Sapristi publica “La soledad del dibujante” de Adrian Tomine, una representación del mundo del cómic en su vertiente profesional actual.

El autor de “Intrusos” y de la serie “Optic Nerve”, entre otros, se adentra de nuevo en la autobiografía centrada, esta vez, en el mundo del cómic y cómo éste le ha tratado durante todos estos años.

Adrian Tomine tuvo muy claro desde muy pequeño a qué quería dedicar su vida, a los cómics. Y lo sabía con esa claridad que sólo quienes tienen una verdadera vocación conocen. En 1991, con diecisiete años, empezó a auto publicarse una serie de mini cómics llamada Optic Nerve donde inicialmente presentaba historias basadas en sus propias experiencias como miembro de la comunidad asiático americana. Sus padres, japoneses que tuvieron que sufrir los campos de concentración estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial, lo tuvieron y criaron en Sacramento, California.

Allí fue al colegio, donde decidió que quería dedicarse a crear cómics y publicar con la editorial Drawn & Quarterly. Y, como podemos observar en La soledad del dibujante, lo consiguió mucho antes de lo esperado. En 1995 esta editorial empezó a publicar Optic Nerve y desde entonces ha sido su editorial de cabecera, pero además ha trabajado también en The New Yorker. En España hemos podido disfrutar de algunas de sus historias cortas recopiladas en volúmenes centrados en las relaciones personales, como Rubia de verano (La Cúpula, 2002) o Sonámbulo: y otras historias (La Cúpula, 2018).

Este mismo año la editorial Sapristi, que también publica ahora la obra reseñada, editó Intrusos, donde seguía el tipo de historias y esquema de publicación de las anteriores. Ahora, con La soledad del dibujante, Adrian Tomine presenta su obra más personal al tratarse de una auto biografía centrada en su relación con el mundo del cómic. Ésta empieza en Fresno en 1982, ya que Tomine se muestra al inicio de la obra como un niño empezando en un nuevo colegio donde, al ser preguntado por su profesora (delante de toda la clase) qué aficiones tiene, él responde dibujar y coleccionar cómics. A partir de ese momento los lectores acompañarán al autor por su vida hasta la actualidad en episodios seleccionados, y que siempre girarán en torno a su trabajo como autor de cómics.  

Tomine se mueve en cada episodio por convenciones de cómic, premios, casas de otros dibujantes, y distintas situaciones donde no sólo veremos su evolución como autor sino también sus pensamientos acerca de la parte más social de su trabajo. Además, retrata a otros autores que le marcaron en su juventud, y a los que terminó conociendo como Daniel Clowes o Richard Sala, y con quienes terminó teniendo una relación que queda patente en la obra. Por otro lado, Tomine menciona y representa a aquellas personas con las que en algún momento tuvo desavenencias. Sin embargo, en todo momento “tachará” sus nombres para que el lector no pueda situarlos. Probablemente, para no abrir viejas rencillas, ya que por lo que vemos en la obra sobre su personalidad, esto le daría más dolores de cabeza que alegrías.

La soledad del dibujante habla sobre la crítica de cómics, y cómo éstas hacen sentir al dibujante. Sobre las convenciones de cómics donde todo el mundo parece disfrutar del mismo arte, pero donde en realidad, como en todos los grupos grandes de gente, las críticas vuelan por la espalda y, a veces, a la cara. Sobre lo difícil que son, a veces, las promociones y giras para algunos autores. Así como las entrevistas en sus distintas formas, prensa escrita y radio en este caso. Y todo ello Adrian Tomine lo hace desde la más sincera subjetividad, pues no sólo presenta los hechos ocurridos en un momento u otro, sino que también brinda al lector su reacción interna a cada uno de estos eventos que marcaron su vida, sin obviar sus momentos bajos e inseguridades. Además, en La soledad del dibujante podemos ver cómo conoció a Sarah y creó junto a ella, su máximo apoyo, una familia. Algo que será clave para entender toda esta historia.

El trabajo de Adrian Tomine siempre se ha caracterizado por obras contemporáneas en su temática, con una visión muy realista del mundo. En La soledad del dibujante lo lleva a tal extremo que se convierte en protagonista de su propio trabajo. Además, el apartado gráfico, y de edición, de esta obra son muy importantes para entender lo bien qué ha funcionado allá donde se ha publicado. En cuanto al apartado gráfico, Tomine tiene un estilo de dibujo de líneas finas muy realista, utilizando sólo el color negro para delinear y hacer sombras. Los diseños de personaje son muy detallados, donde el único al que no vemos los ojos es a él. Parapetado siempre tras unas gafas que podrían reflejar y por ello no se le ven. Una muestra más de su inseguridad y su forma de ocultarse ante el mundo que le rodea. Algo que, es llamativo, teniendo en cuenta que otros personajes que llevan gafas sí muestran sus ojos. En los únicos momentos que su representación será evidente, es cuando Tomine se represente de perfil y no esté “viendo” directamente al lector.

Como hemos comentado anteriormente, la estructura de la obra está organizada en distintos episodios que se sitúan mediante años y lugares concretos entorno a convenciones, entrevistas, o eventos importantes respecto al cómic. Pero, además de esto, el formato físico de esta novela gráfica es el de una libreta de bolsillo moleskine. Cuyo interior es por completo a cuadrados, exactamente igual que una de dichas libretas, y sobre la que el autor escribiría y dibujaría su historia. Dando la sensación que ésta ha estado toda su vida junto a él, como un diario, y que se lo hemos cogido prestado para leerlo. Además, el dibujo sobre el fondo de cuadrados azules hace que resalte más el negro del dibujo, tal y como pueden observarse en las imágenes de esta reseña. La única diferencia en la edición de Sapristi respecto a la original, es la goma elástica que sujeta las moleskine y que, en su edición original, esta novela gráfica también llevaba. Sin embargo, es un detalle menor que no se echa en falta y que creemos que potencia la portada al no cortarla visualmente con la goma. Por lo demás, tanto el tamaño del volumen, como su traducción son perfectos.

La soledad del dibujante de Adrian Tomine es una representación casi perfecta del mundo del cómic actual. Obviamente, cuando se gestó y llevó a cabo esta obra, no existía la actual pandemia. Sin embargo, todo lo que subyace en su representación del “mundillo” del cómic es real y directa. A tal punto, que en su contraportada podemos leer una cita del aclamado Alan Moore que dice: Tomine presenta el retrato más honesto y sincero que jamás haya podido leer sobre una industria con la que ya ni soporto asociarme más. Ante estas palabras, y tras su lectura, sabiendo que se trata de un cómic muy recomendable para todos aquellos apasionados del cómic, sólo nos queda preguntarnos ¿qué problema tienen los estadounidenses pronunciando el nombre de Adrian Tomine?

Título: La soledad del dibujante
Guion, dibujo y color: Adrian Tomine
Edición Nacional: Sapristi
Edición Original: Drawn & Quarterly
Formato: Cartoné, 224 páginas
Precio: 21,90€