (Bill Rayos Beta, Rictor), Roger Stern (Capitana Marvel, El Duende), Mark Gruenwald (Calavera, U.S. Agente, Iguana), Chris Claremont (media franquicia mutante), David Micheline (Jim Rhodes, Veneno), Louise Simonson (Power Pack, Apocalípsis), Tom DeFalco (Silver Sable, Nuevos Guerreros, Eric Masterson), Ann Nocenti (Longshot, Maria Tifoidea, Mojo) o Jim Shooter (Todopoderoso, Henry Peter Gyrich). Sin embargo, en este apartado, Byrne tan solo tiene en su haber creaciones tan prescindibles como el mencionado Terminus, el joven y desaprovechado Kristoff Vernard o el enigmático personaje que iba a presentar a continuación: Nathaniel Richards.

La siguiente saga (FF 271-273, X-XII 84) iba a cerrar el año por todo lo alto y donde Byrne iba a intentar repetir el experimento que tan buen rendimiento le dió con sus Días de Futuro Pasado (saga en la que Claremont apenas influyó). En esta aventura se mezclan viajes temporales, relaciones familiares, el viejo oeste y Orson Welles con una elegancia exquisita. En pleno cumpleaños de Mr. Fantástico, el líder del grupo admite que está teniendo problemas para recordar algunos fragmentos de su infancia, excusa que sirve como punto de partida de un flashback en la que Reed Richards recuerda una aventura pre-4F en la que luchó con el monstruo alienígena Gormuu. En esta historia, Byrne aprovecha para canalizar bajo su dibujo el estilo Marvel de los años cincuenta y los comics de ciencia ficción y de horror que imperaban a mitad de siglo. Tras ello, Reed decide que ha llegado la hora de ir tras los pasos de su padre, aunque estos pasos resultan ser una máquina del tiempo que les lleve a una tierra alternativa. Tras el clásico malentendido inicial, asistimos al debut de Nathaniel Richards, y de propina descubrimos que este tiene un hijo pequeño (hermanastro de Reed) y que, posiblemente, sea uno de los ancestros de Rama Tut. Una vez más, se trata de revelaciones interesantes y sorprendentes aunque John Byrne, inexplicablemente, decidió no ahondar más en ellas en los dos años que le quedaban en la serie por delante. Con esta aventura despedimos el año, aunque Byrne todavía tenía mucho más que ofrecer.

Un vistazo al futuro pasado.

El siguiente capítulo es un crossover con la serie regular de La Cosa (pero sin cruzar caminos con el cuarteto) para relanzar las ventas de esta última. Y es que, si bien John Byrne supo interpretar desde el principio el carácter trágico a la vez que cómico de Ben Grimm, las aventuras que se pueden narrar en un mundo prácticamente desértico y desconocido son limitadas, hasta el punto que hubo que recurrir a cameos de Drácula, El Hombre Lobo, La Momia o Frankenstein. No había transcurrido un año desde que el sobrino de Tía Petunia se quedara en el mundo del Todopoderoso y su regreso a la Tierra urgía cuanto antes. Y es que, ¿quién no iba a querer ver la reacción de La Cosa al enterarse del romance que se estaba gestando a sus rocosas espaldas? Porque hasta el más iluso espectador debía capitular a lo evidente. ¡Maldita sea, Alicia! Tengo la impresión de haberme aprovechado de nuestra amistad., afirma Johnny (FF 275, II 85), a lo que Alicia responde: ¿Como puedes pensar así? No somos niños, Johnny. Lo que pasó fue hermoso y pasó porque ambos quisimos que pasase. Y tras tan bellas palabras, los dos jóvenes enamorados se besan.

Por aquel entonces todavía quedaba un año por delante de John Byrne en la colección, pero algunas cosas habían empezado a cambiar. Pequeños detalles inapreciables a primera vista pero que se anidaban de tal forma que el fondo y las formas vaticinaban tiempos de cambio. Por aquel entonces, a principios de 1985, John Byrne comenzó a desarrollar la propuesta que plantearía a DC Comics para relanzar Superman con motivo del nuevo universo surgido tras las Crisis en Tierras Infinitas, un puesto por el que tuvo que competir con otros talentos como Frank Miller, Steve Gerber o Cary Bates. Si bien seguía manteniendo su trabajo al frente de Los 4 Fantásticos, Alpha Flight y La Cosa, comenzó a necesitar ayuda a la hora de entintar sus dibujos, algo  que no había pasado en sus primeros cuatro años de la serie. Al Gordon, Joe Sinnot, P. Craig Russell o Jerry Ordway iban a dar lo máximo de sí mismos para acabar los lápices del maestro, siendo Ordway el único que realmente dio en el clavo, al contrario que las otras combinaciones que restaban fuerza al resultado final. Las discrepancias con el Editor Jefe Jim Shooter, de las que su amigo y editor Mike Carlin apenas podía protegerle, eran el pan nuestro de cada día y cuando John Byrne decidió no renovar el contrato en exclusiva con Marvel para trabajar como freelance (la forma legal para poder colaborar en ambas editoriales) el ambiente era prácticamente irrespirable.

