The Justice League Affair – Parte 1

Repaso a la génesis del DC Cinematic Universe y las decisiones que llevaron a la realización de Man of Steel

Firma Invitada: Jose M. Méndez.

El 12 de marzo de 2017, Autum Snyder, una de las hijas adoptivas del matrimonio formado por el director de cine Zack Snyder y la productora Deborah Snyder (aunque adoptada durante el anterior matrimonio del director con Denise Weber), se quitó la vida cuando contaba 20 años de edad. Algo más de dos meses después, el 22 de mayo, el trágico suceso se hacía público junto con un comunicado en el que se anunciaba la decisión de la pareja de abandonar el rodaje de JUSTICE LEAGUE, en el que se encontraban inmersos desde abril del año anterior, y que ahora quedaba en manos de Joss Whedon, contratado por Warner Bros. Pictures para conducir la producción hasta su conclusión.

Según las breves declaraciones de Snyder que acompañaban al comunicado, aunque inicialmente él y Deborah se habían tomado un descanso de dos semanas, tras el que se habían volcado de nuevo en el trabajo con la esperanza de encontrar en ello algún alivio catártico, finalmente se habían visto incapaces de seguir adelante y habían preferido refugiarse en el consuelo de la familia. Por su parte, la elección de Whedon para recoger la antorcha de manos de Snyder parecía la más natural, habida cuenta de su aclamado paso por el universo cinematográfico de Marvel, y dado que se acababa de incorporar al proyecto homólogo de Warner/DC para ocuparse de llevar a la pantalla a uno de sus personajes femeninos, Batgirl, siguiendo la estela de la gran expectación despertada por la película de WONDER WOMAN de Patty Jenkins, a punto de estrenarse en aquel momento (curiosamente, el propio Whedon había estado asociado una década antes a una frustrada adaptación de las aventuras de la amazona que no llegó a despegar). Además, según las crónicas, Whedon en realidad ya estaba a bordo del mismo barco, reclutado –o al menos aprobado– personalmente por Snyder, después de que el pase de un primer montaje provisional en el estudio aconsejase la escritura y rodaje de algunas nuevas escenas; una práctica muy común, pero que los acontecimientos habían obligado a Snyder a depositar en otras manos. Toby Emmerich, presidente de Warner Bros. Pictures, intentaba tranquilizar las aguas, restando importancia a los reshoots y al relevo de directores: “Lo que falta por dirigir es muy poco, y tiene que ajustarse al patrón de tono y estilo marcado por Zack. No vamos a meter nigún personaje nuevo. Son los mismos personajes en algunas escenas nuevas. [Zack] le ha pasado el testigo a Joss, pero el curso está ya trazado por Zack. Sigo pensando que, pese a esta tragedia, al final la película será estupenda”. Una tranquilidad que parecía reforzar el hecho de que, con Whedon al timón, la película mantenía su fecha de estreno, previsto para el 17 de noviembre del mismo año.

Pero la aparente pulcritud del relato oficial del relevo no acababa de corresponderse con la historia que venía desarrollándose ya desde antes entre bambalinas. Una historia algo turbulenta en los meses previos, que había empezado de manera mucho más luminosa y bucólica algunos años atrás.

Corría junio del año 2013 cuando llegó a las pantallas MAN OF STEEL, la nueva adaptación cinematográfica de Superman, el indiscutible puntal del panteón del Universo DC y, sin duda, uno de los superhéroes más conocidos y reconocibles para el gran público en todo el mundo. Atrás quedaban los proyectos truncados de Tim Burton y su legendaria SUPERMAN LIVES (nacida SUPERMAN REBORN, antes de ser rebautizada) a finales de los 90, con guión de Kevin Smith y un melenudo Nicolas Cage encarnando al kryptoniano, o SUPERMAN: FLYBY, el fallido intento –de larga y tortuosa génesis– de principios de los 2000 con guión de J.J. Abrams, por el que pasaron directores como Brett Ratner o McG, y candidatos a lucir la S en el pecho como Ashton Kutcher, Brendan Fraser, Matt Bomer, Josh Harnett o David Boreanaz. Sin olvidar, claro, el arranque en falso de SUPERMAN RETURNS, la cinta dirigida en 2006 por Bryan Singer con Brandon Routh enfundándose el uniforme azul y rojo, que aspiraba a prolongarse en sucesivas secuelas que nunca llegarían, canceladas tras las decepcionantes cifras de taquilla (decepcionantes, se entiende, para lo que el estudio esperaba de un proyecto de esta envergadura).

Con MAN OF STEEL, Warner Bros. pretendía sentar las bases sobre las que construir una franquicia con los personajes de DC Comics que viniera a emular la traslación del Universo Marvel al terreno cinematográfico, con el deseo nada disimulado de que les deparara el mismo éxito crítico y, sobre todo, comercial que había supuesto la empresa para la competencia, desde que echara a andar en 2008 con la adaptación de IRON MAN. Aunque lejos aún del coloso que es hoy, el llamado MCU (Marvel Cinematic Universe) no había cosechado prácticamente más que éxitos desde su concepción, y, alentado entre otras cosas por la adquisición de Marvel por parte del emporio Disney en 2009, había conseguido generar un entusiasmo y una fidelidad casi sin precedentes entre el público masivo más diverso, que esperaba con impaciencia cada nueva entrega y se emocionaba con cada anuncio de las siguientes.

