Stray Toasters, ECC Ediciones recupera la obra más salvaje de Bill Sienkiewicz

El célebre cómic realizado por el autor en plenitud no solo sigue siendo vigente, si no que sigue impactando en el lector.

A veces las cosas no hay en entenderlas. ¿Cómo descifrar con total claridad una mente de alguien totalmente desquiciado? La única respuesta es siendo alguien con los mismos trastornos.

Bill Sienkiewicz no es un artista típico del cómic mainstream. De hecho, a finales de los ochenta, cuando estaba en la cresta de la ola, con piezas como Nuevos Mutantes o Caballero Luna, optó por lanzarse a realizar un proyecto muy personal bajo el sello Epic Comics, de Marvel. Con ello, sería la primera en la que, además de artista, haría las veces de guionista. Y Sienkiewicz parece que entendió que era una oportunidad única y que no iba a bajo ningún concepto. Fue a darlo todo, para bien o para mal.

Esto terminó cuajando en los cuatro números que conforman Stray Toasters. Y no tardó en ser un cómic absolutamente divisivo. A determinados sectores de la crítica, les entusiasmó, mientras que no recibió mucho apoyo por parte de un público no acostumbrado a este tipo de contenido.   

Stray Toasters no es una obra fácil. Adelantándose a todo el cine de psicópatas que estaba a punto de eclosionar para la generación X, esta obra supo captar toda la rabia que se podía respirar en esos tiempos de Reagan y transformarla en arte. El resultado, por tanto, es y debe ser visceral, descarnado y crudo.  

Para hablar de referentes, hay que ir más allá del mundo del cómic. Lo más cercano, tal vez, sean los cómics más exigentes y excesivos de Alan Moore, Robert Crumb o, incluso, Frank Miller. Pero se puede apreciar que tiene una relación más directa con ciertos elementos cinematográficos surrealistas, explícitos del terror de John Carpenter y, sobretodo, de los experimentos formales firmados de David Lynch. Por no mencionar artes pictóricos referenciados con mayor o menos evidencia. Este contexto es fundamental para poder comprender aquello que se busca con este cómic.  

Portada del tomo de ECC Ediciones.

El planteamiento es totalmente distópico. Nos plantea un mundo tremendamente sórdido y, supuestamente, futuro en el que la natalidad, en muchos casos, va acompañada de la muerte. Y ha surgido un sádico asesino en serie que comienza a actuar y el detective especializado en la psicología (y en cuestiones de índole paranormal), Egon Rustemagik debe resolver el caso. La premisa es directa, sencilla de entender, y nos evoca a un género negro en un ambiente propio de la ciencia ficción.

Pero todo ello no es más que una excusa para el autor haga una especie de psicoanálisis de algún trauma enquistado en la sociedad. Por ello, es más interesante y adecuada leerlo con una perspectiva simbólica, ya que la narrativa también conduce a ello. Se pueden sacar mil y una lecturas alrededor del significado de todos los elementos que componen la trama y su aristotélico mundo. Todo ello, al final, es lo que hace que una obra sea compleja e interesante, lo que está por debajo del texto.

Es un cómic que busca perturbar al lector y que es muy preciso en esa misión. Se cuenta con el recurso de distintas voices over en forma de cuadros de texto con una rotulación distinta, a través de las repeticiones obsesivas. Tiene un ritmo muy peculiar en el que lo de menos es la resolución del caso. Además, cada episodio tiene unas postales mandadas desde el infierno, subrayando el carácter metafísico de la obra, que también plantea el temor de la falta de sentido al dolor.


Evocadora página de Bill Sienkiewicz. Una de muchas.

Los recursos visuales empleados por Sienkiewicz son tan desbordantes que exigirían hacer un análisis formal. Está totalmente desatado y se reivindica como un artista fuera de serie. Van de las tan socorridas páginas en las que cada viñeta es una pantalla televisiva, al 3×3, pasando por splashes muy explícitas y claras y otras totalmente abstractas, en las que deja lo sucedido a la imaginación del lector y a las posibles lecturas que haga al color que predomina.  En algunas páginas el color es muy vivo y en otras, lo abandona por completo. Va de lo más claro y fácilmente legible a lo más caricaturesco. De lo barroco a lo minimalista. Es simple y llanamente inagotable. Y, por muy azarosa y arbitraria que parezcan esas decisiones estilísticas hasta el punto de que pueden dar la sensación que es un arte vacío, sirve para apoyar totalmente lo que se busca contar. Sumado al hecho de que tanta variación de estilos contribuye enormemente a una construcción de atmosfera de locura. Es una obra malsana y forma y fondo lo integran de manera magistral.

ECC Ediciones ha resucitado esta obra de Bill Sienkiewicz con la esperanza de que sea descubierta por nuevos públicos. Viene incluido  un texto complementario y una serie de bocetos del propio artista. Todo ello en tomo cartoné que se nota que ha sido editado con mucho cariño.

Stray Toasters es polarizadora. Es provocativa. Es subversiva. Es atrevida. No es complaciente. No quiere que disfrutes. No te va a pedir perdón. Y si entras, ya puedes perder toda esperanza. Y, a pesar de todo, es un cómic transformador al que, si entras, jamás te arrepentirás de haber pasado por este viaje hacia aquello de lo que se tiene miedo.

Título: Stray Toasters
Guión: Bill Sienkiewics
Dibujo: Bill Sienkiewicz
Color: Bill Sienkiewicz
Edición Nacional: ECC Ediciones
Edición original: Epic Comics
Formato:   Cartoné, 224 páginas a color.
Precio: 25 €