La inercia intrínseca de la colección hacía que los números se escribieran prácticamente solos. En cuanto a los planes futuros, lo que hacía era dejar que los personajes me ‘dijeran’ que querían hacer y yo sentía que era mejor que los planes surgieran de forma natural. ¿Qué deparó el último año de la serie? Tras un ya clásico episodio donde la chica de jade es pillada en topless por un paparazzi, asistimos al regreso de La Cosa a nuestro mundo y a su descubrimiento de la relación entre Johnny y Alicia (con el consiguiente enfado colérico aunque un tanto diluido ya que Byrne decidió dividir las páginas de este capítulo en dos secuencias, narrando una de ellas un batalla contra Mefisto), la destrucción del Edificio Baxter, la “reprogramación mental” de Kristoff para ser el nuevo Dr. Muerte, el regreso de Psicoman, la transformación de Sue Richards en su personalidad malvada y fetichista conocida como Malicia (en su particular Saga de Fénix Oscura) como catalizador de una Susan mucho más madura adoptando la identidad de Mujer Invisible, un cameo de Power Pack, un dramático relato autoconclusivo en el que un niño admirador de la Antorcha Humana se prende fuego así mismo para imitar a su héroe (de hecho el propio Byrne califica este episodio de gran calado humano como uno de sus favoritos), una aparición del Todopoderoso en plenas Secret Wars II, dos crossovers con Los Vengadores de Stern, el regreso de Annihilus y Blastaar, un rocambolesco episodio de viajes temporales para justificar la presencia del Doctor Muerte en las Secret Wars (en teoría su cuerpo había muerto por aquel entonces) y el regreso del dictador latveriano, una excursión al año 1936 para que Nick Furia intente asesinar a Hitler y un fin de etapa descafeinado por culpa del coitus interruptus que supuso su marcha/despido en dirección a la Distinguida Competencia. Su buen amigo Stern acabó su última saga justo a tiempo para el número del 25º aniversario, escrito a dos manos entre Jim Shooter y Stan Lee.

De todos estos capítulos brevemente mencionados, conviene ahondar en uno de ellos en concreto ya que ayuda a poner en perspectiva muchas de las decisiones que se tomaron dentro de las oficinas de Marvel Comics en aquellos momentos. Concretamente, se trata del crossover que sirvió como excusa para el regreso de Jean Grey, La Chica Maravillosa, al mundo de los vivos. Inusual en aquellos días e inevitable en los actuales, el regreso de la mutante pelirroja abrió la puerta giratoria que separa el mundo de los muertos y de los vivos, sentando un precedente de mérito cuestionable. Desde Marvel deseaban sacar una nueva serie mutante protagonizada por los estudiantes originales, dispersados en aquel momento a lo largo y ancho de su catálogo editorial. Sin embargo, la polémica en torno a esta decisión no radica tanto en su propósito, sino en sus formas. En un principio Dazzler iba a tomar el lugar de la fallecida Jean Grey, pero eso no convencía a nadie. Kurt Busiek, oficinista de la editorial, les sugirió la forma de hacerlo, en el que se convertiría en el primer caso polémico de retro-continuidad Marvel (ríete del Mephistazo): Jean Grey nunca había llegado a ser Fénix, y su cuerpo descansaba en un capullo en el fondo de Jamaica Bay desde Uncanny X-Men #100 (de diez años antes). Sin embargo, a la hora de enfocarlo John Byrne optó y dibujó una versión en la que, vía flashbacks, presentaba a una Fuerza Fénix maligna y corrupta desde un principio. Jim Shooter (otro de los implicados en la muerte de Fénix), a pesar de haber aprobado este guión, le ordenó a Byrne cambiarlo y redibujarlo, ofreciendo una cara más amigable y compasiva del ente cósmico. Una diferencia significativa, pero llovía sobre mojado y que supuso la gota que colmaba el vaso para Byrne dentro de la editorial. Sus días en la Casa de las Ideas estaban contados.