Lo más parecido que Warner había conseguido sacar adelante era la trilogía de Batman que Christopher Nolan había dirigido entre los años 2005 y 2012 (con la importante participación del veterano David Goyer en el tratamiento de la historia, y de su hermano Jonathan Nolan en la redacción definitiva); conservando un mismo equipo creativo y un mismo intérprete del personaje en toda la serie –algo que no se había dado en las anteriores películas del Hombre Murciélago en la década de los 90–, y conectando algunos elementos de la trama de las tres películas para desarrollarlos en una saga continuada, la Dark Knight Trilogy parecía configurarse claramente como el modelo a seguir y el prólogo sobre el que levantar el nuevo universo compartido; pero, dado el desinterés manifiesto de Nolan por continuar una historia que consideraba ya cerrada –y menos dentro de un nuevo entorno que chocaba frontalmente con el enfoque noir y pseudorrealista de su trilogía–, se decidió construir el DCCU al margen sin integrarla, aunque contando con Nolan como asesor y productor ejecutivo. De hecho, sería él quien propondría partir de la idea inicial de David Goyer para MAN OF STEEL –al parecer, Goyer quería aplicar a Superman el mismo tratamiento que había aplicado a Batman–, y quien elegiría personalmente a Zack Snyder para dirigirla.

Snyder llegaba al proyecto de Warner avalado por los buenos resultados de su filmografía hasta entonces y, muy en particular, por sus adaptaciones de dos obras del mundo del comic de particular trascendencia: 300, sobre la novela gráfica homónima de Frank Miller y Lynn Varley, y WATCHMEN, transposición a la gran pantalla de la serie seminal de mediados de los ochenta con la que Alan Moore y Dave Gibbons habían sacudido el mainstream superheroico USA, cambiando su percepción para siempre. Con sus errores y aciertos, Snyder había demostrado en ambas películas su devoción y su consideración hacia un medio y un genero habitualmente menospreciados, su deseo de respetar y conservar –a veces de manera demasiado rígida y mimética– la esencia de sus orígenes como comics –al menos lo que él entendía como su esencia–, y su empeño en volcar todos sus esfuerzos en un producto final extremada y sorprendentemente ambicioso. Y, pese a lo que cabría esperar en un producto tan supuestamente constreñido por las exigencias de su condición de megafranquicia, Snyder gozó de suficiente control creativo como para imprimir en la película su particular filosofía y sus ya distintivos manierismos estéticos.

Alejándose deliberadamente de la visión más inocente y nostálgica del clásico SUPERMAN de Richard Donner –hasta el “sacrílego” extremo de prescindir por completo de la hasta entonces indisociable partitura de John Williams, algunas de cuyas notas sí que habían sonado en el SUPERMAN RETURNS de Singer–, Snyder ofreció una visión casi de autor, intensamente estilizada en lo visual y ligeramente fragmentada en su estructura narrativa, distanciándose así también de la fórmula más genérica y convencional –y de probado éxito– adoptada por Marvel. Moviéndose entre el presente de los acontecimientos y una colección de flash-backs –algunos incluso fuera de secuencia cronológica– repartidos por su metraje, MAN OF STEEL incidía en la premisa del extranjero en tierra extraña (tan ligada a los orígenes judíos del personaje creado por Siegel y Shuster), presentando a un Superman inadaptado, enviado a la Tierra cual Moisés a través del espacio por sus padres kryptonianos, y criado luego por su padre adoptivo terrestre para hacer de él un mesías renuente de estatura cuasi-divina, tan temido como reverenciado, en lugar del buen supersamaritano al que nos habían acostumbrado otras encarnaciones del personaje.

Llamativamente desprovista casi por completo de humor –otra “marca de la casa” de Snyder en su obsesión por dotar de gravitas a sus obras–, la película no renunciaba a los paralelismos con la figura de Cristo –cuando Superman se da a conocer al mundo, se menciona expresamente su edad, 33 años– y toda la iconografía que la acompaña, un elemento ya explorado con anterioridad por Bryan Singer. Probablemente la manifestación más evidente de este Superman “dark & gritty” sería una de las decisiones también más controvertidas entre los fans más puristas, al hacerle acabar con la vida del villano Zod, transgrediendo así lo que algunos consideraban uno de los límites más incontrovertibles de la esencia del personaje. En el papel protagonista, un por entonces casi desconocido Henry Cavill desbancó a otros nombres más populares –Joe Manganiello, Ian Somerhalder, Matthew Goode o Arnie Hammer– para ofrecer una imagen de Superman masiva e hipertrofiada que también venía a poner distancia con la figura más estilizada de sus antecesores; curiosa y significativamente, Cavill ya se había postulado para interpretarlo en la película de Bryan Singer, pero finalmente éste había acabado descartándolo en favor de Brandon Routh, porque buscaba un físico más próximo al de Christopher Reeve en la versión de Donner, cuyo espíritu pretendía retomar.

La película fue recibida favorablemente por crítica y público, recaudando 128 millones de dólares en todo el mundo el fin de semana de su estreno, una cifra que se engrosaría considerablemente durante los meses siguientes hasta alcanzar un total de algo más de 668 millones al dar por concluida su campaña de exhibición, lo que facilitó que se diera luz verde a la secuela en la que Snyder ya estaba trabajando: BATMAN V SUPERMAN.