Conclusiones y un vistazo al futuro

La salida abrupta (la primera de muchas) de Byrne de la colección dejó a la serie huérfana de rumbo durante un tiempo, en la que los guiones bailaron entre las aportaciones de Roger Stern, Tom DeFalco, Roy Thomas o Steve Englehart hasta que finalmente la llegada Walter Simonson puso algo de cordura a la serie. La perspectiva que ofrece un cuarto de siglo de distancia permite valorar como es debido la aportación, tanto en fondo como en forma, del autor canadiense a la mitología fantástica. Observando el conjunto de lo publicado, se puede constatar que fueron cinco años ciertamente inolvidables e irrepetibles en los que un por entonces novato en los guiones sentó cátedra a la hora de interpretar a la primera familia Marvel. Si bien se le puede achacar que el motor de su trabajo eran continuos golpes de efectos que se quedaban sin exprimir al máximo y que su último año en la serie no responde a los mismos niveles de calidad por diversos factores, su etapa y su legado están considerados como el mejor producto de su carrera como guionista y, sobre todo, como dibujante. Los números firmados en 1984, sin duda alguna el cenit de su etapa en los 4F, son una prueba irrefutable de cómo deberían ser los cómics Marvel, respetando y homenajeando los orígenes a la vez que introduciendo nuevos elementos innovadores y arriesgados en la mitología fantástica, siempre abriendo vías nuevas en el género y ofreciendo unos personajes creíbles con necesidades reales. De hecho, es innegable la influencia que estos sesenta números han tenido en la historia del grupo en general y en particular en las posteriores etapas de Carlos Pacheco, Mark Waid y un poco en la producción final de Jonathan Hickman (además de la de Tom DeFalco, aunque por motivos completamente opuestos).

Su legado en la serie incluye: una Sue Storm Richards en la que convergen a la perfección sus cuatro facetas: madre, mujer, esposa y superheroina; una interpretación de Hulka, como tía liberada, moderna y de carácter fuerte (y grandes dosis de humor) que ha perdurado en el tiempo y así seguirá; una lección catedrática de cómo debe escribirse al Doctor Muerte, teniendo presente su código de honor, su arrogancia y una pequeña pincelada de cobardía; el recorrido emocional del romance Johnny/Alicia que si no llega a ser por el odio insano de los ejecutivos Marvel ante la evolución desmesurada de sus personajes (que se lo digan a Mephisto) todavía sería vigente hoy en día; y un Ben Grimm sencillamente canónico y adorable, que se convirtió en el personaje más querido del grupo. Y todo ello sin olvidarnos de guiños legendarios como la presentación de tía Petunia (clon perfecto de Audrey Hepburn), el inesperado regreso de las vacas-skrull en un homenaje a la segunda entrega de FF o dibujarse a él mismo en pleno Juicio de Reed Richards.

Además, ya que no todo se mide en base a los personajes, también es digno de análisis el enfoque y las temáticas que el guionista canadiense exploró en la serie. Y es que, en plena década de los ochenta, John Byrne imprimió un sello de madurez al título, tratando ya fuera explícita o implícitamente temas que no muchos años antes hubieran sido demasiado sensibles para comics-books. Por ello, en distintas entregas de Los 4 Fantásticos encontramos con temáticas tan devastadoras y inusuales en el género mainstream como abortos, la contaminación ambiental (motivo por el que los Inhumanos deben “emigrar” a la Luna), los malos tratos infantiles, el genocidio encarnado en Galactus, la infertilidad, las consecuencias de sufrir un ictus cerebral (como el sufrido por la novia universitaria de Ben Grimm) o, aunque de carácter más alegre pero no exento de polémica, mostrar a unos Reed y Sue pillados con las manos en la masa más de una vez previo anuncio de su segundo embarazo. En definitiva,  una etapa sobresaliente y redonda en la que John Byrne abrió vías nuevas en el género, mezclando a partes iguales una vuelta a los orígenes de los comics de su infancia y valientes cambios en una colección que lo necesitaba. Una sinergia perfecta entre los cuatro pilares básicos del noveno arte: guión, dibujo, personajes y aventura.